El señor dice no saber qué es el 24 de marzo, qué pasa ese día; el señor dice ser amigo del comisario Luis Patti, torturador y genocida, elegido alguna vez por voto popular intendente y condenado a perpetua en juicio justo; el señor fue secretario de Redacción de una revista cómplice de la dictadura, es decir, el señor y Gente fueron la dictadura; el señor ha sido reciclado como un periodista inteligente, por obra y gracia de cierta lógica comunicacional que cree (y nos intenta hacer creer) que todo se puede frivolizar; hace un año, el señor recibió en su programa a Cecilia Pando, quien dijo, muy suelta de cuerpo y muy atada de mente, que defendía aún “a los que habían robado bebés” y al señor no se le movió un pelo, de los pocos que le quedan; sin embargo, el señor condujo hace un tiempo un programa televisivo que se llamó Memoria (como se ve, el señor piensa también que todo se puede frivolizar, hasta la memoria).

    El señor recibió en su estudio televisivo a Aleida Guevara March, la hija del Che y a Aleida March. Para él y para la lógica del negocio mediático da lo mismo, vende igual la hija del Che que la apóloga de un genocidio. En un momento del diálogo, el señor le pregunta a su invitada por la herencia que, supuestamente, le dejó el padre a la hija. Al escuchar la palabra herencia, la mujer dio, literalmente, un respingo.

    Inútil sería explicarle al señor que el concepto jurídico de herencia tiene un significado totalmente distinto en una sociedad socialista como la cubana. Repuesta de la sorpresa, Aleida empezó a nombrar libros, recuerdos, objetos y anécdotas. Pero lo que el señor quería saber era qué le había dejado “en metálico”. Y Aleida, sonriente, con el aplomo y la sencillez que la hacen heredera de ese padre, le dijo: “¡Qué poco conoce usted a mi padre!”.