No siempre la vocación es un llamado claro y certero. En algunos casos requiere de una exhaustiva búsqueda interior. Las múltiples presiones familiares y sociales a las que nos sentimos expuestos juegan un rol importante cuando definimos nuestra vida. Al igual que heredamos el color de los ojos, también, hay legados sociales y familiares respecto de lo que se valora y se desestima en términos de ocupaciones.
La vocación es un llamado de cada uno hacia su propia entereza, que es lo mismo que decir, a su felicidad. Tiene que ver con la comprensión consciente del destino de cada uno y no encaja necesariamente con la oferta académica que se mueve en base a otros intereses. Cuando esto no se cumple con la primera elección que se hace en la juventud, es frecuente que en la así llamada “mitad de la vida” volvamos a encontrarnos con el dilema. Y resulta a veces más difícil aceptar la duda y la ansiedad que genera esta decisión en la adultez que cuando elegimos por primera vez allá atrás en el tiempo.
Pero en realidad, para muchos se trata de una crisis de la madurez, que señala la búsqueda profunda del propio ser. El psiquiatra suizo Carl Jung señalaba la importancia de diferenciar la ocupación -con la que nos ganamos la vida- de la vocación, que es el llamado al camino de la individuación, a buscar respuestas propias, trascendentes, a la pregunta de qué otorga sentido a nuestra existencia.
Este llamado es el que eligieron estas tres mujeres que un buen día se animaron a dar un vuelco en sus vidas y cambiar ocupación por vocación. Y en esa decisión, en ese rapto de arrojo, se encontraron a sí mismas.
“Aprendí a seguir mi instinto, mi intuición”
Sofía Willemoës (30) trabajó 10 años un estudio jurídico en el que tenía un sueldo importante. Pero un día decidió seguir su instinto, y se puso un negocio de diseño de muebles.

“Cuando me recibí del colegio averigüé sobre todas las carreras que había en el mercado, me gustaban todas menos diseño. En ese entonces creía que mi meta era hacer carrera corporativa. Fue algo que me impuse desde el principio. Entonces decidí estudiar Derecho, pero un tiempo después llamé a mis viejos y les dije “esto no es para mí” y me quise ir de viaje, pero por esas cosas de la vida me volví a embarcar en el Derecho. Paralelamente empecé a trabajar en un estudio jurídico y algunos años después pasé a ser socia del estudio. Profesional y económicamente me iba muy bien, entonces no tenía ni tiempo para preguntarme nada. Nunca me había gustado el diseño, pero cuando me casé decidí ambientar mi propio casamiento. Poco a poco empecé a descubrir que me fascinaba restaurar cosas, crear algunas nuevas, y empecé a volcar mis tiempos libres en esa actividad. ¡Es increíble como a veces uno no se conoce nada! El punto de inflexión llegó cuando quedé embarazada, fue un cambio enorme, me movilizó mucho. A principios de 2009 tuve a mi hija y empecé a replantearme si realmente quería pasar doce horas por día dentro de un estudio. A partir de una oportunidad, me presenté en el concurso Buenos Aires Emprende y gané un subsidio del 40% de inversión en el proyecto que tenía armado y una tutoría. Así empecé mi emprendimiento de forma seria. Mientras tanto, en el estudio hubo un quiebre en donde yo ya no me sentía cómoda. Tenía un lugar que me había costado mucho conseguir, pero sentía que ése no era mi mundo. No me hacía feliz. Me encontré en la situación de hacer las dos cosas a la vez hasta que no aguanté más y me fui. Pero no fue de un día para el otro. Recuerdo una discusión con mi marido, yo me estaba yendo del estudio y me eché atrás, no me animaba. Fue ahí cuando me dijo: “Si volvés al estudio no me ves más la cara”, a modo de chiste por supuesto. Siempre hay alguien que te apoya en esas decisiones. En mi caso fue mi marido. Me di cuenta enseguida de que por más que uno esconda las cosas, la verdad sale por todos lados. Hay que ser sincero con uno mismo.
A veces extraño un poco esa seguridad de cuando uno se siente cómodo con lo que sabe hacer; ahora es todo innovación. Me llena más la energía que me da la innovación. Me divierte estar desafiándome todo el tiempo. Este año abrí un showroom en Las Cañitas y nos presentamos en INCUBA del Centro Metropolitano de Diseño. Mi próximo proyecto es abrir un local.
Mi trabajo como abogada me aportó muchísimo. Lejos de haber sido una pérdida de tiempo fue un gran aprendizaje. Aprendí que no me tenía que achicar nunca, que tenía que confiar en mi intuición. Por ese lado me dio fortaleza para encarar el nuevo proyecto. “
“Me animé a cruzar la barrera de los miedos”
Sara D”Angelis (56) fue odontóloga 20 años hasta que un buen día cambió de rumbo.

