Desde fines de los `90 en la calle dejó de ser Carlos Menem. Era “Méndez” a secas, porque su nombre real era símbolo de mala suerte y ominosidad. Durante esos años “pocos” lo votaban, pero igual ganó tres veces en las urnas. Porque en el cuarto oscuro, donde sólo ingresaban el votante y su consciencia, siempre (o casi siempre) era el más elegido.
“Yo no lo voté” fue un latiguillo de aquellos años turbulentos. Del uno a uno, de la estabilidad económica, de la pizza y el champagne, de la Ferrari y los Rolling Stones. De los indultos, la corrupción, de las frases insólitas, del cohete estratosférico a Japón. Del todo pasa y no pasa nada.
Pero vaya si pasaron cosas en esos años de poder absoluto del “innombrable” que, paradójicamente, de tan mencionado por todos le puso su nombre a la década. Porque los 90 fueron, son y serán la década menemista.
Populista y pragmático al mismo tiempo, fue un político de raza. Con un estilo campechano, largas patillas y acento riojano, el caudillo de Anillaco llegó a la Casa Rosada enarbolando las banderas del PJ. Pero su gobierno tuvo 0% de peronismo y 100% de menemismo.
Líder carismático y seductor, Menem tenía un discurso popular pero acciones liberales. Sin justicia social ni el combate al capital, su gestión fue todo lo contrario: Estado ausente y mercado desregulado.
¿Por qué si nadie lo elegía, igual ganaba? Fue el más votado en 1989, después de vencer al aparato del PJ en las internas y cuando la hiperinflación dominaba el país. Fue reelecto en 1995, tras acordar con Raúl Alfonsín la reforma constitucional y cuando esa ficción llamada convertibilidad era tan real como peligrosa. Y también triunfó en 2003, tras la explosión social y cuando uno de cada cuatro votantes puso su boleta en la urna.
“La segunda vuelta será un paso formal, nada más. Vamos a ganar rotundamente”, prometió Menem. Como otras tantas veces en su vida política, no hubo correlación entre los dichos y los hechos. Ni siquiera se presentó en el balotaje, consciente de que esta vez la gran mayoría de los argentinos sí haría en el cuarto oscuro lo que enunciaba públicamente: “Yo no lo voté”.

La respuesta a aquella pregunta la dio el filósofo Juan Pablo Feinmann en una nota publicada en Página 12 el 19 de abril de 2003, tras la primera vuelta electoral que lo dejó como ganador con el 24,45% de los votos.
“Menem es un político que participa de lo espectacular y lo secreto. Que es un político del espectáculo, de la farandulización de la política y hasta de la existencia no hace falta demostrarlo. ¿Por qué es, además, secreto? Menem es un político que es votado en las sombras y no votado en el ámbito de la enunciación. El votante menemista tiene vedada la enunciación. No confiesa su acto. Lo comete y no lo dice. Vota a Menem en el ‘cuarto oscuro’, en las sombras, y no confiesa ese acto. Menem es su vicio secreto. Es como la masturbación. El votante menemista se encierra, se masturba y luego silencio y culpa. ‘Yo no lo voté. ¿Vos lo votaste? Yo tampoco’. Menem es el político más y menos votado de la Argentina. Nadie lo vota, pero gana. No es un misterio. Ocurre que Menem forma parte del imaginario inconfesable de los argentinos, y ese imaginario no sale en las encuestas. De aquí la imprevisibilidad del factor Menem. Lo no dicho no forma parte de las encuestas, esos ejercicios de lo explícito, de la palabra dicha, de lo enunciativo”, escribió Feinmann.
Era la época del “que se vayan todos”. Sin embargo Menem, como otras tantas veces en su trayectoria política, sobrevivió. Pero no pudo escapar al sinónimo de mufa. ¿Cuándo se convirtió en “Méndez” para no mencionar su apellido capicúa? ¿Cuál fue el momento en que pasó a ser todopoderoso a víctima de burlas y de gestos reprochables?
Todavía se recuerda que en 2005 cuando juró como senador nacional y el entonces presidente Néstor Kirchner se tocó su entrepierna con su mano derecha y a un escritorio de madera con su izquierda. Justamente el patagónico, que gozó de las mieles del menemismo cuando comenzaba a tejer su poder en Santa Cruz.
La bonanza económica de su primera gestión quedó bajo la sombra de la corrupción, frivolidad y farandulización de la política. Quedó marcado y si bien no alcanzó el sueño de su tercer mandato presidencial, cada tanto su nombre aparecía en las boletas riojanas.
Se podría decir que su ocaso político llegó en 2007, cuando intentó ser gobernador de La Rioja por cuarta vez y terminó tercero. Se resguardó entonces en el Congreso, donde como senador nacional obtuvo los fueros para mantener alejada a la Justicia. Así durante más de 15 años, desde 2005 hasta su muerte.
