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El final del año suele funcionar como una especie de acelerador: se cierran proyectos, se ajustan metas y se multiplican los compromisos laborales, sociales y personales. En ese escenario, el estrés sostenido puede transformarse en un cuadro de burnout, un síndrome marcado por el agotamiento físico, emocional y mental.

Para muchas personas, diciembre se vive como una carrera cuesta arriba, con más pendientes que energía disponible. La sensación de no llegar, sumada a balances personales poco amables, alimenta un desgaste que muchas veces se subestima.

El cuerpo avisa antes

La psicóloga Liliana Acuña, de Boreal Salud (M.P. 4.379), advierte que el organismo suele encender las alarmas antes que la mente. “La fatiga física y mental no debe minimizarse. Irritabilidad, falta de energía, insomnio, dolores musculares o digestivos y problemas de concentración son señales de alerta. También aparece desmotivación y una sensación de agotamiento que impide disfrutar de los logros”, señala.

Según Acuña, al cierre del año las demandas laborales se suman a reuniones sociales, expectativas ajenas y pensamientos autocríticos que terminan profundizando el cansancio emocional. “Cuando la persona se exige sin pausas ni espacios de recuperación, se afecta el equilibrio emocional. El cuerpo empieza a mostrar lo que la mente intenta sostener”, agrega.

Por qué se intensifica en diciembre

La sobrecarga suele explicarse por tres capas que se superponen:

  • Tareas laborales acumuladas y plazos que se acortan.
  • Compromisos familiares y sociales.
  • Evaluaciones personales y metas que quedaron a mitad de camino.

El resultado es un clima de tensión sostenida que favorece la pérdida de energía y la irritabilidad.

Diez estrategias para llegar mejor a fin de año

Especialistas consultados recomiendan incorporar hábitos simples que ayudan a bajar el nivel de exigencia y recuperar margen emocional:

  1. Practicar ejercicios de respiración o técnicas breves de relajación.
  2. Ordenar prioridades para evitar abordarlo todo al mismo tiempo.
  3. Sumar actividades cotidianas que resulten placenteras.
  4. Establecer límites saludables frente a compromisos externos.
  5. Apoyarse en vínculos de confianza y pedir ayuda cuando haga falta.
  6. Reemplazar pensamientos rígidos por miradas más realistas.
  7. Consultar a un profesional si el estrés se vuelve persistente.
  8. Sostener rutinas de descanso, movimiento y alimentación equilibrada.
  9. Dormir lo necesario para recuperar energía.
  10. Practicar la autocompasión y moderar la autoexigencia.

Cuidar la salud mental también es un balance

Bajar un cambio no siempre alcanza. También es necesario revisar cómo nos tratamos, qué expectativas cargamos y qué lugar dejamos para el descanso real. Reconocer límites no implica debilidad, sino prevenir que el cansancio cotidiano derive en agotamiento crónico.

La psicoterapia, subrayan los profesionales, puede aportar herramientas para reorganizar prioridades, fortalecer la autoestima y construir estrategias de afrontamiento más saludables, especialmente en una época del año donde la presión suele escalar sin pausa.