Durante años, Asunción Regalado se levantó en plena noche, mientras su marido y sus siete hijos dormían, para atender a los vecinos de la Colonia Carloscar, en pleno monte misionero. A la madrugada, esta enfermera voluntaria y ángel protector de muchos preparaba sus cosas y salía en medio de la oscuridad hasta alguno de los ranchos de la zona, para atender partos, hacer curaciones y bajar la fiebre de los más chiquitos.

Hoy tiene 84 años y se jubiló hace veintitrés, pero sigue siendo la misma “Marica” (como la llaman todos) voluntariosa y audaz que atiende a la gente en su casa sin pedir nada a cambio, desde la vocación más pura.

Asunción comienza el día temprano, se ocupa de sus animales, hace las tareas de la casa y espera a los vecinos que llegan golpeando las manos detrás de la puerta, para recibir inyecciones, medicamentos y sanar heridas o dolores tras sufrir accidentes en el campo. Ya entrada la noche, desarma tejidos que consigue para coser prendas que abriguen a los más chicos, y así hasta que se le cierran los ojos. Recién entonces se acuesta. “Con la frente en alto, agradecida y con la cara limpia para enfrentar a quien sea porque siempre me porté bien; siempre serví en lo que pude”, dice Asunción, que con los años logró conseguir su título como enfermera y obstetra rural.

Y cuándo nació este afán, su don, su vocación inquebrantable? Ella no recuerda el día exacto en que empezó a ayudar a los que sufrían en las casas vecinas, pero tenía 12 años cuando aprendió a preparar inyecciones y apenas 16 cuando atendió su primer parto. “Un día no estaba el doctor en el hospital en el que aprendía enfermería y vino una señora a tener a su bebé. Como ya tenía coraje, me animé a hacer lo que había visto que el médico hacía. Ese mismo día perdí el miedo y me dije que, mientras viviera, nadie iba a morir cerca de mí porque iba a tratar de defender su vida como pudiera”, recuerda. 

A la enfermería, Asunción llegó con la ayuda del doctor López Torres, director del hospital Madariaga de Posadas. A los 14 años, se enfermó de un principio de difteria y tuvo que estar internada durante varios días. Con el permiso de sus padres, el médico la alojó luego en su casa de la ciudad, para completar el tratamiento. Cuando se recuperó, empezó a ir con él al hospital y aprendió a traer chicos al mundo. Desde ese día, atendió más de ochocientos partos.

Sanar heridas ajenas

“De chica, era “meterete”, muy inquieta; me gustaba conocer y estudiar. Pasaba horas con los enfermeros y los médicos, y un día ya sabía toda la práctica, pero no tenía la teoría, así que viajé a hacer un curso a Buenos Aires. Cuando volví a casa, empecé a trabajar con un médico francés, que me inició. Después trabajé con varios más”.

Pasaron más de sesenta años y Asunción recuerda con orgullo haber sido la primera enfermera de la zona de San Ignacio y enfatiza aún más su elección cuando cuenta: “Nací para ser enfermera, para dedicarme a los demás, porque ya de niñita agarraba a los chicos del barrio, los curaba, los ayudaba”. Mientras Asunción habla, su hija María da cuenta del esfuerzo que hace su mamá y lamenta que a veces no consiga insumos para atender. “Mi mamá ya está jubilada desde hace años, pero nunca dejó de trabajar y, aunque recibe ayuda del hospital de San Ignacio, a veces tiene que sacar plata de su sueldo para comprar gasas o medicamentos”.

–Asunción, cuando era joven, ¿cómo era la vida y cómo llegó a casarse?

–Cuando estaba en el campo con mis padres, conocí a mi marido, un hijo de italianos muy bueno, y con él me casé. Tenía 18 años. Mi esposo fue un padre ejemplar, estuvimos cincuenta y cuatro años juntos y murió, o se fue de mí, hace once; ahí me quedé viuda. El casamiento fue lindo, el festejo duró tres días y pudimos tener nuestro terreno… Los primeros años fueron muy sacrificados, trabajábamos en el campo y al poco tiempo de casarnos se nos quemó la casa. Fue un golpe fuerte, pero seguimos adelante.

–¿Cómo hacía para trabajar cuando sus hijos eran chicos?

