“La Tiranía de la igualdad”, un ensayo escrito por el chileno Alex Kaiser critica la postura ética, económica y filosófica de los partidarios del reparto y la redistribución de la riqueza, tesis abonada desde comienzos de los años 50 en Estados Unidos, germinada e impulsada por el movimiento woke y que se ha expandido por todo el mundo.
La idea de este libro –según cuenta el abogado, columnista del diario El Mercurio y director ejecutivo de la Fundación para el Progreso, – comenzó en 2015, durante la primera presidencia (2006-2010) de Michelle Bachelet en Chile. La mandataria planteaba terminar con el sistema de economía social de mercado –que había prevalecido durante décadas, y que llevó a ese país a ser el ejemplo a seguir para reducir la pobreza–, para reemplazarlo por el esquema populista en auge en esa época en casi toda Latinoamérica: el llamado Socialismo del Siglo XXI.
Según opina Kaiser, el discurso igualitario caló tan hondo en el continente –es un tema de discusión entre políticos, filósofos y científicos sociales– que, incluso, les hizo olvidar a los chilenos que en 1973, la pobreza en su país era de 70% y, con las reformas, al finalizar los 90, era de 8%, además de que la movilidad social era tan acelerada como la de Estados Unidos y que el porcentaje de egresados en la primaria, la secundaria y la universidad superaba el de su antiguo competidor: Argentina.
Los datos no pudieron matar el relato de los social warriors (guerreros sociales) y, como consecuencia –sigue diciendo el autor– la intensidad y creciente ideologización hicieron estragos en el otrora envidiado país sudamericano.
“Hay en el corazón humano un gusto depravado por la igualdad, que lleva a los débiles a querer rebajar a los fuertes a su nivel y que conduce a los hombres a preferir la igualdad en la servidumbre a la desigualdad en la libertad.” (Alexis de Tocqueville)
El liberalismo como maldición, el socialismo como salvación
Esta parte comienza con una lapidaria frase del filósofo Friederich Nietzche:
“El socialismo es el fantástico hermano menor del decrépito despotismo, al que pretende suceder. Sus esfuerzos son, por lo tanto, profundamente reaccionarios, pues desea tal poder estatal como sólo el despotismo poseyó. De hecho, va más lejos que cualquier cosa que haya existido en el pasado porque su fin es la aniquilación formal del individuo, al que considera un lujo injustificado que debe ser mejorado por algún órgano útil de la comunidad general. Silenciosamente se prepara, por lo tanto, para el reino del terror y utiliza la palabra ‘justicia’ como un clavo en la cabeza de las masas poco cultivadas, privándolas totalmente de su capacidad de buena conciencia para el juego maligno que han de jugar.”
Kaiser cita a Barack Obama –ex presidente de Estados Unidos–, un conocido partidario de la igualdad material, al recordar que el otrora mandatario afirmara: “Es inmoral y peligroso que haya algunos que vivan mucho mejor que otros y que, por lo tanto, el Estado debe redistribuir la riqueza”.
Cita el autor, también, a Pablo Iglesias –de Los Indignados–, el líder movimiento que, en La Puerta del Sol, España, se expresaba en contra de la corrupción en la administración de Rajoy. Según Alex Kaiser, estos dos personajes, quienes hablan de la inmoralidad de desigualdad, afirman que una sociedad igualitaria siempre será mejor que una desigual: así de simple.
Ante esto, Kaiser refuta: “En primer lugar, cabe preguntarse si acaso es cierto que una sociedad más igualitaria es siempre preferible o más moral que una con mayor desigualdad. ¿Es mejor éticamente una sociedad donde todos sean igualmente pobres a una sociedad donde todos sean desigualmente ricos y a nadie le falte nada? O, para plantearlo de modo menos extremo, ¿es superior una sociedad con mayor igualdad y menor calidad de vida que una con más desigualdad y mayor calidad de vida de la población?”
