La respuesta a estas inquietudes (lo veo y escucho a menudo en padres, familiares, docentes y adultos en general) suele ser la resignación. Pareciera que, como en ciertas películas de ciencia ficción, una plaga misteriosa hubiera dañado el cerebro de los jóvenes y un virus desconocido se hubiese apoderado de su voluntad, impulsándolos a conductas extrañas y destructivas.

Quizás haya más posibilidades de encontrar una explicación si cambiamos la pregunta. ¿Qué pasa con los adultos de hoy, que han dejado a los jóvenes a la deriva, sin modelos nutricios, sin transmisión de valores a través de conductas, sin límites orientadores, sin un modelo estimulante de futuro, sin patrones de vínculos que enriquezcan su mundo emocional y afectivo? Por supuesto, en esta descripción no entran todos los adultos, pero sí una masa importante de ellos, tan crítica como para afectar a los jóvenes del modo en que lo hace.

Demasiados adultos se han volcado a relaciones utilitarias entre ellos mismos, en las cuales el otro vale o no vale, conviene o no conviene (horrible palabra para aplicar a un ser humano) por su prestación ya sea económica, social, laboral o afectiva. Demasiados adultos priorizan los valores materiales (metálicos, tecnológicos o plásticos) por sobre los morales o espirituales. Demasiados adultos están más pendientes de su ombligo que de las personas que los rodean y de lo que el entorno necesita de ellos (siempre alguien necesita algo de nosotros, así como nosotros de otros, pero registrar esto requiere dedicación, tiempo, atención y compromiso). Demasiados adultos se niegan a aceptar la diversidad, a enriquecerse con las diferencias y a resolver desacuerdos y conflictos con respeto y sin descalificación. Demasiados adultos ejercen la violencia de palabra y de hecho. Demasiados adultos retrasan indefinidamente su madurez, siguen viviendo con conductas adolescentes (más allá de las edades, cargos, posición social, nivel económico o cultural que exhiban) y evaden la responsabilidad de hacerse cargo de sus actos, de las consecuencias de los mismos y, en definitiva, de sus vidas.

Muchos de esos adultos son padres de esos jóvenes que llevan a las preguntas angustiadas conque se inicia este texto. Los jóvenes, personas con una identidad en formación, no hacen más que reflejar, como un espejo, la imagen del mundo en el que abrevan. Un mundo que gestionan los adultos.

“Mi abuela solía decirnos que el sudario no tiene bolsillos”, dijo el papa Francisco a los miles de jóvenes que lo escuchaban mientras les hablaba en el último fin de semana. No son el dinero ni los bienes materiales las brújulas que los orientarán hacia una adultez fecunda. Es la mirada sobre el otro. El servicio. La solidaridad. La cooperación. La mano extendida en lugar del puño lanzado. Esto les decía con frases como aquella, y otras igualmente sencillas y consistentes, fácilmente comprensibles. Era emocionante (al menos lo fue para mí) ver la ilusión, la esperanza, la energía, la alegría, la confianza que esas palabras disparaban en los chicos.

El hombre que les hablaba de este modo accedía en esos días a la cima de la atención mundial, pero si los chicos se identificaban con su mensaje no era porque se tratara de un ídolo rockero o deportivo y ni siquiera porque vieran en él a uno de los suyos alcanzando el estrellato. Todo lo contrario. Les hablaba un adulto, un anciano que, con sus actitudes y con el simple y extraordinario hecho de mirarlos, de registrarlos, de respetarlos y de tenerlos en cuenta les devolvía la dignidad y la entidad no sólo a ellos, sino también a la vejez, a la sabiduría, al amor y a la experiencia.

Dejados a la deriva, anémicos de modelos estimulantes, desnutridos de valores (no de discursos sobre valores, eso sobra, pero los valores sólo se transmiten viviéndolos), sin ninguna señal que los invite a mirar el futuro, hacia el que inevitablemente marchan, como un paisaje de construcción y no de confrontación, de fecundación y no de lucha, esos chicos parecían, de pronto, jóvenes árboles (casi arbustitos) que, en plena sequía, encontraban la bendición del agua. Y respondían como lo hacen las plantas al menor contacto con el alimento que necesitan. Elevaban su rostro hacia la luz.

No hay que ser Papa para asumir el papel de adulto, ponerse al frente de la tarea, regresar a los lugares abandonados, dejar de distraerse con los nuevos y banales becerros de la superficialidad y la inmediatez y retomar la responsabilidad de ser los eslabones que unen lo heredado con lo que vendrá y transmiten lo que esas almitas desorientadas necesitan y piden, a veces con gritos trágicos y dolorosos. No es necesario ser Papa. Basta con recordarse adulto y, con los jóvenes, actuar como tal, con presencia, amor, firmeza, suavidad y responsabilidad. A los jóvenes de hoy no les pasa nada que los adultos no puedan ayudar a transformar.