Hace dos años, la vida de Ana Laura Funes-Vila (38) dio un vuelco. Un vuelco casi literal: sufrió un choque terrible en la Panamericana que dejó a su auto con destrucción total, y a su alma dada vuelta del susto, presa de una repentina sensación de enorme vulnerabilidad. “Fue en esos días, justamente, que me llegó por mail la invitación a unirme a un círculo de mujeres. Conocía a quien lo convocaba, una madre del colegio de mis hijos, y había leído tiempo atrás “Mujeres que corren con los lobos”, de Clarissa Pinkola Estés, un texto que me había intrigado mucho, así que fui. Se convirtió rápido en un lugar de pertenencia y de mucho cambio para mí”, dice hoy Ana Laura, quien no sólo continúa asistiendo a ese grupo mensual hasta la fecha, sino que fundó uno propio, que se reúne cada jueves por la mañana en un rincón apartado de su casa.

“Yo tenía una vida espiritual bien establecida, pero estaba en la búsqueda de lo femenino profundo. Tengo una abuela de origen guaraní a quien admiro, una mujer que hace medicina con las plantas, muy sabia. Y me había acercado a la Comunidad de Cristianos, donde tuve el gusto de conocer sacerdotes mujeres que me mostraron una forma de lo femenino desconocida para mí…. eran buenos ejemplos, pero creo que había llegado el momento en que necesitaba explorar esa dimensión en mí misma”.

El primer círculo sentó la tónica para Ana. Inspiradas por el libro “El millonésimo círculo. Cómo transformarnos a nosotras mismas y al mundo”, de Jean Shinoda Bolen, las participantes pactaron algunas reglas para comenzar: todo lo que se decía en el círculo permanecería en el círculo, hablarían siempre de a una, sin juzgar ni interrumpirse, y de ser posible se ceñirían a un único tema por encuentro. “Fue muy fluido desde el comienzo. Nos presentamos contándonos nuestras historias, y comenzamos nomás. Le fuimos dando forma entre todas; el círculo es un forma muy democrática y horizontal, la energía no está en la conductora sino en el grupo.”

El objetivo de Shinoda Bolen, psiquiatra y analista junguiana nacida en Estados Unidos, autora del libro que dio impulso a tanto encuentro, es ciertamente ambicioso: que los círculos de mujeres basados en una visión espiritual ayuden a acelerar el cambio de paradigma hacia una era post-patriarcal. A la psiquiatra le gusta señalar que fueron pequeños grupos de mujeres los que gestaron la campaña por el sufragio femenino allá por 1920, y pequeños grupos de mujeres los que dieron vuelo al movimiento feminista en la década del 70. Ahora, sostiene, pequeños grupos de mujeres decididas a apoyarse mutuamente podrán encontrar la fuerza para obrar la transformación que resta.

¿Qué temas surgen en los grupos? Dice Ana Laura: “De todo! Entre las mujeres la confianza se instala rápidamente y los temas salen solos. Aparecen dolores, secretos, y también alegrías que necesitamos compartir. En el grupo hay madres solteras, hay mujeres grandes, historias muy diversas. En general abrimos el círculo con una frase, un poema, o con la oración de San Francisco de Asís. A veces también sahumando con mirra y plantas sagradas. Después alguna abre la charla, y vamos encontrando el tema del día”, cuenta Ana. “En el círculo que funciona en mi casa con amigas y vecinas, hay un clima de mucha intimidad. Designé un espacio arriba, apartado de la circulación de la casa. Si mis hijas no fueron al colegio (es de mañana) saben que no pueden interrumpir. A veces fantaseamos con envejecer juntas y que el círculo no se termine. Claro que entonces vamos a tener que hacerlo abajo, porque no vamos a poder subir las escaleras…”. bromea. 

¿En qué reside la magia del círculo, y en qué se diferencia de un simple encuentro de amigas o un grupo de autoayuda?

Graciela Caprarulo, master en teología, especialista en la obra del mitólogo Joseph Campbell y directora del Centro de Estudios Míticos y Arquetípicos, considera que el círculo es, ni más ni menos, la forma que toma en las mujeres “el viaje del héroe”, como designó Campbell al camino del crecimiento individual descripto en casi todas las mitologías del mundo. “Así como el viaje del hombre es más bien lineal, una de las cualidades fundamentales en el viaje de la mujer es justamente la ciclicidad, la circularidad del tiempo. Las mujeres llevamos un recordatorio de esa ciclicidad en nuestro propio cuerpo, a través del ciclo menstrual, que nos dice que todo nace y todo muere, y que esa muerte engendra nueva vida. Incipit vita nova, la vida comienza de nuevo.”

“La otra característica de este viaje es que es eminentemente vincular. La mujer crea relaciones, comunidades y círculos. En las culturas arcaicas y tribales las mujeres realizan todas las tareas, cultivan la tierra, tejen, hacen artesanías, cocinan, lavan. Pueden hacer todo esto porque las abuelas de la tribu cuidan y educan a los niños; les enseñan los oficios y los mitos, los monitorean todo el día. Estas culturas funcionan en base al círculo. El destino individual juega un papel importante pero dentro del marco de la comunidad.”

¿Y para los los hombres? “El hombre, sobre todo el hombre moderno, se siente algo amenazado por la intensidad y la intimidad del círculo -responde-; las mujeres lo experimentamos con mucha naturalidad.”

¿Es posible recuperar ese sentido de comunidad entre mujeres que apenas se conocen y cuyas vidas quizás ni siquiera se parezcan?

