Todo comenzó cuando, en una Navidad hace una década, Katrina Kenison, periodista y editora de la prestigiosa colección “The best American Short Stories”, decidió escribir una carta a sus parientes en lugar de mandar la tarjeta de rigor con la foto familiar. En esa carta volcó algo de que venía escribiendo para ella misma desde hacía años: reflexiones sobre los desafíos y las recompensas de su vida como madre, y sobre todo, su esfuerzo constante por no olvidarse de prestar la debida atención a cada momento, a cada día. 

La reacción fue tan impresionante -las cartas circularon y pronto le escribían perfectos desconocidos pidiéndole que los incluyera en la carta del año siguiente- que a Katrina, madre de Henry y Jack, por entonces de 6 y 9 años, se le ocurrió volcar sus meditaciones en un libro. Pudo hacerlo porque en ese momento trabajaba editando al antología de cuentos desde su casa, donde además se ocupaba de los quehaceres domésticos y de cada detalle de las vida de sus niños. 

El libro se llamó “Mitten Strings for God. Reflections for Mothers in a Hurry” (Cordones de mitones para Dios. Reflexiones para madres apuradas”). La frase del título viene de algo que dijo su hijo Henry cuando el cordón que estaba tejiendo para sus mitones de lana le salió demasiado largo. En este libro Katrina piensa, siente, medita y aconseja. Cuenta cómo fue que decidieron sacar la televisión de la casa, y asegura: “Cuando la televisión se apaga, la vida comienza”. Cuenta su lucha por no ceder a los pedidos de sus hijos de juguetes y cosas innecesarias, y resume una idea que es casi un rezo: “En este momento, tengo todo lo que necesito. Cuando honro los regalos de la vida con mis hijos, les enseño lo que es la abundancia y fortalezco su fe de que sus propias necesidades serán satisfechas.” Cuenta también de aquella vez en que su hijo la sacó tanto de quicio que ella le dio una cachetada, y de cuánto se arrepintió, y de cómo lo reparó. 

El libro también tuvo una gran repercusión: madres de todas partes de pronto se sentían menos solas, y se inspiraban en las ideas y en los propósitos que se plantea la autora. Diez años más tarde Henry y Jack partían para la universidad, como suelen hacer los jóvenes norteamericanos, y Katrina volcaba en un segundo libro su vivencia del famoso “nido vacío”. Titulado “The Gift of an Ordinary Day” (“El regalo de un día como todos”) este segundo libro es, también, un compendio de gracias en el que la autora recuerda lo importante e intenta preservarlo de lo trivial. En esta nota, recorre las vivencias que inspiraron ambos libros con SOPHIA. 

¿Por qué crees que nos cuesta tanto a las madres dedicar tiempo a simplemente estar con nuestros hijos, sin programar ninguna actividad?

Nuestra cultura está tan orientada hacia el “hacer” que es fácil sentir que siquiera estamos vivas si no estamos ocupadas. Y gran parte de ese “ocuparnos” está motivado por el miedo. Miedo de no haber logrado lo suficiente, de que nuestros chicos no estén aprendiendo todo lo que deben, que de alguna manera no estemos atrasando si no estamos moviéndonos constantemente. Entonces nos concentramos en la competencia y el logro, en vez de dar lugar a que las cosas se desplieguen solas. Es difícil cambiar de velocidad, acomodarse a un ritmo más lento, decir que no a eventos a los que todos se están matando por asistir. Pero es un alivio poder parar. Y nuestros hijos necesitan ese tiempo libre, tiempo en el cual soñar despiertos, o aburrirse y encontrar solos algo para hacer. Tiempo para desarrollar una vida interior tanto como una exterior. 

¿Cuál es tu idea de lo que suelen llamar “tiempo de calidad”? ¿Alcanza ese tiempo para compensar el hecho de pasar muchas horas fuera de casa? 

