Tiene un aspecto decididamente llamativo, con su larga melena salvaje, sus vinchas indígenas y sus sombreros de ala. Tiene también una forma peculiar de hablar: mitad canto-mitad rugido de leona, según este explicando felizmente las propiedades de las plantas o defendiendo a las mujeres y a su cosmovisión. Pero Susun Weed, 65 años, herbalista de renombre que habita un tupido bosque al pie de las Montañas Catskill en el estado de Nueva York, no es apenas una colorida aficionada. Conoce íntimamente cada planta que crece en su rincón del planeta (y en muchos otros); no sólo su nombre científico y sus propiedades, sino cómo prepararlas para hacer de ellas el mejor alimento, la mejor medicina. ¿Cómo lo sabe? De preguntarle a ella, la respuesta será: “Las plantas me lo enseñaron”. Pero hay que decir también que dedicó años a su estudio, a experimentar con un sinnúmero de preparaciones, a alimentar con ellas a sus amigos y a su familia. Luego, al fin de un largo recorrido, volcó sus conclusiones, y la filosofía que las sustenta, en cuatro libros, todos ellos inspirados en un mismo concepto: “The Wise Woman Way” (el Camino de la Mujer Sabia). El primero (“Healing wise”, “Sanar sabiamente”) describe en detalle siete plantas medicinales comunes, el segundo se ocupa de cómo acompañar el embarazo y primer año del bebé con medicina herbaria, el tercero de la menopausia, y el cuarto propone formas complementarias de evitar el cáncer de mama y fortalecer la salud de los pechos.

Antes que nada, para las que sepan inglés y reparen en el hecho de que su apellido (Weed) signifique en inglés, precisamente, “yuyo” o “maleza” (nombre antipático si los hay), vale la aclaración: el primer marido de Susun tenía por apellido el nombre “Sweed”. Cuando se divorciaron, Susun optó por seguir usándolo, ya que así la conocían, pero separó la primera letra del nombre y así pasó a llamarse “Susun S. Weed”. Claro que hoy todos la llaman, simplemente, Susun Weed, porque ya es marca registrada y porque no podía ser un apodo más coherente.

¿En qué consiste el Camino de la Mujer Sabia? Se trata de una tradición de sabiduría de transmisión oral, de al menos 50.000 años de edad, legada de abuela a hija a nieta, que no se apoya en reglas taxativas sino en una forma de curar amorosa y en sintonía con el mundo natural. Sus pilares son la nutrición, la intuición y la capacidad para aceptar el cambio y los ciclos vitales.

A diferencia de la tradición científica, que tiende a concebir el cuerpo como una máquina que se rompe, y al médico como un técnico que la arregla, y a la “tradición heroica”, que piensa a la enfermedad como resultado de la contaminación de los órganos, y por lo tanto propone curas de limpieza y desintoxicación (enemas, purgas, estimulantes), la tradición de la mujer sabia –explica Weed- entiende que el cuerpo humano es perfecto tal como es, y que cuando se enferma, lo único que se requiere hacer es reestablecer el equilibrio valiéndose de métodos gentiles y no agresivos. El símbolo de esta cosmovisión es el espiral, que habla de los ciclos en permanente movimiento, de un camino en el que las enfermedad y la muerte no son accidentes sino parte constitutiva del paisaje.

“Nada de esto es nuevo –dice Susun-. La Organización Mundial de la Salud dice que el 90 por ciento del cuidado de la salud está a cargo de mujeres en sus propias casas. Lo que pasa es que las mujeres prefieren hacer su trabajo en forma invisible, sin arrogarse mérito alguno. Por ejemplo, una mujer da a luz sin padecer una hemorragia. Esto puede ocurrir porque el médico le da una droga que inhibe el sangrado después de parir, o porque una mujer le ha dado a tomar antes del parto una infusión de una planta hemostática, previniendo que haya un sangrado excesivo. En ese escenario, ¿quién actuó de manera más eficaz? ¿El hombre que lo frenó o la mujer que lo previno? La mujer, claramente. Sin embargo, nadie va a enterarse siquiera. Un parto normal, dirán. Nada de qué hablar. Las mujeres actúan por prevención: alimentando, queriendo, aconsejando. Y esto no ocupa titulares como lo hace un triple bypass.”

