Hace muchos años, un joven humilde trabajaba en una imprenta y su dinero no le alcanzaba para comprar libros. Se preguntaba: “¿Cómo será el mundo de los libros?”. Con la idea del saber, un día vio en una librería un libro abierto y leyó dos páginas. Se fue contento. Al día siguiente observó con grata sorpresa el mismo texto abierto en las dos páginas siguientes, las que leyó con mucho interés y así continuó hasta terminar la última.

Pensaba que el dueño de la librería había tenido en cuenta su grata actitud “por saber” y era generoso. No cabía duda de que el dueño de la librería estaba lleno de satisfacción por el hermoso interés del entusiasta lector. El joven iba a entrar al negocio para agradecerle al dueño, pero a su vez el librero salió a su encuentro y le dijo al lector que podía entrar y leer cuanto deseara sin obligación de comprar, en recompensa por su anhelo de superarse y de dejar atrás la ignorancia que tanto daña a los pueblos.

Eso sí, el querer y el tesón los tiene que poner el interesado y decir “¡fuera la ignorancia!”. Ese joven se llama Benjamín Farjeón. El fruto de su empeño fue grande porque llegó a ser un gran escritor, reconocido y admirado por su comunidad, hecho por el camino correcto que da dignidad y que se originó porque otra persona no fue indiferente con quien quería saber.

Magister dixit (el maestro dice): “Los libros son la antorcha para ser un hombre completo e indispensable y ser ejemplo para los demás”. El conocimiento es el arma más útil en cualquier lugar del universo y hace pacíficos a los hombres y también le enseña a ser justos y amigables. Ojalá esta historia se multiplique como una semillita.