Silvia Agüero es periodista. Lee con avidez, investiga con rigor, escribe con soltura. Mientras cursaba la carrera no habría imaginado un destino mejor que firmar notas sobre un rico abanico de temas, como lo hace hoy. ¿Qué hacía entonces esta escriba realizada, un martes lluvioso, junto a un grupo de mujeres del doble de su edad, reunidas en torno a una mesa, las cabezas gachas y la atención puesta en el tejido?

Aún hoy no logra explicarlo. Pero sí sabe que esa afición –el tejido a crochet– nació al lado del río, visitando a una amiga santafesina en los largos veranos. Hubo también una abuela que forjaba mantas multicolores con cada balanceo de su mecedora. Silvia heredó ambas: la mecedora y la pasión por el antiguo arte.

Si alguien le preguntara, Silvia diría que el tejido es “su hobby”. Pero sabría, también, que la palabra no alcanza para describir los anocheceres en el sofá, en silencio y a puro ganchillo. “El tejido me serena, le da curso a la creatividad sin mayores exigencias, y me conecta con el recuerdo de personas que amo y que amé. A veces siento que tejer y escribir se parecen”.

La palabra “hobby” proviene del inglés, y originalmente se refería a un pony o caballo pequeño. Luego pasó a denominar una bicicleta sin pedales, y eventualmente, a nombrar cualquier actividad que se hace por placer. En su acepción moderna, sin embargo, parece arrastrar un leve dejo negativo, como si una actividad que se hace sin fines lucrativos no revistiera importancia.

Dice la psicóloga Inés Olivero: “La frase popular ‘Primero la obligación y después la devoción’ ha calado hondo en nuestra psiquis. Pero disponer de un espacio propio donde explorar talentos desconocidos enriquece nuestra estancia en el mundo. Nos abre a nuevos horizontes e impide que nos cristalicemos en un ‘deber ser’ impuesto”.

¿Es esto más marcado en las mujeres?

“Es así para todos. Pero, en nuestro caso, hemos recibido el mandato de estar al servicio de los demás y posponer nuestro deseo en aras del de nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros padres, y se hace más difícil encontrar ese espacio creativo y propio. Por eso, si logramos romper esos mandatos, se nos puede insinuar un nuevo sentido, un camino hacia el centro del Ser”.

Mariana Dietz puede dar fe. Aunque profesionalmente se dedica a la consultoría de Recursos Humanos, desde hace cinco años encontró un nuevo camino de desarrollo personal en la pintura. “Empecé cuando unas amigas me regalaron para un cumpleaños un set de acrílicos y un lienzo”, cuenta. No hace falta más que mirar alrededor del taller que terminó armándose en su casa para ver ese regalo inaugural devenido en pájaros, árboles, flores, y hasta una imagen abstracta que se permitió pintar este año, la primera, tomando como inspiración un perfil de la ciudad de Nueva York fotografiado por su hermana.

Desde el comienzo supo que su arte no tendría un fin comercial. “No me gustaría incorporar la pintura en una rutina, convertirla en una obligación. No me daría tanto placer vender mis obras como me da regalarlas. Me gusta pensar en la persona que recibirá un cuadro, incluir una frase especial en alguna parte para ella, dedicarlo… Además, para mí la satisfacción está en terminar una obra y estar contenta con cómo quedó.”

Empezó copiando fotografías que le gustaban. Poco a poco, los pinceles cobraron vida propia y las imágenes se fueron volviendo, cada vez más, espejo de lo que hay adentro. “Una de mis obras resultó muy simbólica. Era un momento en el que intentaba virar hacia otro equilibrio en mi vida profesional. Tapicé el lienzo con tarjetas de presentación, cartas de recomendación, toda la parafernalia de la vida que me pesaba, y lo envejecí con una capa de pintura asfáltica. Sobre ese fondo pinté una rama de cerezo en flor, y un benteveo que mira hacia adelante, como avistando el futuro. Lo hice a modo de ofrenda, porque quería agradecer lo que dejaba atrás y no renegar de eso”.

Y aunque comparte con una de sus hijas una clase de dibujo, la pintura es de ella sola. “Es un mundo reservado para mí, un tiempo sin tiempo en el que me siento dueña, porque todo es creación”, resume. Regalo visionario el de aquellas amigas: estímulo e  inspiración sin fecha de vencimiento.
 
