Susana Slednew tiene una sonrisa franca y una conversación pausada y seductora. Visitó El Sol para invitar a nuestros lectores a la presentación de su nuevo poemario, Gramática del viento (El Suri Porfiado), este viernes a las 19 en la Biblioteca San Martín (Avenida San Martín 1843). La acompañará en esta ocasión el poeta Sergio Morán, director de la revista literaria mendocina Futuros eran los de Antes. La entrada es libre y gratuita.
Susana nació en Buenos Aires en 1958, pero vivió en La Pampa durante décadas y, casi finalizando la pandemia, se trasladó a Mendoza. Trabajó como docente, dictó talleres de lectura y escritura, fue también directora de escuela. Ha publicado Los bordes del azar (2017), Lavar la vida (2018), Mapa Oscuro (2019), Porcelana rota (2020), premiada por el FEP, Poéticas del movimiento (2022), obra finalista del premio Inés Manzano, y Gramática del viento (2023), obra finalista del Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero de Ecuador.

Actualmente, Susana Slednew realiza clínicas de poesía presenciales o virtuales para escritores que necesiten acompañamiento en su obra. Además, está participando en la organización del Coloquio de Poesía que en setiembre se realizará en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo y el Espacio Cultural Julio Le Parc.
Conversamos con ella acerca de su nuevo libro de poemas, de cómo llegó a Mendoza y de su trayectoria como docente y poeta.
¿Por qué te viniste a Mendoza?
Bueno, yo nací en provincia en Buenos Aires, me casé con un pampeano y me fui a vivir allá. Hice toda mi carrera docente en La Pampa y me vine a Mendoza porque mis hijas vivían acá. Ahora sólo queda aquí la mayor. Pero yo siempre venía a Mendoza. Tengo muy buenos amigos. Con el tema de la pandemia, ya estaba viuda, no quería estar sola en La Pampa y aproveché y me vine.
¿Qué enseñabas en La Pampa?
Estudié para maestra, enseñé en primaria y secundaria, siempre en la rama de Lengua y Literatura. También trabajé muchos años en el programa Plan de Lectura, una experiencia hermosa, que une al autor y su libro con las escuelas y los chicos. Así, por ejemplo, conocí a Liliana Bodoc, que fue a La Pampa, y a mucha gente muy interesante. Después, rendí concurso y mis últimos años fui directora.

¿Cómo relacionás tu experiencia docente con tu labor de poeta?
Me dediqué mucho a la profesión. Quedé viuda joven y con cuatro hijas; no podía ocuparme más que de trabajar y criarlas. Empecé a decir que escribía y a participar de grupos y del ambiente de escritores ya de grande. Ya tenía cuarenta y largos cuando me dije ‘ahora me voy a dedicar a esto’.
¿Cuándo y cómo empezaste a escribir?
Desde que tengo memoria que escribo. Vivía en una casa, en Coronel Suárez, que éramos muchos, y entonces no era muy posible hablar, todos hablaban. Por eso, para mí, escribir era hablar. Escribía mucho y de todo: diario, historias, de todo. Además, de niña, como soy asmática, me tenía que quedar quieta sí o sí, y eso también hizo que yo encontrara en la escritura el placer de hacer algo sin necesidad de esfuerzo físico ni nada. En mi casa también había una tía que leía mucho, y ella me influyó. Fue entonces una combinación de cosas que me llevaron a escribir poesía. Más grande, cuando ya trabajaba en la escuela, muchas veces escribí para mis alumnos, textos para trabajar distintos temas y formas.

