Empezaron hace 15 años, eran 50 madres preocupadas de verdad por la realidad que las iba rodeando con amenaza de asfixia. De alguna manera, se dijeron, tenían que proteger a sus hijos y a los otros chicos del barrio Juan XXIII, en Santiago del Estero. “Empezamos solas y por necesidad”, cuentan. Hoy son muchas más, tienen un taller de costura en el que trabajan 22 personas y una cooperativa que construye módulos habitacionales. Entrenan, además, a un grupo de jóvenes que forman una cooperativa de limpieza y trabajan para hospitales y entidades públicas. Desde que existen, evitaron que muchos chicos cayeran en el abismo de las adicciones. Y a otros, que habían sucumbido, los rescataron. Uno de aquellos chicos, relatan con legítimo orgullo, había abandonado la escuela y las esperanzas. Ellas lo reinsertaron en la educación, el año pasado se recibió de secretario administrativo y ahora es el supervisor en la construcción de los módulos habitacionales. No se le caen anillos a la hora de servirles a la comida a chicos rescatados como él, se casó y ya es padre. Se trata de un caso, sólo uno, entre los muchos de los que pueden dar cuenta esas mujeres que conforman la Asociación Madres Unidas del Pacará.

También en Santiago, esta vez en Añatuya (los pagos de Homero Manzi), otro conjunto de mujeres se unió para mejorar un poquito el mundo. Son las 7 voluntarias de Grávida, un grupo que atiende a madres embarazadas en situaciones de riesgo. Madres que atraviesan circunstancias graves en aspectos psicosociales, habitacionales, económicos o de salud (incluso con peligro de aborto). El grupo de Añatuya es uno de los tres, con marco diocesano, que con el mismo nombre existen en la provincia. Como las Madres Unidas del Pacará, estas mujeres crearon una cooperativa textil, “Mamitas en acción”, en donde trabajan hoy 12 de las madres que recibieron su apoyo. En simultáneo se desarrollan programas como “Cuidando al bebé desde la panza” y talleres de prevención y de educación. “La Virgen de Guadalupe nos bendice, nos asiste y nos protege”, dicen estas empecinadas hacedoras, quizás hasta con exceso de modestia. La Virgen las bendice, en todo caso, porque ellas empezaron.

Hay más mujeres en acción bajo el llameante sol santiagueño. En Loreto, sobre la mítica ruta 9 que lleva a Córdoba (esa que con mis padres y mi hermano transitábamos cada verano, cuando partíamos desde La Banda hacia las vacaciones serranas), Las Teleras de Taquetúyoj mantienen vivos y activos sus telares. Allí tejen con creatividad propia y conocimientos heredados de generaciones y generaciones de antecesoras laboriosas. Sus tejidos cuentan historias, reproducen visiones de la Naturaleza, rescatan leyendas. Y ganan premios, como el que les otorgó este año el Fondo Nacional de las Artes, en el Concurso Nacional de Artesanías. Desde su rinconcito loretano se han hecho un lugar en el mundo. Es que de otros países y otros continentes vienen buscadores de sus obras.

Mientras unas tejen, otras sostienen a madres en ciernes y otras rescatan vidas en donde manos siniestras siembran muerte, hay mujeres santiagueñas que encienden intensas luces en la oscuridad. Algunas de ellas lo hacen desde hace 50 años, cuando fundaron lo que parecía un empeño tan idealista como imposible, y otras son las que se fueron sumando a la empresa que, finalmente, se convirtió en la Escuela Especial de Ciegos. Empezaron sin local, sin experiencia, sin recursos, pero con la conciencia de que se proponían algo necesario, y con voluntad de sentido. Atravesaron difíciles vicisitudes, algunas de ellas teñidas por el manejo oportunista de ciertos políticos, pero hoy la escuela existe, es abierta, cubre todos los niveles educativos (con modalidades adaptadas a la necesidad de sus alumnos) y hasta desarrolla la capacidad laboral de los estudiantes. A diferencia de lo que suele ocurrir en las escuelas donde los alumnos ven, aquí las madres se comprometen, no delegan responsabilidades en la institución y en los docentes, cumplen su función de apoyo y a menudo dan más de lo que piden.

Conocí a todas estas mujeres en una noche para mí inolvidable, hace pocos días, cuando el diario “El Liberal”, de Santiago del Estero, uno de los más antiguos y consistentes del país (el primero que leí, cuando era todavía un nenito, y con el que me envicié para siempre en la rutina cotidiana de leer el diario) las premió entre los Destacados del Año 2013. Hubo muchos otros premios en diferentes rubros. Uno me tocó a mí, en el apartado Letras, y dio en el centro de mi alma, porque cuando dejé Santiago, a los 18 años, fue para intentar hacerme una vida escribiendo. Un sueño tan fuerte como incierto. Pasaron muchos años y el diario que se leía en mi casa, el que yo leía, me procuró esta confirmación, este hermoso despertar. Pero más allá de eso, me permitió compartir el escenario con estas mujeres bellas y fecundas, valientes y necesarias. Capaces, como las tunas (ese generoso fruto del cactus), de alimentar y calmar la sed con fortaleza y con dulzura aun en la tierra más difícil. Ese fue un premio extra.