Este saber de las abuelas ha existido siempre, pero la herbalista enseña a través de sus libros y talleres a optimizar el uso de plantas medicinales, conociendo qué partes sirven para cada cosa y cómo deben prepararse. Por ejemplo, hay que saber que una infusión no es igual a un té de saquito. Para hacer una infusión hay que dejar una cierta cantidad de planta -más o menos lo que cabe en un puño por litro de agua- reposando en agua hervida (caliente) al menos cuatro horas, o si es posible toda una noche. Este método permite liberar en el líquido una gran cantidad de minerales, y también de sustancias curativas. Otras formas de aprovechar las plantas son los vinagres, los vinos, las decocciones de raíces, las tinturas madre, los aceites y las pomadas. Cada una tiene sus secretos: unos utilizan la raíz, otros las hojas, los tallos o las flores.

Susun alienta a todas las mujeres a recuperar estos saberes, particularmente en torno a las plantas comunes que crecen a nuestro alrededor. “Uno no necesita una receta para hacer la cena -dice.- Pero saber de qué maneras las plantas silvestres afectan nuestra salud equivale a saber cocinar.” 

Un recuerdo de la primera infancia que marcó su destino: la familia de Susun vivía en Dallas, Texas, a metros de un terreno baldío y a cuadras del zoológico de la ciudad. Por las tardes la pequeña Susun se la pasaba explorando el “jardín silvestre” de ese baldío, y por las noches se iba a dormir arrullada por el rugir de los leones y el barritar de los elefantes. Desde entonces, la naturaleza en todas sus formas siempre la hizo sentir en casa. De grande se decidió a estudiar Matemática e Inteligencia artificial en la Universidad de California, en Los Angeles. Pero a pocos años de empezar, se dio cuenta que las fuerzas naturales fuera de las ventanas del claustro la convocaban mucho más que lo que se enseñaba adentro. Amaba cruzar una zona boscosa camino a la universidad, al punto de que esa caminata pronto se convirtió en el momento más feliz de su día. Dejó la universidad, dice, para “continuar mi educación por otros medios”.

Pero para entonces era una madre soltera, y tenía que esforzarse para mantener a su bebé. Lo lograba vendiendo pan y enseñando a sus vecinos a hacer tareas campestres como elaborar quesos, recoger hongos y cosechar miel. Un día iba manejando con su niña y vio a una mujer embarazada cargando grandes bolsas de ropa al lavadero, al costado de la ruta. Se detuvo, la recogió y la llevó a su destino. Se hicieron grandes amigas. Resultó ser que esa mujer, madre de dos niñas, era una herbalista. Susun le sugirió que se ofreciera para enseñar sobre plantas en una universidad cercana, y la mujer le hizo caso. Juntas empezaron a hacer excursiones al campo con sus tres niñas, donde pasaban la tarde cosechando plantas y luego preparaban toda suerte de alimentos, infusiones y medicinas. Un día su amiga tuvo que mudarse a otro estado con su familia, y le pidió a Susun que se hiciera cargo de su clase. “Al principio no me sentía preparada. Muy dudosa, acepté. Nunca imaginé que tendría tanto éxito, ni que cada año se anotarían más y más alumnos. Fue una clase de las más populares, y la di por mucho tiempo.”

Años después de convertida en herbalista de tiempo completo, Susun se enteró de parte de su madre y tías que su tatarabuela había sido conocida como “la bruja del pueblo” por su capacidad de curar con extrañas pociones. ¿Cuáles eran esas pociones? Plantas medicinales, claro; acaso las mismas que ahora su tataranieta aprendía a usar por su cuenta.