–Cuando fueron naciendo los chicos, los primeros tiempos no pude trabajar como enfermera fuera de Carloscar, así que ayudaba a mi marido en el campo. Un día me quisieron mandar a San Pedro, a trescientos kilómetros, pero no quería dejar a mis hijos; entonces, me dedicaba a la chacra, plantábamos yerba mate, té y tung… Al tiempo pudimos comprar veinticinco hectáreas de tierra ahí, en pleno monte. Mi primer trabajo fue la tierra, pero al mismo tiempo hacía enfermería para el vecindario. Mi marido me decía: “Terminá los estudios, andá a la ciudad”. Cuando pude, empecé a ir a Posadas. A la tarde iba a clase y en los exámenes sacaba Sobresaliente. Así pude certificar el título que tenía de Buenos Aires.

–¿Qué pasó entonces?

–Durante años, estuve vacunando de escuela en escuela, ad honórem, contra la viruela, y pudimos erradicarla definitivamente. Hasta que, un día, una familia me dijo: “Usted que sabe, ¿por qué no tiene un puesto de salud?”. Empecé a ir a ver al gobernador de la provincia, Ángel Vicente Rossi, y fui varias veces hasta que pude tener el puesto sobre la ruta provincial 6. 

Desde 1969 hasta 1990, cuando se jubiló, Asunción trabajó como enfermera a tiempo completo. “Trabajaba en el puesto más que en mi propia casa. Yo era el médico, la enfermera, la mucama, la obstetra… En 1974, conseguí que un médico viniera a trabajar conmigo y pudimos inaugurarlo. Cobraba por un turno, pero trabajaba de corrido, porque la enfermedad no tiene hora: venían de día, de noche, con lluvia. Imagínese que, ahora, donde vivimos hay un hospital a veinte kilómetros; a veces, la gente no tiene cómo llegar. Antes era todavía más difícil: no había medios ni luz eléctrica, y cuando llovía, por los caminos de tierra no se podía salir.

–¿Recuerda alguna noche en especial?

–Con la gente pasamos por momentos difíciles, pero gracias a Dios, siendo enfermera, nadie murió cerca de mí. Siempre hice los primeros auxilios y atendí partos. Cuando ganó el gobierno radical en 1983, me acuerdo de que empecé a hacer gestiones para tener luz. Antes de eso, había noches en las que solo Dios nos amparaba. Una vez tuve que atender a una mujer a oscuras porque se nos apagó el candil de golpe. Era un parto difícil y hasta que llegaron el papá y el abuelo, la nena ya había nacido. Pesaba cinco kilos y trescientos gramos. Hoy esa chica ya es madre.

–¿Quién cuidaba a sus hijos cuando salía a trabajar?

–Mi marido tuvo siempre buen corazón y me decía: “Vieja, cuando puedas vení a la casa, pero no dejes que le pase nada a un ser humano que lo necesite”. Era un ejemplo de padre porque trabajaba en el campo con los chicos alrededor. Y en casa las nenas grandes cuidaban a los más chicos. Cuando tuvieron que ir al secundario, a la mayoría pude mandarlos a estudiar a Posadas.

–¿Algunos de sus hijos se dedicó a la medicina?

–Una de mis hijas es enfermera, como yo, y su hija también. En casa somos muy unidos, todos tienen ese profundo amor al prójimo. Ahora tengo un hijo viviendo conmigo, pero durante años estuve sola. Desde que falleció mi esposo estoy acá y vienen los hijos de visita. En esa parte no me quejo, tengo siempre el cariño de los hijos y de los vecinos que vienen a ver cómo amanecí o si necesito algo en la chacra.

–¿Cómo llegó a jubilarse?

–En 1988 tuve un accidente en la sala. Había venido una embarazada grande, que era epiléptica, me abrazó, me caí y me golpeé la columna… Yo la sujeté con fuerza porque no quería que golpeara a su hijo. Me tuvieron que operar y casi pierdo las piernas. Anduve mal por un tiempo, no me podía sentar, estaba muy dolorida, me agarró una espondilitis y me jubilaron. Eso sí, yo seguí trabajando porque la gente igual venía a buscarme. Cuando me jubilaron, llevaba veintitrés años de trabajar para la gente y me dieron doscientos cincuenta pesos. Recién en 2005 me subieron a cuatrocientos y hoy me pagan mil cuatrocientos o mil quinientos. Desde siempre agradezco el apoyo del director de José Ignacio y otros médicos de Santo Pipó, que me mandaban medicamentos, vacunas, leche. Pero a veces ni siquiera en el hospital hay…

– ¿Cómo es Colonia Carloscar, su lugar?

