Los animales que son las víctimas de la industria moderna de la carne llevan una existencia miserable en oscuros establos de crianza en masa, en espacios estrechísimos. Por miedo y agresión se mutilan mutuamente. Los cerdos se muerden unos a otros, las aves se sacan las plumas unas a otras y se picotean hasta sangrar; las gallinas ponedoras vegetan en jaulas del tamaño de un folio. A los animales se les exige condiciones de vida que los hacen realmente enloquecer, lo que demanda la aplicación constante de psicofármacos y antibióticos. Un tercio de las víctimas enferma de todos modos y muere ya en el corral. A los animales que no comemos, los sometemos a torturas especiales en los laboratorios. Se los enferma para probar medicamentos; se los opera, trasplanta y amputa, se les inyecta veneno o se atraviesan sus cráneos y cerebros con varillas metálicas.

      Por medio de tales torturas se retuercen sufriendo calambres durante horas y días. Anualmente se exterminan 300 millones de animales en todo el mundo por medio de experimentos. Y para no dejar de lado ningún aspecto de la vida animal, sólo en Europa hay más de 7 millones de cazadores, por lo que millones de animales que viven en libertad en los bosques y campos son asesinados con trampas o con disparos que los traspasan dolorosamente, haciéndoles sufrir terriblemente durante horas.