Desde hace varios años, muchas empresas de servicio han adoptado la modalidad del 0800 para que la gente consulte o haga denuncias. La otra opción es un teléfono de Capital Federal, que, para los consumidores del “interior”, implica un gasto bastante alto. Recibí la renovación de una tarjeta de crédito y se me exige ingresar su número para activarla.

Llamé tantas veces, que ya no sé cuántas. Nunca logré que una persona me atendiera, solo una máquina, que me da instrucciones. Sigo al pie de la letra lo que me solicita y para mi sorpresa mientras ingreso el número requerido, otra voz, la de una grabación de la Telefónica, me informa que ese “número no corresponde a un abonado en servicio”.

“¡Ya lo sé! ¡Es el de la tarjeta!”, digo, con impotencia, sabiendo que del otro lado nadie escucha. Tengo 64 años y la tecnología moderna no es mi fuerte, como debe sucederles a muchas personas de mi edad o mayores. Los departamentos de Atención al Cliente, ¿podrían considerar la posibilidad de que una persona, real, de carne y hueso y con educación y sentido común remplace a las máquinas para que la comunicación pueda realizarse efectivamente y realmente se logre atender al cliente?