Juan López por Marcelo Marchese.

El calor no afloja en febrero, parece aumentar a la par de la inflación. Anticipándonos al Carnaval, refresquemos el cuerpo y la mente con agua, con poesía, con la mejor compañía: el talento de los autores mendocinos.

Te proponemos un recorrido por escritos mágicos “hechos en Mendoza” y un encuentro con gente que apuesta por el maravilloso arte de la palabra.

Poesía de lo mínimo infinito

Juan López nació en Mendoza. Es licenciado en Letras y docente. Es corrector, editor y periodista. Dirige la colección Literaturas de la Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo (Ediunc).

Para publicar sus primeros poemas, fundó el sello Ediciones Simples, en el que divulgó la trilogía Poemas (1999), Ciclos Vitales (2001) y Mirá (2005).  Luego vinieron Arañas (Carbónico, 2009), Notas de agosto y otros poemasAntología (Luna Roja, 2011), La palabra taxi y otros textos (El Andamio, 2013), Siete poemas (2014), Flechas, con ilustraciones de Marcelo Marchese (2015), Co(n)razón (Ananga Ranga, 2018), Carcome (Grito Manso, 2020) y, finalmente, Las cosas hablan. Textos reunidos, 1999-2022 (2023), una antología de varios de sus poemarios que, además, incluye un libro inédito en papel Puro presente (2023). Algunos de sus poemas han sido traducidos al portugués, alemán, inglés, francés y griego.

A fines de los noventa y principios del 2000, Juan fue profesor de Lengua y Literatura en la Penitenciaría Provincial de Mendoza. Sobre esta etapa escribió una serie de textos que tituló Crónicas carcelarias y artículos de opinión aparecidos en la prensa mendocina.

A principios de 2008, fue invitado por el músico Sergio Embrioni a escribir el guión del proyecto del director teatral Walter Neira, para el concurso Fiesta Central Vendimia 2009 “Cosecha de esperanza”.

Sus poemas

Dos poesías del libro Mirá (2005):

Breve texto didáctico

No sé si conocés a Martín Fierro
te explico
era un personaje que huía de la ley
es decir un ser digno
con defectos como tenemos todos
pero el hombre además pensaba
sacaba conclusiones
tejía moralejas en el desierto
basado en sus muchas penurias y pocos aciertos
y amaba a su mujer y tenía hijos
y tuvo un amigo que desertó
porque entendió
un día entendió
ya sabés entonces que la vida es un sobresalto
y un tiempo para reflexionar
aunque al regresar encontrés todo quemado
sospecho que su maestro fue el silencio
.

Mirá

Mirá si no llegan a tiempo esos mensajes
y tu objetivo no se cumple
como afanosamente habías planificado
mirá si tu maestro se muere justo en ese momento
en que lo necesitabas como el agua
mirá si el viento arruina tu nuevo desorden
y deja todo en su lugar
mirá si mirás por fin a los ojos
a esa persona que te ama

y aprendés de una vez a mirarla
mirá si triunfa finalmente tu imaginación
y cierran todas las oficinas de reclamos
mirá si vuelve a llover odio

y volvés a decir que por algo será
mirá si todos los pájaros de esta mañana
llaman a tu puerta
y vos como si nada.

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Un arte poética de su libro La palabra taxi y otros textos (El andamio, San Juan, 2013):

Poética

a Teny Alós

Mis palabras no son mías

las tomo prestadas o las robo

las arranco

a mi madre al que va caminando

a los muertos

mis palabras no hablan de mí

ellas traen mensajes de otros mundos

otras guerras

otra felicidad

ellas a veces se resisten y a veces se dejan llevar

a veces huyen por su propio bien

mis palabras no son mías

como este fragmento de tierra que me sostiene

como aquellas nubes que se pierden

la mano que se acaba de soltar de mi mano

y se aleja sin más

mis palabras no son mías

o tal vez un poco sí

quién lo sabe

qué importa

las dejo aquí

para que alguien más las tome

las cuide

las ame

Portada de la obra reunidos en el volumen Las cosas hablan, 2023.