Hoy Susun no enseña en la universidad sino en su propia granja a tres horas de Manhattan, donde además de cultivar plantas medicinales de todo tipo cría cabras, gansos y otros animales, y desde marzo hasta noviembre, hospeda a sus alumnas. 

La mayoría de sus aprendices son mujeres. “Enseño a mujeres y a hombres, pero mi experiencia es que quienes se interesan en la medicina herbaria son en un 90 por ciento mujeres. No me sorprende. En casi todas las culturas originarias del mundo, las sanadoras han sido mujeres. De hecho, en la concepción primitiva cada mujer es una sanadora por derecho de nacimiento. Un hombre también puede serlo, pero primero deberá entrar en contacto con su alma femenina.”

En su granja, que comparte con su compañero Michael, Susun se autoprovee de la mayor parte de sus alimentos, ordeña a sus cabras dos veces por día y calienta su casa con leña que ella misma hacha. No tiene radio ni televisión y no recibe diarios. “Necesito ese silencio. Así puedo escuchar a las plantas y publicar lo que ellas me dicen”, declara. Allí recibe a sus aprendices, algunas de las cuales se quedan por todo un año. Durante ese año deberán elegir una “aliada verde” para ser su planta maestra. Durante ese tiempo ayudan con el cuidado de las cabras y otras tareas. “De esa manera pasan muchas horas solas en la naturaleza. Yo quiero que aprendan como aprendí yo, no lo que aprendí yo. Quiero que se apoyen en su propia intuición.”

Su aprendiz más reciente es su nieta, Monica Jean, una rubiecita angelical quien a los tres años y medio sabe reconocer y preparar varios tipos de vinagres y tinturas. Además, adora salir con su abuela a cosechar hojas y pimpollos.

El “Wise Woman Center” -cuya sede es la misma granja- también ofrece diversos talleres (sueños, mitos femeninos y temáticas afines) y oficia ceremonias chamánicas en las que participan mujeres líderes de distintas etnias nativas americanas. Uno de los ritos que practican es el que honra la tradición del “Moon lodge” (cabaña lunar), propia de varias culturas originarias, en el que las mujeres se recluyen durante su período lunar a meditar y reflexionar en conjunto. 

Las plantas que recomienda usar Susun no son exóticas ni raras. De hecho, sugiere siempre empezar por lo que uno tiene cerca, creciendo en sus macetas o bajo sus mismos pies. ¿Quién no ha visto diente de león en sus alrededores? ¿Quién no se ha topado nunca con una ortiga, borraja o llantén? “Estas son las plantas de propiedades más generosas, por eso viven siempre cerca del ser humano. De hecho, no las van a encontrar creciendo en un bosque virgen.”

Y aunque se haga difícil cosechar plantas propias en la ciudad, es lindo conocerlas y verlas crecer alrededor de uno, como una presencia sutil y suave, recordatorio de nuestro hábitat de origen.

¿Es peligroso comer plantas que uno no conoce?
Todo en la vida encierra algún peligro. Por eso es importante aprender primero a identificar las plantas, con alguien que sabe o con un buen libro. Hay plantas que son seguras porque son fáciles de reconocer y no tienen otras parecidas que tengan efectos adversos. Ante la duda, siempre recomiendo probar un trocito de hoja y esperar varias horas para ver si hay alguna reacción. De todos modos, las plantas venenosas casi siempre tienen algún rasgo distintivo: un sabor muy amargo o picante, un aroma fétido o un brillo inusual en las hojas. No llaman a comerlas.

¿Da lo mismo comprarlas en una herboristería?

Absolutamente. Es un placer entrar en contacto con las plantas y cosecharlas uno mismo amorosamente. Pero se puede acceder a sus propiedades de la misma manera comprándolas secas. Sólo que conviene fijarse en la calidad de la planta: debe tener buen color y retener su aroma e incluso su gusto original.