Y sigue: “Evidentemente, pocos prefieren una sociedad donde todos están peor a una donde todos estamos mejor sólo porque la primera sea más igualitaria. Y, si eso es así, entonces la igualdad no puede ser un bien moral superior. Existen países africanos con mayores niveles de igualdad que Estados Unidos, por ejemplo, y pocos dirían que esas sociedades sean más morales o mejores que la norteamericana porque son más iguales. La igualdad material no es un fin deseable por sí mismo, como cree Obama, la izquierda y parte de la derecha occidental; si lo fuera, entonces sería mejor una sociedad igual donde todos están peor que una sociedad desigual más rica donde todos están mejor”
Para redondear la idea, el autor refiere que el reclamo de igualdad confunde a la gente porque, en realidad, es un reclamo por riqueza. “Evidentemente, todos quieren ser iguales al el tiene más, nadie quiere ser igual al que tiene menos”, dice Kaiser. Por eso –en opinión de algunos psicólogos y politólogos– esta idea de “igualitarismo, distribución de la riqueza, derechos sociales y un sinfín de reclamos”, delata a personas con autoestima baja, rencor y envidia, ya que no han podido por su medios el progreso que ven en otros y, mediante el repetido eslogan de “justicia social”, le exigen al Estado que les quiete a los exitosos para repartir entre “los débiles”.
Y –sigue diciendo Kaiser– como los políticos saben que no pueden igualar hacia arriba, porque los medios son escasos y las necesidades son infinitas, les mienten a sus votantes, prometiéndoles algo imposible porque la riqueza “se crea, no se reparte como si fuera una torta”.
El autor de La tiranía de la igualdad no se cansa de colocar múltiples ejemplos –cuya evidencia empírica es innegable– para refutar la tesis de los socialistas, socialdemócratas e izquierdistas quienes, para lograr su cometido, explotan la envidia de los menos afortunados recurriendo al odio de clases.
Según Kaiser, es exactamente al revés: “Las personas prefieren la desigualdad porque quieren diferenciarse del resto; quieren que su hijo sea el líder y que su hija sea la más linda, la más inteligente (…)”.
Y sigue: “La búsqueda de la superación está en la esencia del ser humano; ningún padre o madre le dirá a su hijo que jugó igual que el resto; al contrario, le manifestará ‘que estuvo genial’, destacando sus cualidades por sobre las de los demás; del mismo modo, tan pronto como pueden, las personas se cambian a mejores barrios, se inscriben en clubes privados o compran marcas que marcan estatus”.
Para reafirmar lo precedente, cita a un sociólogo de izquierda François Dubet, quien termina reconociendo: “Todas las personas preferimos la desigualdad”. Contrapone esta opinión al citar al profesor de Harvard Steven Pinker, experto en psicología evolutiva: “Forma parte de la naturaleza humana el darle prioridad al interés personal y al de la propia familia por encima del de los demás; así es como nuestro cerebro ha evolucionado”. Y coloca el ejemplo de que los padres prefieren gastar su dinero en cosas para el agrado de sus hijos –bicicletas, viajes, educación, etcétera– que ahorrarlo para salvar la vida de otros niños desconocidos que mueren de hambre en África.
“Nadie que puede irse a un mejor barrio se queda en un mal barrio para ser igual que los de ese lugar.”
Kaiser no afirma que los seres humanos no somos solidarios con el prójimo ( sólo hay que observar que, ante las mayores tragedias de la historia, la mayor parte de la humanidad, sobre todo, los más pobres, ayudan para soliviar el sufrimiento ajeno. El autor, por el contrario, afirma que en nuestra naturaleza no está el buscar “la igualdad” con los otros, sino nuestra prosperidad y de la nuestros cercanos: igualdad y solidaridad van por caminos distintos.
Kaiser también se refiere a nuestro ADN, único e irrepetible, para afirmar que todos somos distintos a un nivel personal porque tenemos diversas preferencias, valoraciones, hábitos, costumbres, inteligencias y aspectos físicos, entre infinitos factores, que hacen imposible igualarnos.
El odio al mérito, la envidia al exitoso, el rencor hacia quien triunfa
Dice Alex Kaiser: “Es absurdo pretender igualdad de resultados cuando la naturaleza nos ha hecho a todos tan desiguales, y nuestro entorno, experiencias y cultura refuerzan esa diversidad. Tan fuerte es el poder diferenciador en nuestra especie que incluso entre hermanos las diferencias suelen ser gigantescas. Esto es algo que debiera celebrarse y no condenarse. La gracia de la diversidad humana es, precisamente, que produce personas distintas, es decir, ‘desiguales‘“.