¿Cuándo empezaste a publicar?
Publicar, recién en el 2010 aparecieron poemas míos en una plaquette. Gané una beca del Fondo Nacional de las Artes (FNA) para trabajar con Alicia Genovese, una poeta de muchísima trayectoria e importancia en nuestro país. Ella, recuerdo que se dirigía a todos los que tomábamos el taller con ella como “poetas”, nos decía “poetas”, entonces, yo empecé a pensar que realmente lo era, que yo era poeta. Fue un gran impulso para mí. Incluso, cuando terminamos los encuentros con ella, algunos del grupo seguimos trabajando y fue el medio para leer, participar en encuentros y para nuestra propia producción. Con ese grupo hicimos tres ediciones colectivas de nuestra obra. Cuando por segunda vez pude gozar de una beca del FNA, con Irene Gruss, yo ya sabía que ya no iba a parar, que me iba a dedicar siempre a esto.
Entonces, lo colectivo fue tu impulso, pese a que escribir es una tarea solitaria…
Sí, sí, lo colectivo es muy importante, tiene mucho que ver, y también ellas, me refiero a Alicia y a Irene (que lamentablemente ya falleció). Ellas te transmiten toda su trayectoria, la ponen a disposición y vos te das cuenta si eso es lo tuyo o no. Lo hacen de una forma que no es venir a darte cátedra sobre poesía, sino acompañándote y trabajando entre pares.
¿Seguís en contacto con tus compañeros becarios?
Sí, es una amistad para siempre. Con ese grupo recorrimos la provincia de La Pampa. Incluso nos convocaron de Plan de Lectura, fuimos a las escuelas.
¿Todos eran pampeanos?
Sí. Ese era también el proyecto del FNA, llevar a poetas reconocidos y de gran trayectoria a las provincias a hacer talleres con poetas locales. Sé que hubo grupos en Mendoza y en Córdoba, en la Patagonia. Las poetas eran Alicia Genovese, Irene Gruss, Tamara Kamenszain y otros.
¿Cuándo editaste tu primer libro en solitario? ¿Cómo llegaste a eso?
En el 2017. En general, lo que me pasa es que me moviliza una idea de la que quiero escribir, más una mirada que yo ya tengo sobre las cosas. Por ejemplo, con el primer libro sucedieron dos cosas. Una, que yo pude cambiar un auto muy feo que tenía por uno mejor, y entonces me vine para Mendoza a ver a mis hijas, y la otra es que además yo ya me había mudado, entonces, por eso, los bordes del azar, esta cosa de para dónde voy.
Siempre se dice que para escribir hay que leer mucho, ¿es así con la poesía? ¿Hay que leer poesía para poder escribirla?
Muchísimo. Hay que leer poesía y prosa poética. Para mí ese fue el gran impulso. Yo siempre leí mucho, por la carrera, por la docencia y también por gusto. Por ejemplo, yo había leído algo de Gelman, algo de Pizarnik… pero ahora creo que hay que leer la obra completa. Yo no digo que he leído a alguien si no leo su obra completa. Es la única forma de encontrar la música de esa o ese poeta.
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¿Cuáles son tus maestros o aquellos que considerás como tus antecesores, tu familia poética?
Y mi familia es esta gente que fue a la par y a la vez maestros: Alicia Genovese, Irene Gruss y otras voces que a mí me atravesaron mucho, como Pessoa, por ejemplo, El libro del desasosiego, que me atravesó por completo. Hay muchos, tantos… Si pienso en Norteamérica, Emily Dickinson. En Latinoamérica, César Vallejos. Y todo el tiempo voy conociendo voces nuevas.
El libro que vas a presentar en la Biblioteca San Martín se llama “Gramática del viento”, ¿cuál es la gramática del viento?
Digo gramática porque me interesa la letra. Una curiosidad que viene de la infancia. Y una de las razones es mi apellido, por su escritura, que algunos vinculan al inglés o al alemán. Me puse a investigar un poco en esos sonidos que tienen la lengua rusa y la ucraniana, que son sopladas las letras. Me hizo pensar en eso del viento. Además, en el libro me orienté mucho a la parte anecdotaria del árbol genealógico, a toda la rama familiar que venía de Ucrania.
¿Es tu rama paterna?
Sí, los dos abuelos, los padres de mi papá, vinieron de Rusia, con sus padres, a los doce y catorce años.

