“Somos uno”, eso es lo que se siente cuando una relación de pareja se inicia, si el enamoramiento es recíproco. Y, como dice la psicología transpersonal (haciendo confluir las visiones de Oriente y Occidente), tal vez ese sentir sea como una reminiscencia de que, desde el Espíritu, sí, todos somos Uno y por eso (y por otras razones) anhelamos la fusión con el otro. Sin embargo, así como en el plano de lo Trascendente podemos concebir que todos seamos Uno, en el plano de lo personal, de lo cotidiano, cuando alguien se pierde en el otro impulsado por ese anhelo de fusión, ¡está en graves problemas!
Tan seria es esta situación, que hoy en día se la considera una más de las adicciones que las personas podemos padecer. Una adicción que con frecuencia se hace más escurridiza para ser detectada como tal, justamente por su naturaleza intangible: un adicto al alcohol, a las drogas, al cigarrillo, o aun a la comida, puede llevar la cuenta de cuánto ha consumido y advertir cuándo ese consumo es patológico (aunque no siempre lo asuma, ya lo sabemos). Pero un adicto al amor… ¿en qué número de llamada telefónica puede darse cuenta de que está insanamente ligado a esa persona? ¿En qué número de renuncia a sus propios planes para complacer al otro asume su adicción? ¿En qué cantidad de tiempo, de pensamiento, de intención destinada al otro con devota y obsesiva exclusividad debe encender la señal de alerta?
Al igual que con otras adicciones, en este caso la persona suele pedir ayuda recién cuando su sufrimiento es severo, horadante y asfixiante. Y buen será que pida ayuda cuanto antes. Del mismo modo que un adicto a la cocaína o al whisky, difícilmente pueda cambiar sus patrones de conducta sin auxilio terapéutico, de sus amigos, o inclusive de un grupo de pares que padezcan lo mismo: el adicto al amor precisa de quienes le acompañen a gestar una transformación profunda (y si es un especialista en el tema, mucho mejor). Pues no se tratará solamente de su pareja con la persona de ese momento, sino de una manera de concebir el amor que repetirá con otras parejas si no aprende que la raíz del problema está dentro de sí.
Esta “adicción seca” -como se le suele decir-, que carece de sustancias externas, en verdad tiene dos secretos: ni ese “amor” es amor (o al menos no es amor sano, sino una de las modalidades del “amor equivocado”), ni es tan “seca” como parece: la persona que la padece en verdad también necesita un conjunto de sustancias en sangre, tal como quien se las inyecta, o las inhala o las bebe; sólo que esas sustancias las fabrica su propio cerebro. Sí: hablo de neurohormonas que el sistema nervioso central genera ante estas situaciones, sustancias sin las cuales la persona adicta al amor no sabe vivir. Está habituada al dolor del amor, a las ansias del anhelo, a la zozobra de perder el último aliento si el otro no contesta el mensaje telefónico antes de los cinco minutos.
Sin embargo, así como cualquier adicción puede superarse con el trabajo interno apropiado, la adicción al amor insano no sólo puede resolverse, sino que se debe hacerlo, pues las consecuencias no son menos graves que las que se padecen ante otras adicciones. Para la propia persona, para sus allegados, e inclusive, a veces, para aquél otro a quien se “dedica” ese amor (quien, en realidad, lejos de sentirse feliz con tal devoción, podría vivirla con desesperación, como ante algo pegajoso, asfixiante, envolvente, pues el amor obsesivo de alguien hacia nosotros es una verdadera desgracia…).
Cuando una persona aprende a amar sanamente, renace. Por eso le pedí prestadas unas palabras a una amiga quien las dijo al pasar: “Yo le juré que moriría por él. Y fue verdad: me morí”. Y lo dijo sonriendo, gracias a la sabia mujer en la que se fue convirtiendo. Es que en ese “morir”, lo que acontece si todo va bien, es que la persona, -que se había perdido en el amor por otro, como quien es tragado por un remolino en el río-, regresa a sí. Se recupera. Muere eso viejo, aquella antigua manera de devaluarse a sí misma y de hipervalorar al otro. Y nace algo nuevo: la capacidad de ejercer el amor con reciprocidad, el amor no-obsesivo, el amor en el que uno no es un subconjunto difuminado en el otro sino (como en el viejo gráfico que aprendimos en la escuela), un amor en el que hay dos conjuntos enteritos y redondos, completos en sí mismos, con una intersección en la que, sí, se pertenecen lúcidamente, pero sólo en ella se establece la palabra “nosotros”.
¿Es difícil? ¡Nunca dije que fuera fácil! Pero sí que es posible. Sólo que, como todo lo posible, acontece únicamente si se hace lo apropiado para que así sea: con las ayudas adecuadas, y con ese primer paso, que es reconocer que uno está en dicha situación, para empezar a reaprender qué es el amor. Y así nunca, nunca más cantar arrobadamente: “Arráncame la vida de un tirón que el corazón ya te lo he dado; oblígame a vivir para tu amor…”. Tu corazón es tuyo. Y el amor de pareja necesita ser parejo, de dos.
Por: Virginia Gawel para Sophia –