Y sigue: “Para tratar de igualarnos tendríamos, necesariamente, que recurrir a la violencia sistemática para suprimir la manifestación de las diferencias que nos caracterizan; esto es lo que busca el socialismo, por eso condujo inevitablemente a regímenes totalitarios, donde todos estaban en la miseria, salvo los líderes del partido, quienes vivían como príncipes mientras hablaban de igualdad”. Solo hay que recordar que los experimentos del pasado para tal fin terminaron con la vida de más de cien millones de personas.
El autor amplía los ejemplos, para no expresarse en abstracto, y refiere lo siguiente: “Si usted quisiera igualar a todos los jugadores de fútbol para que no haya un Messi, tendría que prohibirle al genio argentino jugar como juega o bien quitarle lo que gana para repartirlo de manera igualitaria entre todos los jugadores de fútbol, con lo cual le impide beneficiarse del ejercicio de su libertad, lo que es lo mismo que arrebatarle su libertad”.
Y agrega: “Si se aplicara esa política redistributiva, los Messi de este mundo en las diversas áreas dejarían de existir, pues no tendrían incentivo alguno para desplegar sus talentos”.
Con respecto a la familia, Kaiser coloca un ejemplo revelador: “Los padres, como hemos visto, naturalmente transfieren a sus hijos todas las ventajas que están a su alcance y, por tanto, si pueden darles mejor educación que otros lo harán. La única manera de evitar que padres con más ingresos beneficien a sus hijos con una mejor educación que los demás sería obligándolos a todos a mandarlos a escuelas estatales igualitarias, como era en la Unión Soviética o Cuba y, además, prohibirles que les enseñen fuera de la escuela”.
Agrega: “Es cierto que, en Europa, los países ricos, en general, tienen sistemas de educación estatal de calidad, aunque también han ido empeorando y, con las olas migratorias, se están produciendo desigualdades antes inexistentes que estos sistemas no pueden resolver. Pero en ellos también existen padres muy adinerados que envían a sus hijos a internados privados que les dan, en muchos casos, ventajas que otros no tienen. El punto en todo caso es que si queremos igualdad de oportunidades ni siquiera sería suficiente obligar a todos a ir a los mismos colegios”.
La imposibilidad de igualar oportunidades
“Es imposible intentar igualar todo eso sin caer en un régimen totalitario. Lo que se puede y debe hacer, ciertamente, es ayudar a los que están peor para que estén mejor, pero eso no es buscar igualdad, sino el progreso de aquellos rezagados, sin importar qué tan bien les esté yendo a los demás. Esta diferencia es esencial, pues no es lo mismo querer que todos estén igual a que todos estén mejor. Lo primero se logra con la fuerza estatal, que suprime la libertad, lo segundo requiere de la libertad, para generar prosperidad, y de apoyos específicos del Estado que pueden o no resultar en mayor igualdad. Pero los igualitaristas insisten en que no importa que todos progresemos porque, si se mantienen las diferencias de ingresos y oportunidades, hay injusticia”, dice Kaiser.
La ficción del interés general
Comienza diciendo Kaiser en esta sección: “Aunque teóricamente es posible igualar hacia arriba, incrementando la riqueza como hace el mercado, en la práctica política, igualar, necesariamente, implica nivelar hacia abajo, es decir, redistribuir la riqueza. ¿Cómo igualaríamos a Bill Gates con el resto de la humanidad si no es quitándole lo que tiene? Es la única forma porque los recursos no dan para que todos tengan lo mismo que el magnate norteamericano, y políticamente es más fácil quitarle a un rico que generar condiciones para que mejore un pobre”.
No obstante el ejemplo, la visión de “expropiar” es la que propone el igualitarista porque no le importa que todos estén mejor, sino que todos sean iguales. Kaiser se refiere a lo que sucede con los costos en la salud privada y/o pública y refiere: “Sólo existe una cierta cantidad de tratamientos completos para enfermedades catastróficas, por ejemplo. Por desgracia, no son infinitos los recursos, lo cual significa que, si hay más personas con una enfermedad grave que recursos disponibles, alguien tendrá que decidir quién recibe el tratamiento y quién no, como sucede en los hospitales estatales. Los recursos son finitos y no existe magia que permita multiplicarlos indefinidamente. Frente a esa realidad, la idea igualitarista implicaría que es mejor que nadie se salve a que se salven sólo algunos, pues esa sería una desigualdad injusta. Como es obvio, esta alternativa igualitaria es, de lejos, la más inmoral”.