–Mi casa es mi lugar, mi alegría más grande. Cuando voy de viaje y estoy volviendo, parece que llego en la gloria. Donde vivo no tenemos almacén, ni carnicería, ni farmacia o puesto de salud, pero igual es un paraíso. Acá llegaron a vivir más de trescientos colonos y hoy somos solo unas treinta familias. El almacén más cerca está a cuatro kilómetros y para buscar las cosas hay que subir y bajar los cerros; no es fácil, pero acá estamos. El aire puro que se respira es único y acá tengo mis animales, mis plantas, mi vida. 

–¿Qué pediría si pudiera?

–Sobre el sueño que tuve en la infancia de ser enfermera y obstetra, estoy realizada. Pero hay cosas que todavía quiero y no alcanzo, no puedo. Si hay alguna persona buena, le pediría una computadora, porque tengo una nieta que me dijo que me va a enseñar y así me voy a poder comunicar mejor con la gente de los pueblos. Hace un tiempo, vino Canal 13 a filmarme porque me dieron un premio (ver recuadro) y hay otras notas que me han hecho los periodistas, pero no puedo mirarlas porque acá no hay forma. También quiero pedirles a las personas que nos puedan ayudar que manden medicamentos, jeringas, agujas, gasas, ropa usada, ropa de abrigo… Mi sueño mayor es tener una salita de primeros auxilios cerca de mi casa.

–¿El gobierno está al tanto de su pedido?

–Sí, desde el gobierno de la provincia me dicen que ya la van a inaugurar, pero seguimos esperando. Si no hay dónde hacerlo, yo les dije que puedo donar parte de mi terreno para que se construya. Acá se necesita mucho; trabajo con gente que a veces no tiene para el pan. En 2012, después de que vino Canal 13, llegó a verme muchísima gente. En casa hago suturas, corto flemones y trato de conseguir los sueros si a alguno lo pica una víbora. En lo que puedo, trato de servir.

–También le gusta leer y escribir. ¿Sigue estudiando?

–Sí. Tengo varios médicos amigos en Posadas que me mandan bibliografía. Para el Día de la Mujer hice una nota hermosa sobre lo que representa la mujer argentina hoy día, porque ya no es como antes: hace cincuenta años abrimos los ojos y ya nadie puede cerrarlos. No es como antes, que no teníamos documento y solo mandábamos hasta la puerta de la cocina. Hoy las mujeres sacamos el mundo adelante. Me acuerdo de que en 1972 compré una enciclopedia médica y la pagué en cuotas con mi mísero sueldo. Desde ese día estudié de punta a punta la medicina y sigo, porque hay mucho adelanto. ¡Antes no se sabía de qué se moría la gente!

–Asunción, le agradezco mucho por esta charla…

–El agradecimiento es mío. Espero que este año se cumplan todos los deseos de la gente buena, y si alguien puede ayudar, acá todo es bien recibido. Es muy linda la gratitud de corazón que tiene la gente de mi lugar.

Por un país más justo y solidario

En 2011, un equipo de producción del Premio Abanderados de la Argentina Solidaria dio visibilidad a la tarea de Asunción Regalado, cuando la eligió entre doce hombres y mujeres que dedican su vida a los demás. Su historia llegó a Canal 13 y a la Web, y la trajo de visita a Buenos Aires. Tras esa experiencia, Asunción está muy agradecida por la buena voluntad y el cariño recibidos pero, desde entonces, al no haber ganado el premio mayor, no pudo recibir ayuda económica y continúa esperando la colaboración de la gente para conseguir medicamentos e insumos en la zona rural donde trabaja. Sobre todo, espera que el gobierno provincial cumpla con la promesa de que Carloscar tenga un puesto sanitario propio.

Para colaborar con Asunción, llamar al (03764) 15622408 o escribir a teresaraldi@hotmail.com