Yo creo que el tiempo de calidad es cualquier rato en el que podemos dar nuestra atención completa a un ser querido: puede ser mientras estamos manejando en el auto si estamos escuchando música, charlando, conectándonos. La presencia física no necesariamente implica tiempo de calidad. Estar mandando mensajes de texto durante la cena, o mirando la pantalla de la computadora mientras tu hijo te tironea del brazo, o charlando por celular mientras empujás el cochecito de tu bebé… nos engañamos si pensamos que eso es tiempo de calidad. Hay tantas distracciones. Pero por un rato cada día, nos compete darles la espalda a las distracciones y ofrecer nuestra completa y concentrada atención en aquellos que amamos. Conozco a una mamá que literalmente se pone el timer de la cocina para delimitar una hora de juego sin distracciones con su hija. A ella le funciona, y se ha dado cuenta de que una hora de su atención total y completa es suficiente para su nena, alcanza para colmarla. Y es tanto mejor que un día entero de atención a medias. 

Con la nueva cultura de la crianza, es cada vez más común que las madres sientan culpa de ponerle límites a sus hijos. ¿Esto fue un problema para vos? 

Los límites y las reglas siempre son un desafío, pero es nuestro trabajo establecerlos y luego obligarnos, a nosotros y a ellos, a cumplirlos. El respeto es una parte importante de este problema, de ambos lados, especialmente cuando las expectativas cambian a medida que nuestros hijos crecen y piden más independencia. Pero realmente creo que nuestros hijos se sienten más tranquilos y relajados cuando se dan cuenta de que hay contención y reglas claras que no se pueden transgredir, pautas que se espera que cumplan, y consecuencias si no lo hacen. Aprender que cada acción tiene una consecuencia es una parte esencial del crecimiento, y cuanto más temprano se incorpora esta noción, más auto-control tienen nuestros hijos. 

¿La maternidad te ha resultado una aventura a nivel espiritual? ¿Te llevó a explorar más profundamente tus creencias o prácticas espirituales?

Absolutamente. Comenzó, creo, con el tremendo sentimiento de responsabilidad por estas dos vidas que mi marido y yo habíamos traído al mundo. Y también con la conciencia de que una parte tan importante del proceso no estaba en nuestras manos. Nuestros chicos llegan a nosotros con temperamentos, dones, desafíos y destinos. Entonces la pregunta es: ¿cómo ayudamos a fomentar y alimentar lo que es mejor en ellos? ¿Cómo honramos quienes son, y al mismo tiempo encarnamos en nuestras propias vidas los valores que son esenciales para su crecimiento y para que lleguen a ser ciudadanos honrados? Es un trabajo sagrado, y siento que sólo puedo ofrecerles a mis hijos cualidades que he desarrollado en mí misma: gratitud, fe, compasión, servicio. Así que ocuparme de mi propia vida espiritual ha sido una parte esencial de la maternidad. 

¿Te resultó un desafío aceptar las personalidades individuales de tus hijos? ¿Te costó aceptar sus elecciones cuando eran muy diferentes a las tuyas? 

Mis hijos son tan diferentes uno del otro como pueden serlo dos jóvenes, cada uno con sus propios talentos y dificultades. Al darnos cuenta de que lo que era bueno para uno no lo era necesariamente para el otro, aprendimos a ser flexibles. Dejar un poco de lado mis propios deseos e inclinaciones, y seguir lo que ellos mostraban, manteniéndome firme a la vez con ciertos valores y expectativas, ha sido una danza complicada por momentos. Me exigió prestar atención, y pensar seriamente qué es lo que cada niño necesitaba en cada momento para crecer y madurar. Saber cuándo empujar, cuándo ceder, cuándo ser firme, cuándo aflojar, todo esto es una cuestión de intuición y atención. Es increíble todo lo que podemos saber sobre lo que necesitan nuestros hijos si nos tomamos el tiempo de conectar con ellos realmente y honramos la relación como una prioridad importante. Por supuesto, cometí errores, todos lo hacemos. Pero creo que mis hijos crecieron sabiéndose amados y apreciados por quienes son. Y también que, al fin y al cabo, lo que hagan de sus vidas depende de ellos. 

