Foto: Gemini

El manejo del dinero siempre dio tela para cortar. Hay millones de maneras, propias del lenguaje coloquial, para nombrarlo: plata, guita, tarasca, mango, mosca, biyuya, morlaco, guitarra… y si quisiéramos incluir voces típicas de otros sitios, la lista se haría interminable: parné o pelas, de España, lana o pasta, de México y así podríamos seguir buscando palabritas y recorriendo países.

Antes, podíamos señalar el dinero y reconocer su valor por el color, por ejemplo, cuando yo era chica un anaranjado alcanzaba justo para comprar un helado. Pasaba el heladero en una especie de triciclo con dos ruedas adelante y la caja con la leyenda “Laponia” y yo salía corriendo a llamarlo con el billete recién recibido a pedir el palito de frutilla. Son papelitos  que nos acompañan como si no tuvieran más identidad que el valor indicado en el borde superior o en el centro del billete. Algunos países colocan imágenes de edificios o paisajes llamativos. En otros lugares los animales autóctonos se llevan el espacio. A veces también pueden aparecer alegorías, que son imágenes que representan a la Libertad, a la República, a la Justicia. Pero en casi todos lados eligen o eligieron figuras de personajes de su historia: gente importante, confiable. Poetas, historiadores, políticos, pintores, militares, caciques indígenas, escritores. Todos circulan y se entrecruzan de esquina en esquina. Vienen de distintos ámbitos, de tiempos diferentes y están todos ahí, juntos y mezclados o acomodados uno encima del otro o dobladitos en cuatro en el fondo de una cartera.

 Todo eso, de pronto se está volviendo obsoleto. Estamos en nuevos tiempos de billeteras virtuales. Algunas son nacionales, reconocemos el logo con facilidad a fuerza de campañas publicitarias muy efectivas y otras, tienen alcance en otros países. “Yo me bajé Prex, es buenísima para comprar en Uruguay”. “Me descargué Pix ¡cuando fui a Brasil me resultó re útil!” puede escucharse por ahí. Pocas personas llevan dinero en efectivo encima, la mayoría, en especial quienes son más jóvenes, no conciben la idea de usar billetes para pagar nada. Organizan compras de regalos conjuntos, gastos de comida o bebida para una juntada para ver un partido y hasta pagan un alfajor Guaymallén con QR si a media mañana les dio hambre.

¿Habrá alguna pérdida de identidad si nuestros próceres dejan de acompañarnos en el “ida y vuelta” de todos los días? ¿Será que Mercado Pago eligió la campaña de en Mi País… justamente por eso? En épocas en que se habla de criptomonedas, el mensaje implícito, encriptado en los billetes físicos, ese que se esconde detrás de las ilustraciones  de Belgrano o San Martín, ese símbolo ¿se perderá? Quizá se trate sólo de un medio de cambio, como lo fue el oro o la sal en algún momento de la historia. Sin embargo, cuando la Asamblea del año XIII acuñó por primera vez una moneda sin la cara del rey, fue el puntapié inicial para llegar a nuestra independencia. Un sol rodeado de la leyenda “En unión y libertad”.

Estaba en este divague sobre el dinero y la historia mientras esperaba turno para comprar en una librería. Allí dos mujeres conversaban, hablaban sobre algo que ya se daba por seguro. Una de ellas dijo “ya se sabe, eso es moneda corriente”. Unos minutos después le dijo a la vendedora “Te pago con Ualá”.