Aristóteles, cuyas ideas están en la base del pensamiento occidental desde el siglo III antes de Cristo, sugería que nos propusiéramos salir de la vida como se sale de una fiesta: ni sediento, ni bebido. Seguramente si el gran filósofo griego fuera invitado a una fiesta hoy y aquí, se vería obligado a reformular su propuesta. Los festejos de todo tipo han ido abandonando su característica de rituales de encuentro o reencuentro, de espacio en el que se comparten emociones y en los que se honra algo o a alguien y han derivado en ejercicios donde poco incumbe qué o a quién se celebra y mucho importan los decibeles del ruido que hará las veces de música y el octanaje y la cantidad del alcohol que se consumirá.
Se trate de una boda, un cumpleaños, un aniversario, el cierre exitoso de un duro empeño, la consecución de un logro añorado o simplemente el deseo de encontrarse, la fiesta de marras perderá rápidamente aquella razón de ser y el motivo podrá ser tanto uno como otro. En todo caso se habrá apropiado de ella el disc-jockey (mejor decir DJ o, por fonética, di-yei) y será el verdadero protagonista del evento. Durante horas resultará imposible una conversación con esas personas que ansiábamos ver y con la que tenemos tanto para intercambiar, nos iremos ensordeciendo y perdiendo la voz en el vano intento de intercambiar alguna frase, enrojecerán nuestros ojos aguijoneados por permanentes lanzazos de luces de colores, en la barra nos mirarán con cierto desprecio si pedimos agua o gaseosa (no habrá modo de explicar que optaremos por el vino más tarde, para acompañar la comida) y a nuestro alrededor los santos bebedores (que no surgirán de la conmovedora novela del austríaco Joseph Roth) irán vaciando copa tras copa, perdiendo el aplomo y entregándose a los brazos de una trabajosa alegría. ¿Porque a qué hemos venido si no a divertirnos sea como fuere y cueste lo que cueste?
Nos iremos por fin en la madrugada agradeciendo la invitación y diciendo al anfitrión que fue “una muy linda fiesta” ¿Importará luego quién estuvo y quién no? ¿Recordaremos en unos días qué diferencia hubo entre esta fiesta y la próxima o la anterior? Acaso nos alegremos por haber visto a Fulana o Fulano después de tanto tiempo y nos lamentemos de no haber tenido tiempo (o intervalos de música a un nivel de sonido razonable y humano) como para poder charlar, ponernos al día, renovar el afecto y entonces nos prometeremos, seguramente en vano, no dejar de llamarla o llamarlo para encontrarnos. Así hasta que el azar nos permita volver a rozarnos en medio de una próxima batahola de luz, alcohol y estruendo, sin lo cual hoy una fiesta no merece llamarse tal.
Si esto suele ser así todo el año (a menor edad de los asistentes a las bacanales, mayor frecuencia de las mismas), en diciembre alcanza su pináculo, hasta desbordar en estas últimas dos semanas. ¿No será éste el momento, entonces, de bajar un poco la música, aclarar la mente con unos vasos de agua y preguntarnos qué son las fiestas en nuestras vidas? ¿No será el momento de recuperar el espíritu de la celebración, de volver a encontrarnos en ellas, de convertirlas en entrañables y jubilosas ceremonias en las que nos miramos, bailamos haciendo contacto, nos agradecemos mutuamente el estar ahí y dejamos que nuestras almas reposen de las batallas cotidianas, esas batallas signadas por el ruido y la furia, por la agitación, por la carencia de tiempo para el encuentro, para la palabra?
¿No habrá llegado el momento, me pregunto, de que las fiestas sean de verdad un punto de encuentro y no una puerta de fuga a través de la cual sólo buscamos aturdirnos, refugiarnos cada uno en su cubículo de bullicio y bebida, escapar del otro, evitar todo contacto que no sea epidérmico? ¿No habrá que devolverle a las fiestas su condición de punto de llegada al cabo de tramos de un camino que nos lleva al encuentro o al reencuentro? ¿No será ahora cuando debamos animarnos a hacer de las fiestas justamente eso, fiestas, antes que aparatosas convenciones de maníacos que ansiosos por olvidar y olvidarse durante unas horas? Decir “Muy linda tu fiesta” en cualquier momento del año o “Felices fiestas” en estos días será un simple formulismo en tanto no recuperemos la voluntad de reunirnos para la máxima celebración humana: el encuentro con el otro. Y en tanto no lo hagamos con música y sonidos que acompañen a ese celebración en lugar de obligarnos a ser objetos escenográficos de un fatigoso espectáculo. Y en tanto no bebamos brindando por propósitos entrañables y trascendentes para irnos luego ni ebrios ni sedientos, sino simplemente con el alma agradecida. Que en esta Navidad y Fin de Año, así como en las ocasiones que 2013 nos proponga, podamos reencontrarnos en fiestas que sean fiestas. Es uno de mis deseos.
Por: Sergio Sinay
