Solange fue el límite. Quizá no haya un antes y un después. Tal vez no provoque ningún cambio social. O sí. Pero su caso; su historia y la de su padre; lo que pasó con ellos dos rompió cualquier umbral de tolerancia. Lo que les ocurrió fue inmoral, indigno. De eso no hay regreso. Básicamente, porque nadie vuelve de la muerte. Y Solange murió.

Definitivamente, nadie sabe cuál será el destino del país. El presente es malo, está claro. Y el pasado no fue mucho mejor. El problema es el camino que se está transitando.

Es inimaginable la escena de un hombre desesperado, rogándole a polícías que le dejen ver a su hija que estaba muriendo de cáncer. Qué tan bajo puede caer una persona para no comprender que ahí no había ley ni cuarentena ni ocho cuartos que cumplir. Ahí había que apelar a la sensibilidad; a la piedad para entender semejante tragedia.

Qué tan poca empatía hay que tener con esa chica que sabía que se estaba yendo. Quería ver a su papá. A su papá. Darle un abrazo. Dejar de tener miedo a la muerte y a la enfermedad sólo por unos segundos.

La cuarentena, la más larga de todas, no arregló absolutamente nada. Los enfermos se cuentan de a miles y los muertos de a cientos, en una carrera ficticia contra un mundo que no se cansa de desmentir a un grupo de científicos que hicieron de todo menos ciencia. Cierren todo, prohíban todo, detengan a todos. Proscriban absolutamente todo. Y ni se te ocurra angustiarte. Con un poco de suerte, lavaremos nuestras culpas con desgracias ajenas. ¿Perdiste el trabajo? A llorar a la llorería. Acá todos pierden. Menos los que siempre ganan. Más que ciencia, se parece mucho al fanatismo político.

Se desató una búsqueda implacable de culpables. Los que querían salir a correr; los que querían volver a clases; los que querían abrazar a sus abuelos; los que querían comer con sus amigos. Todos, culpables por querer ser. Simplemente, por querer ser.

El problema ya no es cuarentena en sí. El problema es un chico de 17 años asesinado por una bala policial. El problema son los niños que tienen pánico a jugar en una plaza. El problema son las empresas fundidas y las escuelas cerradas. El problema es la pobreza. Pero, sobre todo, es la falta de humanidad para comprender que había una chica esperando un abrazo que nunca llegó. Que no le dejaron tener.