“No hay muchos que se atrevan a cambiar…y no quería quedarme con las ganas. Cuando terminé el colegio no sabía bien qué estudiar. Elegí odontología porque tenía poco de matemáticas. En medio de la carrera me casé y quedé embarazada, entonces la carrera tambaleó. Pensé en dejar para retomar más adelante pero mi madre se ofreció a cuidar a mi bebé mientras yo cursaba. Entonces pude terminar y abrir mi consultorio. La especialidad: implantes. Así me pasé unos veinte años hasta que un día empecé a sentir que mi vida no tenía sentido. Mis hijos ya se habían ido de casa y la conclusión fue rápida: ya no sentía amor por mi trabajo. Me la pasaba atendiendo y pensando en cualquier otra cosa, en si había ido al supermercado o si mi marido había comprado lo que le pedí de la ferretería. Y como los desafíos me pueden y siempre me gustó estudiar, pensé en la posibilidad de volver a la universidad. Siempre me gustó diseñar estrategias de venta, entonces me decidí y me anote en Marketing. Mientras tanto empecé a derivar a mis pacientes y se me ocurrió buscar trabajo como agente de marketing en empresas odontológicas. Me recibí hace ya 4 años y hoy dirijo mi propia empresa de Marketing especializada en salud y me siento una privilegiada. Hago algo que me da mucho placer y eso me hace sentir orgullosa. Creo que mi gran ventaja fue animarme a cruzar la barrera de los miedos”
“Trabajando encontré mi vocación”
Desde muy chica Claudia Esper (33) supo que le gustaba la moda, y luego de un paso por el mundo del arte, decidió hacer un viaje que le cambiaría la vida.

“A los 18 no tenía para nada claro lo que quería estudiar. Sabía que lo mío no era una carrera tradicional, pero en aquella época nadie te incentivaba mucho a elegir carreras más innovadoras. Me había gustado una materia sobre Historia del Arte, entonces me decidí a seguir esa carrera. Fue mi manera de salir de lo tradicional. Si no, tal vez hubiera terminado estudiando medicina. Cuando me recibí hice algunas pasantías en museos hasta que me surgió la posibilidad de dirigir, junto a una socia, la galería de arte Fra Angélico en La Boca. Ahí estuve un año hasta que empecé a ver que el arte no era del todo lo mío. Decidí cortar con todo durante un año, me fui a Londres a hacer unos cursos de moda a Central Saint Martins, una universidad inglesa especializada en arte, moda y diseño. Siempre me interesó la moda. De chica, me la pasaba leyendo revistas. ¡Tengo guardadas todas las Vogue de los 80!
En Inglaterra comencé a hacer producciones y me di cuenta de que era eso lo que en realidad me gustaba hacer. Es increíble como trabajando te das cuenta de qué es lo que realmente querés. Sin esa experiencia, pude haber seguido en el mundo del arte de por vida. Cuando volví de Inglaterra empecé a trabajar freelance con unos chicos que querían hacer zapatos. Un tiempo después me contrataron en una fábrica de zapatos y fui jefa de producto por 7 años. Hace un año y medio me abrí por mi cuenta y formé Dera Bassi, mi propia marca. Hoy fabrico zapatos para marcas de indumentaria y la verdad que es lo que más me gusta hacer.
A veces en la aplicación encontrás lo que te gusta. Siento que cuando salí del colegio no tenía la madurez suficiente para descubrir qué era lo que yo quería para mi vida. Terminé el colegio y tenía la presión de no perder años y tal vez me apuré cuando tomé la decisión. En mi caso ¡los test vocacionales no sirvieron para nada!”
