¿Con qué si no es con más trabajo, salarios justos y un acceso decente a la salud y a una educación de calidad se logra combatir la pobreza? No hay que ser un especialista ni un gran académico para que cualquier persona común, independientemente de su formación e instrucción, concuerde con que, sin la existencia y cumplimiento a lo largo de una buena cantidad de años y del funcionamiento regular, además de armónico, de tales factores básicos, es muy difícil conseguir un estado de realización general para la comunidad. Sin planificación, sin una economía estable, sin un Estado que dé previsibilidad y tranquilidad a las personas que lo conforman se alcanzan resultados como los que ha dado a conocer el INDEC este jueves con los abominables datos sobre la pobreza en el país.

En primer lugar, es el Gobierno nacional el primer responsable de una situación actual que devela la degradación de la vida en la Argentina para millones de sus ciudadanos y de fracaso casi absoluto en el manejo de la crisis, marcada por la recesión y la inflación desbocada.

Hay algo más decepcionante y desesperanzador: 39,2 por ciento, el nuevo dato de la pobreza, ya es antiguo y sólo deja ver, como si fuera una foto, lo que ocurrió en parte del año pasado, en un ejercicio en donde la inflación por poco se mantuvo debajo de 100 por ciento.

Este año, con el crecimiento de los precios de los alimentos, particularmente, y una proyección que puede superar los tres dígitos de inflación, claramente se puede coincidir en que la situación es peor.

En tres años, la gestión del kirchnerismo no logró torcer el rumbo de la herencia de la que siempre se quejó de recibir. No frenó la pobreza, sino que la agravó, aun pese a ese impresionante incremento de la asistencia social en planes, en cantidad de beneficiarios de programas con ingresos de miseria diseminados en las organizaciones afines que sólo han mitigado el drama.

En diciembre del 2019, la administración Macri, con razón castigada en las urnas y desalojada del poder por el voto mayoritario de los argentinos, dejaba un nivel de pobres del orden de 35,5 por ciento, casi cuatro puntos por debajo del actual.

El Gobierno provincial es el segundo responsable de un fracaso generalizado que interpela a todos. Lo es en un nivel inferior, se entiende, pero tampoco puede permanecer impávido frente a la desvencijada y descontrolada macroeconomía argentina. Tiene mucho por hacer todavía y, ya se sabe, por inseguridades y alguna que otra falta de decisión firme en algún que otro nuevo rumbo económico necesario que requiere Mendoza, la situación por estas latitudes es un poco más acuciante que en el promedio del país.

El Gran Mendoza sigue mostrando niveles superiores de pobreza a los que refleja San Juan, según el INDEC, en un contexto regional en donde San Luis es el que peores números está reflejando, con 45,2 por ciento de su población pobre; Mendoza, con 41,7 por ciento, y San Juan, lejos de ambos, aunque con poco para festejar tampoco, con 33,2 por ciento.

El último trabajo de opinión política, intención de voto, imagen de los dirigentes y estado de ánimo, conocido pocas horas antes de que el INDEC anunciara el nuevo porcentaje de pobres en el país, confirma la degradación de la situación y las preocupaciones de la sociedad. El informe de Martha Reale, de Reale Dalla Torre, realizado en los últimos días en el Gran Mendoza con la incorporación de San Martín y San Rafael, da cuenta de que la inflación marcha arriba de todas las menciones que inquietan, con el 90 por ciento. La inflación, claramente, es la que explica el aumento de la pobreza en dos puntos más del último registro conocido; la fábrica de pobres más eficaz que se conozca. Le sigue la inseguridad con 49 por ciento; la educación con 40 por ciento; el empleo de 37,8 por ciento; la corrupción, 30,7; la salud, 30; los ingresos insuficientes, 20,5 y la vivienda con 20,4 por ciento.

Pero es necesario elevar la mirada, salir del fracaso actual de los gobiernos y remitirnos a 40 años atrás, cuanto menos, para entender el fenómeno de la pobreza y de todo un proceso marcado por el estancamiento, más allá de los breves lapsos de tiempo en los que se avanzó y en los muchos en que se retrocedió.

En el año en el que el país celebra los 40 años de democracia, la dirigencia tiene que cuestionarse de manera descarnada todo lo que no hizo por diferentes razones para no honrar la democracia; o mejor dicho; cuánto de todo lo que hizo para deshonrarla. La democracia logró consolidarse y dejar atrás los años oscuros de las asonadas militares con la complicidad de buena parte de la civilidad, es cierto. Y no logró, pese a las promesas, todas vacuas, superficiales e irresponsables, idear un camino de inserción del país en el mundo con un sistema de organización y gestión de su economía y de todos sus aspectos fiscales al menos similares a los de los países centrales. Por el contrario, se hundió en la demagogia, en el facilismo y en el populismo berreta, pernicioso, borracho de un relato cínico, además de hipócrita, como el de los últimos tiempos. Y si algo perdió la Argentina que se recuerda con nostalgia, es ser reconocida en el mundo entero por contar con un estado propicio para la movilidad social ascendente que le permitía al pobre salir de esa situación y, a la clase media, avanzar, planificar y soñar con que los hijos de tales personas tuviesen un futuro mucho mejor del presente digno que se tenía.

Con un presente en el que se supervive sin rumbo y se sufre un Estado gobernado con marcada ineficiencia y falta de conocimiento, lo que viene es más que propicio y oportuno para volver a barajar, dar de nuevo y evitar esa recurrente manía de caer en los errores colectivos.