La última tragedia de enredos que mostró este fin de semana el Gobierno nacional terminó con una denuncia con fuentes anónimas y la eyección de un ministro sospechado de ventilar una situación que debería investigarse. Una salida que refuerza a su vez la grieta en el oficialismo y deja a oscuras una potencial irregularidad en una licitación pública. Lejos de aclarar, oscurecen.

Podría ser una comedia donde unos dicen una cosa y otros, otras y se plantea la confusión, pero no, puesto que quienes están en el escenario son aquellos que conducen este país y tienen altas responsabilidades. Sucede incluso a las pocas horas donde los involucrados tratan de dar gestos de unidad en medio de su pulseada interna. El ejercicio de la lapicera supone, entre otras cosas, cierta racionalidad y responsabilidad en el uso del poder. Pero lo único destacable en todo esto es que permite saber que hay concursos que pueden ser amañados para beneficiar a ciertas empresas. Habrá que ver qué responde la Justicia ante ello.

Cuando entre fantasmas que se pisan la sábana, quedan al descubierto las miserías políticas que empobrecen a una gestión y, más aún, a la sociedad que espera soluciones concretas en medio de una crisis energética que pone en aprietos a todos.