El espacio es deslumbrante. Quien viva en Buenos Aires o pueda visitarla, ir al Edificio del Correo es un paseo que, sin dudas se disfrutará muchísimo. Antes se llamaba CCK, ahora, Palacio Libertad y fue desde siempre el “Correo Central”, cualquier micro que llegue hasta allí tiene un cartel delante del parabrisas que dice claramente Correo, como para saber dónde bajarse. Antes de entrar, en la plaza, hay una estatua, El cartero, que rinde homenaje a la figura con la típica vestimenta en actitud amable, propia de ese trabajador.
La sala central de la entrada que, en realidad se llama Hall de los buzones, tiene una escultura móvil, La esfera azul, y está compuesta por miles de piezas de acrílico de entre cinco y diez milímetros y cuelgan de hilos de nylon. Se mueven con el aire, brillan, reflejan la luz y claro, deslumbran; provoca sensaciones esa esfera enorme, tiene cuatro metros y medio de diámetro.
La obra fue creada y donada por mendocino Julio Le Parc, y desde 2015 forma parte del Patrimonio Cultural de la Nación Argentina. La generosidad de este palmirano es un orgullo para nuestro terruño.

En febrero, como una manera de celebrar el mes del amor, en el Auditorio Nacional, se presentó un espectáculo delicioso. Tres funciones a tope. Una orquesta, cantantes, una pantalla en la que se proyectaban imágenes de telenovelas icónicas de nuestra televisión, armaron un conjunto que hacía sonreír, tararear y emocionarse en partes iguales al público que lo presenció.
El director, Pablo Citarella, se presentó en el escenario que mostraba algunos objetos que podrían haber formado parte de la escenografía y la utilería de un sinfín de telenovelas: un sofá, un teléfono, un televisor de esos con perillas para cambiar de canal.
La primera canción que empezó a sonar fue la de Rolando Rivas, taxista, mientras se proyectaban fotos de Alberto Migré -su creador- y de Claudio García Satur y Solita Silveyra, sus recordados protagonistas. Las calles de Buenos Aires de los primeros ´70 se fundieron luego con las imágenes de unas vías de tren abandonadas, Soledad Silveyra corriendo mientras sonaba Chopin, la música de Pobre diabla.
Las cantantes continuaron e interpretaron Quereme… tengo frío, la canción que Marilina Ros estrenara en la novela Piel naranja, del año 75. Esa telenovela tuvo una particularidad: terminó con la muerte de los personajes protagónicos, nunca sucedía que una historia de amor no tuviera final feliz, Migré se atrevió a eso.

El recorrido musical pasó por Dos para una mentira, donde los cantantes hicieron una gran versión de la canción de Valeria Lynch que servía de apertura. Vivir enamorado, de Juan Marcelo, era lo que sonaba durante “los besos” de Rolando…
La música de La extraña dama, Una voz en el teléfono, Montecristo, Vulnerables, Gasoleros, Muñeca brava también fueron de la partida sonando en una acústica excelente y con la simpatía en los gestos, en los bailes y sobre todo en la destreza vocal de quienes cantaban. Un ida y vuelta en el tiempo que, además incluyó, con muy buen tino, muchos jingles publicitarios que hacían que el público acompañara y recordara La serenísima, la verdad láctea, Tubby 3 y Tubby 4, bananita Dolca o los alfajores blanco y negro de Bagley, coreado por las mil y pico de personas presentes.
Al salir daba ganas de armar una playlist para volver a vivir esas historias, aunque sea, desde el recuerdo musicalizado.
En este link, se encontrará toda la actividad del Palacio Libertad. https://palaciolibertad.gob.ar/