Algunas de las tantas plantas benéficas que se encuentran en todas partes:

Chickweed (Alsina o Pamplina). Nombre científico: Stellaria media 

Esta simple y humilde plantita de hojas redondas y diminutas y una flor casi invisible (con lupa puede verse que tiene forma de estrella, con cinco pétalos divididos que parecen diez), contiene una sorprendente cantidad de nutrientes (sobre todo hierro, calcio y vitamina C), y hace un buen aporte a cualquier ensalada. Crece en las macetas y en todo cantero que se precie desde del otoño, y en inglés se llama “chickweed” porque tradicionalmente se le daba de comer a los pollitos. Sin embargo, su reputación ha ido creciendo, gracias a poder nutritivo y su sabor levemente salado y agradable.

Usada en forma tópica, su jugo disuelve verrugas, y en tintura madre, tomada a lo largo del tiempo, puede ayudar a achicar o disolver quistes. En forma de caldo, es buen expectorante y remedio para la tos.

Ortiga. Nombre científico: Urtica dioica 

Podrá parecer un contrasentido recoger esta planta conocida por los agudos pinchazos que atacan al tocarla. Sin embargo, los herbalistas insisten que sus propiedades son tan beneficiosas que vale la pena calzarse un par de guantes y salir a buscarla. También indican que la forma de evitar el “pinchazo” -aunque parezca mentira- es tomarla firmemente, en vez de rozarla. Pero los guantes, claro, son de rigor.

Hervida, en sopas o guisos, sustituye a la espinaca (a la que se le parece en sabor), y agrega una cantidad más que respetable de vitaminas, minerales y aminoácidos. Se recomienda especialmente para mujeres embarazadas y lactantes por su aporte de hierro, sus propiedades hemostáticas (previene hemorragias en el parto) y por ser gun alactagogo: incentiva la producción de leche.

Además, es un tónico cardíaco, mejora el equilibrio intestinal, ayuda a estabilizar el azúcar en sangre, y reduce las alergias. En forma de loción, es conocido su uso como tónico capilar y mejoramiento de la piel.

Diente de león. Nombre científico: Taraxacum officinale 

Fácil de reconocer por sus corolas amarillas que luego devienen en panaderos, esta planta de la familia del girasol ha sido utilizada como alimento y medicina desde el principio de los tiempos (de hecho, a eso se debe su nombre científico, que en griego significa “remedio oficial”. Además de ser un excelente aperitivo (como otras hierbas amargas), sus hojas tienen propiedades diuréticas, reguladoras del intestino, sedantes y bactericidas. Posee además una dosis importante de vitamina A, C y K, y abundante calcio, potasio, hierro y magnesio. Pero conviene recogerlas cuando la planta es joven, incluso antes de su floración, para que no sean tan amargas. Muchas tradiciones culinarias (como la china, la coreana y la sefardí), las incorporan crudas a las ensaladas. Pueden también blanquearse apenas para quitarles algo de su amargura.

Si su raíz se tuesta y se utiliza como sustituto del café, en vez de perturbar el sueño tendrá un efecto suavemente tónico sobre los sistemas digestivo, nervioso, circulatorio e inmune. Un dato para distinguirla de otra planta parecida (que también es comestible, pero no contiene tantas propiedades): el diente de león crece al ras del piso y no tiene tronco central. Las hojas son más o menos dentadas y glabras (no contienen pelos). En cambio el catsear o falso diente de león (hypochaeris radicata) tiene una flor pero un tallo bien firme y alto, y las hojas son peludas. En Grecia, las hojas del catsear también se consumen en ensalada. 

Será cuestión de mirar con renovado respeto a “nuestras aliadas verdes”, como las llaman Susun y otros herbalistas. Pero ella asegura que se da por satisfecha si las mujeres recuerdan su lugar de sanadoras, y entienden que al hacer una simple sopa nutritiva para sus hijos, un té de tilo o manzanilla, un baño de vapor con eucaliptus, están cumpliendo una función milenaria que antecede por siglos a la de los médicos y la ciencia. “El mejor remedio es la prevención”, decían las abuelas. Antigua sabiduría que mejora con el tiempo.