Codito de oro le decía mi abuela a la gente tacaña, pero la frase sirve también para ilustrar nuestro objetivo: mimar uno de los rincones más olvidados de nuestra anatomía.

Los codos, al igual que las rodillas, son presa fácil de la sequedad y la descamación, y su piel tiene tendencia a engrosarse y oscurecerse. Cuidarlos no sólo persigue fines estéticos: la sequedad y picazón en la zona puede volverse realmente molesta.

Los codos necesitan atención extra. Seguramente habrán notado que una hidratante corporal capaz de dejar la piel de todo el cuerpo hecha una seda no es suficiente para suavizar los codos. ¿La clave para mantenerlos tersos? Exfoliación e hidratación intensivas.

Para exfoliar la zona podemos apelar a líneas comerciales (recomendadas Kiehl’s y St. Ives) o fabricar nuestra propia fórmula imbatible mezclando limón y azúcar. Para una acción aun más intensa, mezclar sal gruesa con algún vehículo emoliente como aceite de almendras, aceite para bebés, manteca de cacao o manteca de karité. Tengan en cuenta que una exfoliación verdaderamente efectiva sólo se logra masajeando la zona durante no menos de 5 minutos, enjuagando e hidratando a continuación en forma inmediata.

El jugo de limón aplicado solo también resulta excelente para blanquear la zona.

La hidratación fuerte que cada codo necesita vendrá de la mano de cremas que contengan también manteca de karité o simplemente del querido e infalible aceite de almendras.

Una o dos veces por semana se puede completar el tratamiento con una mascarilla casera hecha con una papa hervida y pisada, un chorrito de leche tibia y otro de aceite de oliva o almendras. No es una textura especialmente “sensorial” ni da pie a un “ritual de relax y placer” – es como ser bebé de nuevo y enchastrarse con la comida- pero que funciona, funciona.