Los números de la pobreza en la provincia preocupan. No importa si responden a la lógica de un país en crisis. Tal vez es el momento de focalizar en el pago chico, de ver el  contexto local y analizar la realidad con los ojos y las perspectivas de los mendocinos.

Hay una salida. O, al menos, hay un camino para intentarlo. Pero, para eso, hace falta recuperar una dimensión política que Mendoza perdió hace tiempo. Se trata de contar con instituciones que, más allá de lo simbólico, formen parte de un plan a largo plazo; que no esquiven el bulto; que no se amparen en falsos postulados de casta y que estén dispuestas a tener protagonismo. 

La democracia implica el saludable juego de tensiones entre oficialismo y oposición. Tienen que ser fuerzas maduras, capaces de construir, incluso, a partir de sus diferencias; deben tener un objetivo en común y, a partir de eso, discutir los mejores modelos para conseguirlo. Mendoza es rehén de la especulación política  permanente. El ejemplo más claro ocurrió cuando se discutió el futuro de la actividad minera. En menos de 48 horas, hubo quienes cambiaron de posición por el solo  hecho de apostar por la demagogia y sacar algún rédito. Allí también se debatía el futuro de la provincia. Era un tema que podía cambiar la matriz productiva y, por lo tanto, la generación de riquezas.

Es contrafáctico, dos años después, saber qué hubiese ocurrido. Pero está claro que cuando hubo que defender la institucionalidad y las decisiones políticas avaladas en  la Legislatura, algunos apostaron por fogonear los incidentes. Es la muestra de la falta de compromiso y de carácter. Quizá, también por eso, la pobreza sigue creciendo.