¿Te resultó difícil mantener su relación romántica con tu marido en los años de crianza?

Compartimos un objetivo común que era nuestra vida familiar. No siempre parecía romántico, pero para los dos fue inmensamente satisfactorio: éramos parte de una misión conjunta. Y ahora, resulta, hay bastante tiempo para el romance. 

¿Fue arduo el síndrome del nido vacío? 

Es una transición enorme. Extraño tener a todos en casa bajo un mismo techo. Extraño esa sensación de propósito y claridad que tenía cada día respecto de qué debía hacer y dónde debía estar. Extraño tener a todos alrededor de la mesa. Y, sin embargo, sé que nuestros hijos están haciendo exactamente lo que deben hacer: crecer. Y sé que mi trabajo ahora es servirles de inspiración creando una vida rica y llena para mí misma. Debo decir que estoy entusiasmada con todas las posibilidades. Me encantó leer las respuestas de tantas mujeres que leyeron mi último libro, y darme cuenta de que no estoy sola. Todas pasamos por esta transición inmensa, y luego tenemos la oportunidad de escribir un segundo capítulo, de reinventarnos una vez que nuestros hijos se van de casa. Podemos darnos aliento unas a las otras, inspirarnos y apoyarnos, a la vez que creamos nuevas relaciones adultas con nuestros hijos. 

¿Cuál dirías que fue la mayor recompensa y el mayor desafío de tu maternidad? 

Ver a nuestros hijos crecer es maravilloso y doloroso al mismo tiempo. El crecimiento y la pérdida son dos facetas inseparables en los años de la adolescencia, y cada paso hacia la independencia nos acerca al momento en que nuestros hijos realmente crecerán y se irán de casa. Esto es a la vez un logro y un desafío. Podemos tratar de estar todo el tiempo tan ocupadas que no nos detenemos para experimentar las emociones poderosas que son parte de esta gran transición. O podemos abrirnos a esos sentimientos, que a veces son complicados y hasta sobrecogedores. Lo que yo sabía con certeza era que no quería mirar atrás a la adolescencia de mis hijos y sentir que de alguna forma me la había perdido por estar distraída con cosas que a la larga no tenían importancia. Pero prestar atención significaba experimentar todos esos sentimientos, incluyendo la pena por las cosas que se terminaban, la aceptación de cosas que no me sentía lista para aceptar. Quizás ninguna madre se sienta lista.

Lo más difícil de todo fue darme cuenta de que, por más que amemos a nuestros hijos, realmente no podemos protegerlos del dolor, ni asegurar que siempre tomen la decisión correcta, ni resguardarlos del peligro. Mi hijo menor tuvo dificultades en la secundaria, y hubo momentos en que me sentí inútil. Quería allanarle el camino pero no podía. Lo único que podía hacer era seguir hablando con él, mantener el diálogo abierto aún cuando era bien difícil, seguir diciéndole que confiaba en él, que lo amaba y que sabía que todo saldría bien.

Durante algunos de los momentos más difíciles, me hubiera encantado saber que habría paz del otro lado, y también un cierto alivio, cuando los chicos finalmente se vuelven conscientes de que son responsables por sus vidas. Hoy en día, es maravilloso saber que mis dos hijos se sienten plenos, felices, que están haciendo exactamente lo que tienen que hacer. Y saber también que mi rol ya no es cuidar que respeten su agenda ni organizar sus días, sino sólo alentarlos desde la tribuna, y decirles lo orgullosa que estoy de los jóvenes en los que se han convertido. Sin lugar a dudas, ésa es la recompensa. 

Para saber más: www.katrinakenison.com