Si alguien puede dar fe de ello es Olga Weyne, historiadora del Conicet y fundadora de la Red Luna Venus, un espacio que desde el 2001 ha albergado a decenas de grupos de mujeres que se cruzan, se superponen y confluyen en una forma de trabajo y de encuentro. Dice Olga: “Son espacios en los que emerge naturalmente la solidaridad femenina, la posibilidad de convivir con mujeres de diferentes edades y contextos culturales, la diversidad. Es un vínculo que incluye pero va más allá de la amistad”.

¿Qué les ha aportado la pertenencia a estos círculos a Olga misma y a las demás coordinadoras?

“Como fundadoras y a la vez integrantes conspicuas de esta experiencia, nos ha aportado cambios decisivos en nuestra vincularidad, cambios de creencias, en el sentido de gozar de una mayor libertad, fuerza y autoestima. No hablamos de pertenencia sino de participación. No somos necesariamente amigas, en el sentido tradicional del término. Muchas ni siquiera conocen la casa de otras, aunque se arman por supuesto mini-grupos dentro de los diferentes círculos. Sentimos que el trabajo es renovador, para nada es un grupo de consuelo o de mujeres que se reúnen para charlas cotidianas. Hacemos trabajos de reflexión, usando textos motivadores, convocamos a seminarios o rituales en los que trabajamos con mitos y arquetipos de la femineidad, nos comprometemos con trabajos sociales…”

En lugar del círculo, Olga prefiere hablar de “el espiral, la cualidad envolvente cíclica”. “El círculo cerrado nos deja repetitivas y monótonas, y pueden volverse asfixiantes; prefiero la forma de la serpentina enrollándose y abriéndose”. Tanto es así, que en los grupos coordinados por Weyne y sus colegas hay una “ley de vagabundeo” que da permiso a toda integrante a entrar y salir a gusto de cada círculo. “De esa manera, además, todas podemos tomarnos vacaciones y descansos, y el círculo continúa”, dice Olga. 

Un círculo de “lobas”, como se bautizaron en honor al libro fundador, preparan un mandala en conjunto.

Los círculos nacieron en Capital pero se extendieron por varias ciudades del interior, y hasta llegaron a Santiago de Chile. “Una de las tareas de base de nuestra red es formar líderes de círculos femeninos, con cordinaciones no personales (siempre de a dos), con la idea de resignificar el arquetipo patriarcal totémico. El trabajo con la resignificación de viejos mitos y arquetipos es una de nuestras “tecnologías de punta””, asegura Olga.

¿Por qué prendió tanto en estos círculos la imagen de la mujer salvaje o primitiva, representada por Pinkola Estés en la figura de la loba? Quizás la mejor respuesta se encuentre en el mismo texto de la autora estadounidense (con raíces latinas), que además de reunir cuentos ancestrales rescata a ese arquetipo como una fuente de inspiración para la mujer moderna: “Una mujer sana se parece mucho a una loba: robusta, colmada, tan poderosa como la fuerza vital, dadora de vida, consciente de su propio territorio, ingeniosa, leal, en constante movimiento”.

Pero no sólo de ideas y arquetipos se nutren los círculos: los hay también que rescatan antiguas artes femeninas como el tejido, el bordado, los libros y álbums de recuerdos artesanales, los encuentros de canto y de danzas. En particular las “danzas sagradas”, también llamadas meditativas, o circulares. 

En plena ciudad, a metros de una avenida bulliente de tráfico, una suave música griega empieza a hamacar el ambiente. Las mujeres se toman de las manos y comienzan a trazar círculos en el espacio. Parecen estar danzando sobre las huellas de sus antepasadas, aunque al rato la música que sonará será celta, y luego rusa, y luego armenia. La mayoría nunca había bailado en su vida, pero poco importa: aprenden los pasos en pocos minutos y empiezan a girar. Se guían unas a otras, deslizándose a un mismo ritmo en una dirección, en la otra, confluyendo en el centro con los brazos en alto.

Ana María Piacenza participa en estas danzas desde hace años. Las conoció cuando vivía en Córdoba y desde que se mudó a Buenos Airse no paró hasta encontrar con quién retomar la actividad. “Se me abre el corazón danzando, me dejo fluir y es como una meditación en acción. Es un estado de gran conexión conmigo misma.” “Por momentos una pierde noción de dónde termina el cuerpo de una y empieza el de las demás”, agrega una compañera.

Muchas de ellas visten largas polleras, y no parece casual. Marta de Luca, integrante del grupo y profesora de danzas folclóricas, lo explica así: “Es muy importante sentirse en contacto con la Pachamama, recibir esas energías de la tierra. En mis clases ni siquiera dejo que se pongan una pollera sobre el pantalón; hasta suelo llevar un bolso con polleras para las que se olvidan. Hay que bailar como lo hacen las collas, que saben de estas energías. En el altiplano hay muchas danzas que son exclusivas de mujeres. Hay una, que se baila en carnaval, en el día de las comadres, en el que las mujeres salen por las calles a bailar, cantar y divertirse, y los hombres las esperan en las casas, cocinando. Claro que los hombres también tienen su día…”, ríe.

En quietud o en movimiento, de a grupos pequeños o numerosos, las mujeres reclaman para sí un espacio perdido u olvidado. Como todo lo que nace guiado por alma femenina, no habrá que esperar resultados lineales ni prolijos. Pero sí fecundos.