Hace 560 millones de años, mucho antes de que aparecieran los animales que hoy conocemos, la Tierra estaba habitada por organismos de formas extrañas y características muy diferentes a las actuales. Uno de ellos era Charnia, una criatura con aspecto de helecho cuyo fósil acaba de ser hallado en el Ártico noruego y que podría cambiar lo que los científicos conocían sobre esta especie.

El descubrimiento se produjo en Finnmark, en el norte de Noruega, y representó el primer registro confirmado de Charnia en Escandinavia. Pero lo que convierte al fósil en un hallazgo excepcional no es solamente su antigüedad: el ejemplar conserva detalles en tres dimensiones, algo poco habitual entre los organismos de cuerpo blando del período Ediacárico.

El estudio fue realizado por investigadores de la Universidad de Cambridge y publicado en la revista científica Palaeontology.

Así era Charnia

Charnia tenía una apariencia que en la actualidad podría confundirse con la de un pequeño helecho. Sin embargo, se trataba de un organismo perteneciente a una de las comunidades de formas de vida complejas que habitaron los océanos durante el período Ediacárico.

Los investigadores señalaron que no tenía boca, órganos ni una forma evidente de desplazarse. Permanecía adherida al fondo marino y obtenía los recursos necesarios para sobrevivir de una manera que todavía es objeto de estudio.

Su cuerpo blando hacía que las posibilidades de que quedara preservada durante cientos de millones de años fueran muy reducidas. La mayoría de los fósiles de este período aparecen como impresiones planas en las rocas, sin conservar el volumen original del organismo.

En este caso ocurrió algo diferente.

Una avalancha submarina permitió conservar el fósil

Los científicos creen que el organismo quedó sepultado después de que una avalancha submarina desplazara sedimentos y cubriera rápidamente el fondo del océano donde se encontraba Charnia.

Ese proceso habría permitido que el cuerpo quedara protegido y conservara características que normalmente desaparecen con el paso del tiempo.

La preservación tridimensional es precisamente uno de los aspectos que más llamó la atención de los investigadores, ya que permitió observar partes del organismo que no habían sido identificadas en otros ejemplares.

El detalle que sorprendió a los científicos

El fósil permitió identificar unas pequeñas crestas conocidas como “quillas” en cada una de las ramas de Charnia.

Estas estructuras habían pasado inadvertidas en otros ejemplares porque los fósiles conocidos de la especie se encontraban mayormente aplastados y preservados como impresiones.

El descubrimiento demostró que la forma en que un organismo queda preservado puede modificar considerablemente lo que los científicos son capaces de conocer sobre él millones de años después.

El hallazgo que cambió su distribución

La aparición de Charnia en Finnmark también tiene importancia desde el punto de vista geográfico.

Los fósiles del período Ediacárico fueron encontrados en diferentes regiones del mundo, pero existen relativamente pocos yacimientos bien conservados. Por eso, identificar esta especie en un nuevo punto del planeta puede aportar información sobre la distribución de estos primeros organismos complejos.

El hallazgo en Escandinavia sugiere que Charnia y otros organismos ediacáricos podrían haber tenido una distribución mucho más amplia de lo que se creía.

Un campo de ovejas escondía un yacimiento desconocido

El descubrimiento tuvo además un componente fortuito. El fósil apareció en una zona utilizada como campo de ovejas, cerca de un afloramiento rocoso donde ya existían indicios de vida del período Ediacárico.

Algunas rocas se desprendieron de un acantilado y, al partirse, dejaron expuesto el fósil.

En esa misma zona ya habían sido identificadas estructuras de anclaje producidas por organismos que permanecían adheridos al antiguo lecho marino. Sin embargo, hasta ahora no se habían encontrado allí fósiles de organismos como Charnia.

Para los investigadores, encontrar restos de esta época es especialmente difícil debido a las características de los seres que vivieron entonces.

“Como registro fósil, el Ediacárico tiene varios factores en su contra, principalmente que la mayoría de los organismos tenían cuerpos blandos y los esqueletos aún no habían evolucionado”, explicó Neil Davies, investigador de Cambridge y coautor del trabajo.