Amplía la idea al afirmar que, para aumentar los recursos en una sociedad, también para la salud, debe haber libertad y un ambiente que fomente los incentivos para crearlos. Sobran los ejemplos –agrega Kaier– de productos que, al principio eran sólo alcanzables para el decil más alto de la sociedad: los ricos, pero, al poco tiempo, cuando la producción aumenta, los precios se desmoronan. Celulares, viajes en avión, ropa, relojes, electrodomésticos y un sinfín de bienes y servicios ahora están al alcance de la gran mayoría de la población.
Más adelante, Alex Kaiser cita a Max Weber, padre de la sociología moderna, quien refuta las visiones sociológicas holistas y colectivistas en Economy and Society: “A los fines sociológicos, no existe algo como una personalidad colectiva que actúa. Cuando se hace referencia en el contexto sociológico a un Estado, nación o corporación (…) o colectividades similares, lo referido (…) es sólo cierto tipo de desarrollo de acciones sociales actuales o posibles de personas individuales”.
De esto se desprende que, si Weber tiene razón, entonces “la sociedad no puede tener intereses distintos del de los de sus miembros, y el interés general debe, necesariamente, coincidir con que les interesa a cada uno de los integrantes de la sociedad”.
El autor no se cansa de colocar ejemplos y cita a Thomas Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos y redactor de la Declaración de la Independencia de ese país, cuando expresó esta idea de manera insuperable al sostener que el bien común (public good), se promueve de la mejor manera por el esfuerzo de cada individuo, buscando su propio bien a su propio modo.
De esto se desprende –dice Kaiser– que el “interés general” se garantiza, así, con la protección de los derechos individuales –vida, libertad y propiedad– de todos los miembros de la comunidad, que es lo que permite a cada uno perseguir sus fines.
Esto es lo que, dice Kaiser, los igualitaristas no entienden, razón por la cual le reclaman a un testaferro, el Estado –como portador único del monopolio de la fuerza– que acalle el discurso de quienes piden libertad porque, según aquellos, la sociedad “corre riesgos de desintegrarse” por culpa de quienes reclaman que no se les impongan restricciones a sus opiniones, entre otros recortes.
Dice textualmente Kaiser: “Mientras el poder político imponga restricciones a la actuación de los individuos, más se debilita el proceso dinámico que constituye la esencia de la sociedad”.
El liberalismo y el mercado: ¿demasiado inhumanos?
En contra de lo que podría inferirse, Kaiser no hace solamente responsables a los socialistas de “tenerle miedo a la libertad”, también culpa cierta derecha “tibia” su devoción por el Estado controlador”.
El autor ve que derecha e izquierda coinciden en un clásico espíritu conservador, que ve al mercado como elemento corruptor, “fuente de los más diversos vicios”, y que, en un juego de suma cero, quien gana se lleva todo y, quien pierde, nada consigue.
Afirma Kaiser: “Para ilustrar su argumento de que el mercado es puro egoísmo, intelectuales socialistas y conservadores suelen citar a Adam Smith, padre del liberalismo económico moderno, y su famoso ejemplo del carnicero que no nos da nuestra cena por benevolencia, sino porque espera un beneficio a cambio”.
Y agrega: “Pero resulta que Smith, filósofo moral antes que economista, jamás redujo al ser humano a una pura lógica instrumental ni aun en las transacciones realizadas en el mercado. En su famosa Teoría de los sentimientos morales –escrita antes que La riqueza de las naciones– Smith sostiene: ‘Más allá de qué tan egoísta podamos asumir que es un hombre, evidentemente existen principios en su naturaleza que lo llevan a interesarse por el destino de otros y que le dan una felicidad necesaria para él aunque no extraiga nada de ese destino salvo el placer de contemplarlo'”.
Y cierra: “Según Smith, si bien es cierto que los seres humanos actuamos motivados por nuestro amor e interés propio —selflove— en el mercado, también nos preocupamos por otros de manera desinteresada. Smith explica que la «empatía», es decir, la facultad de ponernos en el lugar del otro, es lo que nos lleva a ayudar a quienes están sufriendo”.
A lo largo de su ensayo, Alex Kaiser, cita a muchísimos pensadores y sus obras, las cuales desgrana, critica, analiza y las sitúa en un marco de referencia en este libro, La tiranía de la igualdad, recomendado para quienes quieren escaparse de la teoría de La Ventana de Overton.