¿Se conocieron acá?
Sí. Según me cuenta mi abuela, venían con la idea de encontrar un paisaje similar, una ocupación parecida, ya que tenían que desarraigarse. Formaron comunidades, imaginate que era la primera inmigración. Se fueron a Coronel Suárez, donde cerca hay sierras. Sé que el papá de mi abuelo viajó a Buenos Aires, vino a Argentina, conoció, vio todo y después volvió a buscarlos.
¿Vos compartías mucho tiempo con ellos?
Sí, yo vivía en la casa de mis abuelos, con mis padres y mis dos hermanos. Y los hermanos de mi papá eran cuatro. Yo me crie con ellos, éramos muchos. Y lo que me llamaba la atención es que no hablaban ni el ucraniano ni el ruso. Lo tenían silenciado. Solo nos decían algunas palabras sueltas porque nosotros les pedíamos. Incluso, mi abuelo tenía una hermana, Larisa, en Rusia, y llegaban sus cartas pero ellos se habían deshabituado tanto, habían borrado tanto la lengua, que las llevaban a alguien a traducir.
Eran chicos cuando llegaron y tal vez no querían hablarlo para facilitar la adaptación…
Claro, pero era su lengua materna, tenían 12 y 14 cuando aprendieron el español, ya estaban formados en otra lengua. Aunque les hubieran prohibido el ucraniano, porque cuando Rusia invadía, lo prohibían y tenían que hablar en ruso… Es más, cuando ellos llegaron, en el pasaporte dice “nacionalidad rusa” y los dos eran de Ucrania… yo supongo que con sus padres (los bisabuelos) lo hablaban al idioma.
Todo esto que comentás es el andamiaje de tu libro de poemas.
Bueno, claro, se me ocurrió un poco tratar de reponer todo esto, las anécdotas, y de indagar en el idioma que los abuelos silenciaron. Se me ocurrió poner dentro de los poemas, que me iban saliendo mientras iba investigando, esas palabritas que mi abuela nos iba diciendo cuando le preguntábamos. Las palabras comunes, los saludos, las cotidianas (“gracias”, “por favor”, “sí”, “no”). Pero son creaciones mías porque las incluyo como se pronuncian, como ella las decía. Lo que yo rescaté. Y las fui buscando: cómo se decían en ruso y cómo en ucraniano.
¿Y el lector de tus poemas no tiene traducción, debe comprender por el contexto, como un niño que escucha a su abuelo?
Sí, claro, debe tomarlo y quedarse con lo que le sugiera su oído y el contexto, porque toda la poesía es así, no hay una idea que se debe comprender, se lee desde uno mismo.
¿Cómo reconstruiste todas las anécdotas familiares, solo con tu memoria?
Sí, muchas las recordaba. Además, tengo el árbol genealógico hasta la quinta generación, gracias a que con mi marido decidimos darles ciudadanía europea a nuestras hijas y tuvimos que reconstruirlo. Tengo fotos de algunos, porque cuando con mis hermanos desocupamos la casa de los abuelos, donde vivíamos todos, yo me quedé con todas las fotos.

¿Tus hermanos también te ayudaron a recordar anécdotas?
Sí, claro, investigué por todos lados. Les pregunté qué palabras recordaban que dijera la abuela. Imaginate, yo soy la del medio y la única mujer. Por eso te contaba que no hablaba mucho.
Me imagino lo que debe haber sido el viaje y el proceso de este libro.
Muy intenso. A cada libro uno lo quiere porque representa el momento que estás viviendo, pero este ha concentrado cosas que hace mucho vengo pensando, porque el libro anterior a este, Poéticas en movimiento, ya tiene poemas referidos a la familia.
Lo que me resulta curioso es que las anécdotas las hayas traducido en poemas, uno se imagina que lo más fácil sería la narración…
Sí, es que yo todo lo transfiero a la forma poética, aunque tengo muchas notas, de todo lo que investigué, definiciones, etcétera. Me tomó como 8 meses hacerlo. Hasta que lo mandé a un certamen, porque lo terminé el año pasado, y quedó entre los cinco finalistas. Entonces me dije ‘bueno, parece que está bien, ya tengo que editarlo’.
¿Todo lo escribiste desde Mendoza o volviste a la casa?
No, todo desde acá. Cuando la vivencia es tan fuerte, no hace falta volver, basta con evocar.
Hablando de evocaciones, en algún poema de tu libro previo a este, cuando hablás de tu papá, lo mencionás como un caballo.
Sí, ¿sabés por qué? Porque mi abuelo, el padre de mi papá, era herrero, por eso aparece tanto la figura del caballo. Yo tengo la imagen de muy chiquita de que, en una parte del gran terreno de la casa, mi abuelo tenía la herrería, tenía la fragua, los caballos… yo lo veía cómo herraba. Eso no se te borra nunca. Además, en la época de mi papá, el hombre tenía que ser fuerte, como un caballo.
En “Gramática del viento”, abajo del título aparecen dos palabras en otro idioma, ¿es un subtítulo, una traducción?
No, no es traducción, son las palabras “viento” y “gramática” en ucraniano. También dentro del libro hay palabras en ruso, en latín y algunas, poquitas, palabritas en italiano, que tienen que ver con mi abuela materna, que era italiana y quise incluirla muy breve, fugazmente. Lo que pasa es que la rama paterna es muy fuerte en mí porque yo convivía con ellos. Aunque, por supuesto, la madre tiene más fuerza, ahí está la raíz de la generación. Quizás ahora me ponga a hacer algo con eso, con la rama materna.

