Bajo un cielo gris plomo la ciudad transita lo inevitable, pero son pocos los que se detienen en la sensación gélida y se atreven a cambiar la rutina.
Los pronosticadores del tiempo jamás anunciarán que una oleada de melancolía podría contaminar el ambiente durante un día nublado. Las actitudes pesimistas no son aceptadas en época estival, pues los ánimos positivos y de feliz desinterés son promovidos y obligados a mantenerse durante toda la temporada.
Quienes se atreven a hablar, comentan que existe un pacto secreto entre los vendedores de cuchuflí y barquillo y los dueños de las empresas de turismo joven. Su interés se centra en la teoría de que una persona feliz consume más que una triste, que se encierra en su propio ser. En subjetivas propagandas refuerzan su cometido bajo el slogan “Llegaron las vacaciones se acabaron los problemas” y en carteles luminosos promocionan un 30% de descuento en todas las compras de alegría enlatada.
Rendidos bajo el efecto hipnótico, tienden sus mantas en la arena y repiten cada acción con el ritmo mecánico de lo diario. Esta vez, cubiertos por un abrigo y envueltos por la calma. Ya no se pasean luciendo sus cuerpos bronceados, pero esto no les impedirá que su plenitud se vea ensombrecida en charlas que corrompen la nostalgia.
Tal vez, esta confabulación feliz sea una injuria divulgada por golpistas, cuya visión de todo es desfavorable. Lo cierto, es que la alegría continua aunque, en ocasiones, esta manifiesta una falta de sensatez y de frivolidad adolescente. Durante el verano, la falta de optimismo es repudiada porque el sólo contacto con la arena debería calmar cualquier ánimo marchito.
