El trigo probablemente sea el cereal que alimenta al mundo, por lo menos al occidental. Una vez leí que el planeta se divide en dos: los que comen trigo y los que comen arroz. Tantas infinitas veces hemos comido y trigo a lo largo de nuestras vidas, y sin embargo, tan poco sabemos de él. Es curioso, de las cosas más básicas, es de las que menos conocimiento tenemos.
Como país erigíamos orgullosos la bandera de ser el “granero del mundo”, teníamos el trigo de todos. Sin embargo culturalmente es muy raro ver el grano entero en alguna preparación. Sólo lo conocemos y consumimos en forma de harina, molido y blanco. Pero el trigo, en su forma original está cubierto por el salvado, la fibra, todo eso bueno que siempre hemos hablado sobre el alimento como nos lo da la naturaleza.
Ahora, ¿por qué insistimos en quitarle lo bueno a todo, incluido el trigo como ejemplo número uno? Muy simple, porque las harinas integrales o el grano entero es mucho más apetecible para los insectos y los animales, que nada saben de márketing. Entonces todos los productos integrales que contienen el grano entero fueron dejados de lado y se le colocó la corona a las harinas: mientras más blancas y refinadas, mejores eran.
Y en cierta parte, había mucha razón, porque en la panificación y en la pastelería era complejo lograr buenas texturas, pero ese es otro tema.
Ahora bien, si queremos consumir trigo como vino al mundo es un poco engorroso ya que necesitamos mil horas de remojo, más otras tantas de cocción. Excepto el rey de los platos árabes.
Es trigo y no hay muchas vueltas para darle: fuente de hidratos de carbono y energía pero de mejor calidad.
Vamos a la degustación:
Trigo burgol (lo dejé 10 min en remojo y lo cociné 15):
Aroma: a nueces, a pasta.
Sabor: delicioso, neutro pero exquisito.
Textura: crocante, suave.
Precio: $50 kg.
¿Lo llevamos a casa? Si, si sí. A pesar de que su precio puede ser un poco elevado rinde mucho y es genial para usar en ensaladas tipo taboule o con verduras. Fresco y delicioso.
