En los pasillos de un importante organismo estatal hay una historia que circula con fuerza por estos días y que se convirtió en charla obligada: un profesional decidió acogerse al retiro voluntario y se iría con un beneficio del 120%, lo que se traduciría en una indemnización más que generosa.

Hasta ahí, podría ser simplemente un caso de un empleado público que decide cerrar una etapa laboral con un excelente acuerdo. El detalle está en la historia previa.

Según relatan quienes lo conocen, desde hace al menos 15 años el profesional tiene una particular manera de cumplir con su jornada laboral: llega a la sede del organismo provincial, marca el ingreso y, poco después, se retira rumbo a su estudio privado.

La vuelta, dicen, es idéntica: regresa cerca del horario de salida para volver a marcar y se va. Una rutina que sobrevivió a distintas gestiones y cambios de autoridades.

De hecho, la historia cuenta que hace varios años hubo un intento de ponerle punto final a esa situación por las irregularidades que se le atribuían. Pero, finalmente, el profesional consiguió sortear la amenaza y permanecer en su puesto.

Un verdadero chancho enjabonado: se escapaba de todas.

Ahí aparece otro ingrediente que todavía genera intriga: ¿quién lo bancaba? Porque puertas adentro nunca quedó claro quién fue el padrino que lo protegió cada vez que estuvo al borde del abismo.

Lo cierto es que en poco tiempo, el profesional ya no tendrá que preocuparse por las sospechas ni por marcar su salida. Se irá en silencio, con un retiro voluntario y dorado.

No va más. Y la banca, esta vez, tendrá que pagar.