En perspectiva, desde tu primer libro hasta este, ¿encontrás vinculaciones, temáticas, un camino trazado?
Sí, creo que con distintos formatos siempre llego a lo mismo, que es el traslado, el movimiento y tiene mucho peso lo familiar y lo generacional. Siempre voy detrás de un tema en cada libro, que me ocupa en ese momento. El primero, Los bordes del azar (2017), ya te lo conté; el segundo, Lavar la vida (2018), fue cuando hubo inundaciones en La Pampa, en torno al agua, las lagunas que se formaban en la ruta. El tercero, Mapa oscuro (2019), surge de unos talleres que fui a dar en la cárcel de adultos y el tema era el encierro y la poesía colándose ahí. El cuarto, Porcelana rota (2020), fue una experiencia feminista muy mía, en la época de las marchas de Ni una menos, que se replicaban en el mundo, la lucha por el aborto legal. Yo siempre creo, sin saberlo, he sido feminista pero no militante, aunque con conciencia. ¿Qué me pasó con ese libro? Creo que netamente está escrito desde la voz femenina. Aprendí a decirme desde lo femenino. No me pasó con los otros, que son más neutros.
¿Tus hijas te acompañaron en ese proceso?
Sí, mis hijas iban a las marchas y toda esa época aprendí mucho. Imaginate, con cuatro hijas muy movilizadas. Incluso me pasó que siempre me quedan poemas que no incluyo en los libros, que quedan ahí, que no cuadran. Había varios de esos que a mí me gustaban mucho, y probé reescribirlos desde esa voz femenina, y así se fue armando Porcelana rota, que tiene un premio del Fondo Editorial Pampeano. Pero, en definitiva, creo que siempre mi constante es el movimiento, que puede ser explícito: me mudo o viajo, o también un movimiento generacional. En este último libro es el viento.

Antes de despedirnos, sé que tenés un proyecto compartido con Rafael Quevedo, en el que ensamblan tu poesía con la trova cubana. ¿De qué se trata?
El año pasado empezamos a trabajar con eso. Es un cruce entre mis poemas y su música. No es un ensamble precisamente, sino un cruce de la obra que ya teníamos. Tenemos ya algo lindo, ya está armado y, ojalá, quién te dice, lo presentemos en algún momento.
Tres poemas de Gramática del viento
Y si acaso la vida es algo así
como una flor
que el viento
deja solo en mi mano,
dame una aritmética de la belleza, vida.
Dame misterio.
.......................
Sí, en el principio fue agradecer,
brotar lo agradecido sobre el material del día.
El "spashíva", sí.
Nuestro principio fue agradecer
porque hubo el pecho ofrendando leche minuciosa.
La gota blanca volcada de un seno hacia otro seno,
acunada de estrellas, la creatura,
mientras el mar anunciaba a sus peregrinajes
otra profundidad.
"Diákushú" decía Petronila,
mientras amamantaba a Teonia
con los senos alumbrados por la tarde,
con la mirada fija en la mirada,
con la leche como un soplo en lo que crece.
Gracias por el coraje blanco, decía María,
la niña que sería mi abuela.
"Diákushú", madre, decía desde el sorbo.
Y son ellos los viejos pechos enterrados,
son mi leche dada, el hambre,
toda mi hambre. Toda esta sed.
...........................
Y si no puedo saber cómo
enfrentaron la mirada oscura del mar
esos míos queridos,
dame gestos e incidentes, vida,
"stij" las brasas
de amor que lo propaguen.
Dame un espejismo igual al que tuvieron.
Dame aquellos lamentos, dame todo perdón,
dame toda miseria.
Y la conciencia profunda,
el profundo, el mismísimo mar, vida.
Dame el mar.
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