Una de sus Crónicas carcelarias (2000):

Pedro en libertad

A las 9 y media de la noche, en el trabajo, suena el celular. Es Pedro. Acaba de salir de la
cárcel, después de tres años. Me llama porque quedamos que cuando saliera nos íbamos a reunir.
De paso, me dice que no tiene ni para el colectivo. Es de noche y Pedro recuperó su libertad al mediodía. Su familia –madre y hermanos– lo fue a buscar. Me llama desde el centro porque salió a caminar. Está cerca de mi trabajo y le digo que se venga.

Lo invito a comer algo. Pasamos por un quiosco y compramos tarjetas de colectivo. Terminamos en un «pizza libre». Tomamos cerveza y nos comemos una pizza y media entre los dos, menos una porción, que nos pide un pibe que pasa. Justo la de cebolla que quedaba. «Yo también he hecho eso, mangar comida en la calle», dice Pedro cuando el chico se aleja con su porción.

Pedro me cuenta su vida. Desde los 14 años que vive en la calle. Con su hermano, al que llama «el finadito», porque murió, vivían en la calle y robaban. Eran muy unidos. Dormían bajo un banco de la plaza San Martín. «En invierno nos despertábamos retemprano, congelados, y nos agarrábamos a las patadas para calentarnos», cuenta, y larga una carcajada nerviosa. Pedro tiene los ojos vidriosos. «Salíamos a buscar algo, desayunábamos y andábamos todo el día por ahí».
Me muestra ahora su cédula de libertad. El papel dice que estuvo preso tres años y pico y que ha cumplido la condena por robo agravado. Ha robado, dice, por lo menos cuarenta negocios del centro. Ya estuvo preso antes de esta condena de tres años. Fueron otros tres, con dos de intervalo. “Como un sánguche en el que las tapas de pan son el presidio y el fiambre es la libertad”, describe.
Pedro está muy ansioso y me dice que es muy reservado, que no cuenta sus cosas, pero poco a poco se va confesando. Pierde la timidez, el respeto (me trata de usted, aunque le pida varias veces que me tutee) y va sacando cosas afuera. «Tiene 27 años y ha pasado 6 en cárceles», pienso y me digo mientras lo escucho.
«Debo haber caminado como 20 kilómetros, no puedo parar, no lo puedo creer. Imagínese, tres años en una celda de dos por tres con tres o cuatro vagos más». Y sigue: «Mi familia es hermosa, son evangelistas, somos ocho hermanos, contando al finadito. Mis hermanas estudian. Son buena gente. Los únicos que salimos así somos yo y el finadito». Cuando le pregunto por su padre, me dice que murió en 1990, de un infarto.

Pedro tiene dos hijas y quiere verlas. Viven con la madre en un barrio marginal de la ciudad de Mendoza. No quiere ir allí porque tiene miedo de que haya problemas. Las va a mandar a buscar con alguien de la familia. La más chica tiene 3 años y Pedro habla sobre todo de ella. La más grande tiene 12 y en una visita a la cárcel le reprochó que su madre estaba viviendo con otro hombre y le dio a entender que no la perdona.
Pedro tiene un pequeño «revire», él mismo lo dice. Es decir, es hiperquinético y «medio loco». Es cualquier cosa menos un tipo sereno. Cuenta algunas de las cosas terribles que ha vivido y se ríe casi todo el tiempo, como queriendo aminorar o negar el dolor que le producen. Mientras habla, retuerce una y otra vez su gorra roja de beisbolista.

Le pregunto por qué se fue de la casa cuando tenía 14 años y no me sabe decir. Reconoce que le va a costar comenzar una nueva vida, sin delinquir, pero está muy entusiasmado con dejar todo eso. Después me acompaña a la parada del micro y me dice: «Bueno, yo me iría». Nos saludamos y Pedro se acomoda la gorra, cruza la calle y se aleja. Da pasos largos.

De su libro Poemas, el número 46:

un poema es un orden nuevo
mínimo
fugaz
muchas veces inútil
un poema es un alambrado cortado
para que alguien corra libre
hasta el próximo
alambrado

Podés encontrar mucho más sobre Juan López en su sitio oficial: www.juanlopeztextos.com.ar

y en el blog “Payador incorrecto”