Foto: Gemini

Cuando se habla de poesía, puede suceder que se vengan a la cabeza situaciones de recitados escolares, juegos de rimas, versitos que se les hace a los chicos para que se rían con las vueltas y las gracias del lenguaje. Claro que puede remitir a muchas otras cosas, cada quien tiene su propia historia, sus propios intereses, entonces cada palabra puede hacernos acordar de diferentes momentos o situaciones.

La cuestión es que, casi sin darnos cuenta, todo el tiempo estamos usando metáforas para comentar algo: un muchachito de quince años que entrena cuatro veces por semana porque ama practicar Taekwondo, se encuentra con que casi no tiene tiempo para estudiar y para pasar el rato con sus amigos del colegio, pero comenta muy suelto de cuerpo: “Sarna con gusto no pica”. Más de una vez nos habrá pasado alguna situación del tipo de ir a la casa de un electricista y que tenga varias lamparitas quemadas, o el hijo de una profesora de inglés que se lleva esa materia todos los años “en casa de herrero, cuchillo de palo”, resuena en la cabeza al vivir esos momentos. O cuando alguien quiere comprar un auto o un departamento y no llega con el dinero, se puede escuchar el comentario “tenés que encontrar un ahorcado”, porque se quiere expresar que alguien desesperado por alguna razón, esté dispuesto a vender ese bien por un precio inferior al de mercado.  En el español del siglo XVI también se usaban estos giros y aparecían palabras muy graciosas como  Catacaldos, para decir que alguien empezaba muchas cosas pero no completaba ninguna o  Quitahipos para decir que una persona era fea –en el siglo XXI no es conveniente decirlo porque sería body shaming– , al punto de asustar y cortar el hipo.

No sólo las metáforas se usan en la comunicación de todos los días, las preguntas retóricas, esas que no esperan respuesta porque se sobreentiende, también aparecen a cada momento: “¿Ahora me lo venís a decir?” o “¿Te pensás que a mí no me afecta?”  Son interrogantes que se refieren más a una queja que a un pedido de información.

Las exageraciones, que en Poesía se llaman hipérbole, las decimos cuando, por ejemplo, pasamos por una calle con muchos baches y exclamamos ¡está lleno de cráteres, es un paisaje lunar!  A veces se juega con la antítesis, con los significados contrarios y se crea una ironía, como cuando se llama a un amigo poco afecto al trabajo, para saludarlo el 1° de Mayo con la frase “¡A ver si hoy te levantás temprano!”. O la personificación, cuando le ponemos características de los seres humanos a objetos y decimos: “se me acumuló tanta ropa para planchar que la pila, cuando paso cerca ¡me saluda!” o “tengo la heladera tan vacía que el medio limón que queda  me hace pito catalán cuando la abro”. Los memes que se ponen de moda y se hacen virales, usan esos recursos y nos pueden sacar desde una sonrisa a una sonora carcajada.

El calambur es un recurso de nombre difícil pero se usa muchísimo para hacer chistes, bromas o jueguitos. Se cortan las palabras en diferentes lugares y así se dicen otras cosas: de chicos nos reíamos si una señora se llamaba “Elba Gallo / el bagayo” y está también cuando se escucha la frase “Las obras de ayer / las sobras de ayer” y no sabemos si hablamos de obras de teatro del pasado o vamos a comer lo que quedó del día anterior. Hubo un espectáculo de Les Luthiers que se llamó “Grandes Hitos”, lo hicieron para celebrar sus 25 años de carrera. Con ese título se  hacía un juego porque se trataba de una selección de momentos destacados, ¡y ya estaban bastante grandecitos! También en la publicidad: “Elsa Bohr de L´Encuentro” era un personaje que reclamaba a una marca de cerveza porque usaba su nombre para hacer un slogan “el sabor del encuentro”. O la canción de Cerati “Gracias por venir” o “Gracias, porvenir”.

Más allá de los recursos y de las maneras de decir, la poesía nos acompaña, nos sorprende al caminar por una calle arbolada de otoño y una brisa suave y dulce nos acaricia la cara. ¡Ups! Una sinestesia.  ¡Qué difícil sería hablar sin poesía!