Foto: Gemini

No sé jugar al ajedrez. Sólo jugué una vez, siendo chica, 9 o 10 años, porque a mi primo le habían regalado uno y entonces íbamos leyendo de a poco cómo se movía cada pieza y jugamos un partido. Como objeto, siempre me resultaron encantadores los caballitos, las torres, los peones…uno de los pocos juegos en los que la figura femenina, la reina, tiene más poder que el rey. Me acuerdo que ya en ese momento me había llamado la atención.

 Lo que pasa es que el ajedrez, además de fichas y tablero, tiene espíritu. Aún sin saber jugar, más allá de las tácticas, las diferentes aperturas o de si el oponente sorprendió con un gambito -que quiere decir sacrificar un peón al principio de la partida- podemos reconocer misterio en ese juego milenario.

La literatura pasa por arriba de todo y avanza. Las piezas y sus movimientos denotan una personalidad, El alfil mira de reojo en su camino, mientras los caballos galopan en L, dos casillas adelante, una al costado. “Ámbito en que se odian dos colores”, decía Borges en su poema. Y  juega con que el tablero representa los blancos días y las negras noches y el jugador, al mover, gobierna el destino de esos personajes.

Cuando un peón logra llegar hasta el otro lado del tablero, significa que supo soportar embates y peligros y, con estrategia, llega a la coronación, es como tener otra reina. Es lograr el triunfo a fuerza de tesón, de saber resistir. Que la fragilidad del movimiento mínimo, el más sacrificado, el camino que lleva más tiempo porque va uno a uno, siempre hacia adelante y en línea recta, se vaya convirtiendo en  fortaleza.  Ese peón termina por llegar a ser el personaje que puede ir en cualquier sentido, de a un casillero o de a muchos. Quizá esa posición frágil y las pocas posibilidades hagan que el deseo, las ansias lleven a buscar caminos nuevos, mejores. Claro que no todos los peones logran llegar al final del tablero, y no es cuestión de pensar que les faltó voluntad, quizá la mano que los movió no tuvo destreza suficiente o, si hubiesen sido barriletes, no llegaron más alto porque les faltó piolín.

Fragilidad, algo que se rompe fácilmente, algo que no resiste. Pero cuando hablamos de  nenes chiquitos que parecen tan frágiles, también decimos de ellos que son de goma, que se caen y no se rompen. A veces también pensamos que los ancianos son extremadamente débiles. Sin embargo, la experiencia muchas veces muestra otra cosa. Los seres humanos, de todas las edades tenemos un impulso vital que va más allá de las dificultades del camino que nos toque. Quizá nosotros, peones, en algunos casos podamos llegar al final del tablero. A lo mejor no. Tal vez  dependa de pericia de quién nos mueva, si es que hay alguien que nos maneja como piezas de ajedrez. El poema de Borges termina diciendo “Qué dios detrás de dios/ La trama empieza”.

Seguramente en la madera, o en el marfil, o en el ébano, o en el modesto plástico que compone a las piezas como material, haya algo que trasciende la mano del jugador, prisionero de otra mano y que también, tiene algo más que su cuerpo, tiene su deseo, su voluntad y sus ansias inquebrantables. En esos casos hace falta mucho más que estrategia para poner a alguien en jaque. En mi caso, si me dieran a elegir qué pieza ser, aun sin saber jugar, siempre querría ser peón, hasta el final del tablero.