Es el desprecio por el espacio público. Es el desapego a las reglas y a las normas de convivencia. No importa si hubo dolo o no. La intención es lo de menos. Tiene que ver con la actitud; con saber que cualquier cosa puede desatar un incendio en una zona particularmente árida y con un pronóstico que indicaba una inminente llegada de viento Zonda.
Las llamas no fueron casuales. Esa costumbre de desafiar de manera permanente los límites; de no respetarlos y de poner reglas de juego propias, que afectan directamente a los demás.
No es un problema particular de Mendoza. Es una característica argentina basada en la distorsión de los conceptos de transgresión y rebeldía.
Ahí está el verdadero foco del incendio. Comenzó antes de que se formaran las llamas. Se prendió cuando uno o varios imprudentes entendieron que las indicaciones para evitar incendios forestales no eran para ellos.
El Cerro Arco es víctima desde hace tiempo. Basta con subir hasta su cumbre para encontrar residuos de todo tipo. Paquetes de galletitas, bolsas, botellas de plástico, colillas de cigarrillos. La cima se anticipa con un hedor a basura, putrefacto, que indica que quedan apenas unos metros hasta el cartelito indicador que ha sido protagonista de miles de fotos. Atrás de esas imágenes en las redes sociales hay kilos y kilos de deshechos.
Sucede lo mismo en alta montaña. El mendocino no quiere a su provincia. No la cuida. La usa como un gran cesto para dejar allí sus desperdicios. De aquel eslogan de la “ciudad más limpia del país”, no queda nada.
No hay empatía social. Y, de ese modo, se le abren las puertas a leyes “garrotes” como único medio de buscar algo de disciplina.

Después, será cuestión de analizar si las decisiones tomadas por los funcionarios responsables de conformar el Comité de Crisis fueron las acertadas.
Habrá diferentes hipótesis. Algunos dirán que la prioridad era salvaguardar la vida de los brigadistas y por eso no se tomaron medidas más osadas el viernes por la noche. Otros dirán que estaban las condiciones dadas para sofocar las llamas y no arriesgarse a las consecuencias del Zonda.
En el medio, apareció el oportunismo para politizar y buscar responsables (tal vez los haya) en medio del caos. No importa si hay pruebas. La idea es buscar el eco mediático y alguna repercusión. Nunca colaborar. Solamente hacer ruido. Nafta al fuego.
