Aparentemente, en la posmodernidad, la novedad parece gozar de más predicamento que la antigüedad. Siempre se encuentra a alguien dispuesto a prestar atención a lo último. Las editoriales lanzan todos los años miles de nuevos libros y los lectores corren tras de best-seller y de las novedades editoriales; lo cual es bueno para el negocio editorial, ¿pero lo es para la cultura?, ¿se selecciona y se lee todo lo que se compra?, ¿se establece diálogo entre el autor y el lector? Parece como si el lectorconsumidor quedara sometido a la fuerza del último viento de la oferta. Que se lea es bueno para la cultura, pero la novedad nos dice muy poco del por qué de las cosas. Si no se conoce el pasado, difícilmente se entenderá el presente. Pongamos un pie final. Hay un tiempo para cada cosa, un tiempo para la novedad y un tiempo para lo permanente y, seguramente, siempre un tiempo para aceptar la invitación a la reflexión pausada, para retomar aquellos autores que, bien elegidos, nos ofrecen la juventud perenne de un fruto siempre maduro.
