El israelí Gilad Saroussy Pereg, o Nicolás Gil Pereg, como se hacía llamar en Mendoza desde que llegó en 2007, falleció este domingo por la noche tras sufrir una descompensación. Estaba alojado en un pabellón para pacientes psiquiátricos del hospital El Sauce, bajo un estricto protocolo de seguridad penitenciaria.
El ingeniero electrónico, conocido como el “hombre gato” por comportarse como un felino en su celda en la cárcel, fue condenado a prisión perpetua por los crímenes de su madre y su tía, Pyrhia Saroussy y Lily Pereg, respectivamente, el sábado 12 de enero de 2019.
Gil Pereg vivía casi en la indigencia en un predio semiabandonado ubicado sobre calle Julio Argentino Roca al 6000, justo frente al cementerio municipal de Guaymallén. El terreno, rigurosamente vigilado por cámaras y otras medidas de seguridad, albergaba su precaria casa y media docena de canchas de fútbol 5 y pádel en construcción, parte de un proyecto que, según dijo, quedó trunco por una estafa.
Habitaba una casa sin electricidad, gas o agua potable, rodeado de pornografía, suplementos dietarios y 37 gatos, sus “hijos”. Dormía en un colchón sobre el piso, no se bañaba y hacías sus necesidades en el patio.
Pocas personas sabían a qué se dedicaba ese sujeto alto y desgarbado que manejaba grandes cantidades de dinero en efectivo. “Raro, descuidado, violento, que engaña y se mueve por las cuevas de dólares de la city mendocina”, lo definían quienes intentaron hacer negocios con él desde su llegada a la provincia. Hasta entonces había vivido en su ciudad natal, Petaj Tikva, una aldea de agricultores.




En Israel lo denunciaron por acoso y comportamiento indecente. Acumuló cuestionamientos académicos y legales, además de deudas de juego. En 2007 escapó y nunca más regresó porque, presuntamente, estaban tratando de ingresarlo en un hospital psiquiátrico. Se opuso y viajó a Argentina.
Una versión indica que fue militar y le dieron de baja del Ejército israelí porque una vez corrió desnudo por un campus. “¿Sos espía o prestaste servicios para Mossad?”, le consultaron en una entrevista periodística, cuando sólo era testigo por la desaparición de su madre y de su tía. “No. Todo el mundo pregunta eso pero nada que ver, ninguna agencia, ninguna inteligencia”, respondió.
Tenía más de 40 armas registradas a su nombre. “Las compré porque acá tengo problemas de inseguridad”, dijo en el mismo reportaje. En ese momento no maullaba ni decía creerse un gato.
Antes de instalarse en Guaymallén, vivió en San Martín, donde manejó un local de comidas. Allí decía ser noruego y se hacía llamar “Floda Reltih”: es decir, Adolf Hitler al revés.
Gil Pereg estranguló con un lazo a su mamá, Pyrhia Sauroussy, de 63 años. Antes, la sometió a una fuerte golpiza. A su tía, Lily Lea Pereg, de 54 años, le disparó tres tiros con un revólver calibre 38. Luego, las enterró, atravesando los cuerpos con varillas de hierro.
Ellas habían ido a visitarlo el 11 de enero: el doble crimen ocurrió al día siguiente. La búsqueda de las mujeres se mantuvo durante casi dos semanas y, por esos días, el doble femicida se mostraba colaborativo con los investigadores.
También en ese momento dejó atrás las rastas y la barba para mostrarse con la cabeza rapada y más comunicativo. Incluso hasta fue retratado por la prensa en el interior del predio, muy cerca el lugar donde luego se comprobó que había ocultado los cuerpos.
Su versión fue que las mujeres estuvieron unas diez horas en su casa y luego las acompañó a una parada donde se tomaron un colectivo rumbo al departamento que habían alquilado en Ciudad. No le creyeron.
Aunque el caso fue resonante, su figura tomó mayor protagonismo en febrero de 2019, cuando estaba alojado en el sector de máxima peligrosidad de la cárcel de San Felipe, donde se la pasaba recluido, sin contacto con nadie. Un video que se viralizó lo mostraba en su celda en estado salvaje, desnudo, en cuatro patas, maullando y mirando con fiereza e intentando araña a los penitenciarios. Desde ese día, todos lo llamaron el “hombre gato”.
“No soy una persona, soy un gato y necesito estar acompañado por gatos, no por por personas. No puedo tener contacto con personas. Piensan que soy un loco, no pueden entender que alguien pueda vivir como yo, como un gato. Quiero que me traigan a todos mis gatos. A mis 37 gatos. Mis 37 hijos. No sé cómo los están cuidando. Si están bien o están mal”, dijo en una audiencia judicial.
“Otra solución es mandarme al zoológico y ponerme en una jaula con todos mis gatos juntos. Son mis hijos. No puedo estar con personas. Mándenme a un zoológico. En una jaula con 37 gatos. Quiero estar con ellos. Ahora, en la celda, miro la pared me explota la cabeza. No sé dónde estoy y pienso en ellos”, fue otro insólito pedido que Gil Pereg le hizo a los jueces.
El hombre buscó hacer creer a las partes que no comprendía la criminalidad de sus actos. Pero en noviembre de 2021 fue condenado a prisión perpetua, luego de que un jurado popular lo encontrara culpable por el doble crimen de su madre y su tía.
