Semanalmente, buscamos compartir con los lectores una producción de alguno de los tantos y tan talentosos creadores de Mendoza. Muchos de nuestros escritores de todos los tiempos son reconocidos en todo el país y en el mundo. En esta tierra han germinado las magníficas obras de Antonio Di Benedetto, Rodolfo Braceli, Liliana Bodoc, Armando Tejada Gómez, Juan Draghi Lucero, Alfonso Solá González, Patricia Rodón, Jorge E. Ramponi, Alfredo Bufano, Cecilia Pavón, –entre otros tantos poetas y narradores– que pueblan el paisaje literario de nuestra región.
Como lectores, tenemos mucho por descubrir en las páginas de los hacedores mendocinos. Autores todavía inéditos y desconocidos tienen quizás pocos espacios de difusión para sus textos. Sus historias están allí, esperando encontrarse con sus destinatarios. Por eso, invitamos a leer los relatos escritos por nuestra gente, escritos que son espejo de nuestra particular identidad.
En estos tres relatos (“Canarite”, “Nemosina Niger” y “Zato”), que forman parte de un bestiario inédito, titulado Arca, la descripción de las criaturas desnuda una metáfora de lo humano, sus condición y sus acciones. Las semblanzas configuran una galería de comportamientos. Apoyado sobre la estructura de un género clásico, y de gran tradición en Latinoamérica y Argentina, puesto que ha sido cultivado por grandes autores de la región, Gustavo, con gran destreza y oficio, nos enfrenta a espejos en los que reconocemos rostros familiares tanto de nuestra humanidad como de nuestra animalidad.

Sobre el autor
Gustavo Zonana es doctor en Letras, profesor de la cátedra Literatura Argentina II (Siglo XX) en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo y decano de esa casa de estudios. Se especializa en poesía argentina contemporánea y ha sido editor de la obra poética de Alfonso Sola González y Daniel Devoto. Publicó en las revistas Hablar de poesía (Buenos Aires); Fénix. Poesía; crítica (Córdoba) y Gramma (Buenos Aires). Ha sido jurado en el Certamen “Vendimia” de poesía. Obtuvo, también, el primer premio del Primer Certamen Anual de Ensayo: “La literatura argentina de los últimos cincuenta años”, organizado por la Subsecretaría de Cultura del Gobierno de Mendoza, con el ensayo “Agonía de la palabra. Ricardo Herrera y las poéticas argentinas de las últimas décadas”. Sus obras en co-autoría con Gabriela Frannino: Álvaro, Ignacio, Inés, Clara, Andrés, Rosario, Tomás, Mercedes, Agustina y Diego. Entre sus publicaciones: Libros: Síndrome (El Andamio, 2016), Series (El Andamio, 2017). Ha plantado un árbol.
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“Canarite“
No deben confundirse el canarito (originario de las Canarias; verbi gratia “me pareció ver un lindo canarito”, “ay, cómo canta tu canarito”), con el canarite (serinus canaria pampeanus; canarite ñe’e en guaraní o, como se dice en estos pagos, escupeasado de las pampas). En realidad, sería imposible hacerlo, ya que mientras el primero puede residir feliz y holgadamente en una jaula doméstica, el segundo es bien salvaje y alcanza las dimensiones de un cóndor o, mejor, de un buitre. Hay además diferencia en el interior de la especie según su localización: el plumaje del canarite de la pampa húmeda es de un beisesito así, mientras que el de la pampa seca, es gris tierra.
Como otras desagradables especies animales, el canarite es ventajero. En esto se parece al cuclillo. No solo ocupa nidos ajenos y expulsa los huevos legítimamente depositados allí, para empollar los suyos. Además, roba el alimento almacenado por sus vecinos, ocupa la mejor rama del árbol ya escogida por otro, se emperifolla con plumas de otras especies para conseguir pareja, cambia de comunidad para su mejor supervivencia, por mencionar solo algunos hábitos singulares. Como buen calculador, sabe por instinto cómo aprovechar las oportunidades. Es, si vale la analogía, el Maquiavelo del reino de las aves.
Por falta de predadores, el canarite es plaga en el sur del continente. Las aves que conviven con él han desarrollado también algunas habilidades para resistir sus embates: quedarse modositos nomás o superarlo en sus estrategias (aunque esta segunda opción tenga, a la larga, sus inconvenientes para la vida en comunidad).
“Nemosina niger“
En las aguas más profundas de la memoria o del hígado, de acuerdo con la biblioteca hermética, habita el nemosina niger. A veces sube al corazón, luego vuelve a sumergirse. Necesita la oscuridad. Se parece a una anguila de piel viscosa. Es versátil, ágil, implacable. Se desplaza en círculos. Arma su nido con retazos de recuerdos (ofensas y humillaciones principalmente) y allí deposita sus huevos, vigilante. A través de las edades, la especie ha desarrollado una enorme habilidad para el almacenamiento. Ni un detalle, ni el más insignificante, pasará desapercibido para el nemosina.
El nemosina perdona momentáneamente, pero no olvida. Sabe cuándo atacar y cómo puede herir mortalmente a su adversario golpeando allí donde más duele, con un solo pase de factura.
“Zato“
Sinuosamente, con el sigilo de los fantasmas en los atardeceres interminables de verano, el zato ingresa en tu vida sin dónde ni porqué.
Elige. Su decisión, milenaria, es inapelable. Te das cuenta al principio por un ruidito, apenas perceptible, que suena abajo. Tiene la gentileza de mirarte y te seduce con ojos de necesidad. No te engañes, es solo una estratagema para quedarse. Luego vendrán el agua y el alimento. Pensarás que es solo por unos días. El zato ha conquistado tu casa, vencedor. Ya instalado, comenzará a tratarte como súbdito, con el desprecio y el capricho natural de los monarcas.
Camina y marca su territorio. Viene y va sin pedir permiso ni dar cuentas. Encuentra su lugar y se arrebuja con parsimonia real. Se lame, obsesivamente, las manos. En las tardes otoñales, si por una ventana ingresa un rayo de sol tibio, se acomoda inmutable y vuelto hacia sí mismo como una gárgola viviente y sedosa, empolla, el tiempo que sea necesario, una idea.
Por pago a tu hospitalidad traerá, eventualmente, un óbolo de sus juegos implacables: un ratón o las plumas de una tórtola desprevenida. Si está a su gusto, se acomodará sobre tus faldas con un zurreo constante, como de motorcito caliente.
El zato no muere. Sinuosamente, con el sigilo de los fantasmas en los atardeceres cortos de invierno, se va, justo cuando empezabas a gozar de su compañía.