Las vocaciones que nos habitan

Hace algunos años, alguien podría haber acusado a Mariana o a Silvina de estar perdiendo el tiempo. Pero el concepto de especialidad ha ido virando hacia otro más afín a nuestros días: la multivocación. Hoy se sabe que todos tenemos un abanico de intereses, y que recorrer más de un sendero no hace más que enriquecer el camino.

En su libro Refuse to Choose! (Rehúsate a elegir), la autora Barbara Scher acuña el término scanner –alguien que escanea– para referirse a las personas que no se sienten cómodas encasillándose en un solo oficio. “El jurado se ha pronunciado: no eres un diletante, no eres frívolo, y se te declara inocente por identidad equivocada. Ahora eres libre de vivir sin condenas y empezar a llevar la vida que siempre has querido”, escribió.

La bloguera Emilie Wapnick, en su sitio Puttylike (“como plastilina”), convoca a otros multipotentialites (“multipotenciales”) como ella, instruyéndolos acerca de cómo manejar su tiempo, sus finanzas y el peso de los juicios ajenos. Así se define o, más bien, se describe: “No me gustan las etiquetas, pero si tuviera que describirme, seguramente apelaría a una combinación de artista, emprendedora, escritora, oradora y coach. También toco algunos instrumentos, asisto a una clase de química, y ocasionalmente diseño sitios web”.
 
Como la tierra fértil

Para Lili Terradas de Feijóo, la vía múltiple llegó sin esfuerzos. Inició su vida laboral como docente. Luego llegaron los cuatro hijos, las clases de Catequesis y otras obligaciones. Pero, así y todo, una nueva vocación tocó a la puerta. Primero fueron cursos de pintura sobre yeso y de cestería botánica. Siguieron, como en procesión, los íconos religiosos (con la técnica del dorado a la hoja), acrílicos con paisajes de ensueño, tejidos con telar mapuche y, ya por estos días, la alfarería indígena.

Cada semana cobran vida entre sus manos figuras misteriosas de ojos achinados, frentes anchas y cuerpos redondos como la Tierra. Ella los investiga, los estudia, los plasma en barro y, junto a un grupo de artesanas, los cuece a cielo abierto. No sorprende que sus amigos la llamen “la Pachamama”: su energía telúrica la acompaña a donde va.

“Para mí esto es mucho más que un pasatiempo. Es una meditación, una plegaria, me llega tanto el resultado material como la vivencia interior que me produce cada pieza”, dice. Como Mariana, disfruta de regalar sus obras. Pero hace poco decidió consignar el significado de su trabajo en tarjetitas que adjunta a cada pieza para rendir tributo a los pueblos que las crearon y a los elementos que las componen. Los destinatarios, más que simples objetos, reciben diálogos.

Otro modo de valorizar sus artesanías fue ponerles un nombre: Pehuma Liwen, que significa “sueños por la mañana”; un guiño a la hora del día que la encuentra despuntando el vicio del barro y de la urdimbre.

Hace poco, durante un viaje a Salta, en el pueblito de Iruya conoció a Sarita, una legendaria tejedora del lugar. La mujer le mostró sus telares y sus lanas de raigambre quechuas, y Liliana le habló del telar mapuche que ella aprendió a usar para crear hilados con volumen. La mujer le preguntó si no se instalaría en el pueblo a enseñarle a ella y otros tejedores esta técnica desconocida. Un extraño círculo extraño parecía cerrarse, tan inesperado como maravilloso.

Si son tan enriquecedoras estas exploraciones, ¿por qué no las abraza todo el mundo? Dice Inés Olivero: “Cada ser humano es único e irrepetible, y esconde en lo profundo de sí un vasto potencial. Pero es necesario tener cierta valentía para incursionar en lo desconocido, en campos que no dominamos, que nos plantean un desafío”.

Lo cierto es que, sin importar la naturaleza de la actividad elegida –artística, intelectual, abstracta o material–, su energía revitaliza la tarea diaria.
Dijo Joseph Campbell, mitólogo y gran conocedor de la psiquis humana: “Debes tener un cuarto, o una hora del día, en que no sepas qué dicen los diarios, ni quienes son tus amigos, ni qué debes o te deben: es simplemente el lugar de la incubación creativa. Al principio puede parecerte que ahí no sucede nada; pero si tienes un lugar sagrado y lo usas, con el tiempo algo sucederá”.
Un cuarto propio. Un tiempo aparte. Y un misterio que comienza.