“Yo tengo la culpa de todo, la tiré en Papagayos”, le confesó Mario Ricardo Castro Herrera (55) a los policías que lo fueron entrevistar por la desaparición de su ex esposa María Aida Oliva (52) a comienzos de abril de este año.
Fue así que los sabuesos llegaron al cadáver de la mujer y comprobaron que había sido asesinada a golpes en ese sector del pedemonte. El caso se transformó en el primer femicidio que tuvo Mendoza en el 2022.
Poco más de seis meses después, la causa terminó por resolverse la tarde de este miércoles después de que Castro Herrera ratificó esa confesión frente a un juez durante un juicio abreviado y fue condenado a prisión perpetua.

La defensa del femicida acordó con la fiscal de Homicidios Claudia Ríos, quien lideró la instrucción, resolver la situación de cliente por esa vía y evitó enfrentar un juicio por jurados en un futuro próximo.
El pacto entre las partes fue homologado por el juez Sebastián Sarmiento, del Juzgado Penal Colegiado Nº 1, quien dictó la sentencia por la pena máxima por el delito de homicidio agravado por el vínculo y por mediar violencia de género (femicidio).
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Además, el hombre también fue condenado por el homicidio simple en grado de tentativa que cometió contra un joven momentos antes de asesinar a su ex pareja y madre de sus hijos.
Búsqueda y doloroso final
El martes 5 de abril, María Aida Oliva fue al compartir un almuerzo con uno de sus hijos que vivía en la zona de La Favorita, en el oeste de Ciudad.
Después de eso, sus allegados no volvieron a saber de ella. Jamás regresó a la casa que alquilaba, no atendía llamadas, ni respondía mensajes. La preocupación aumentó con el pasar de las horas y una hija radicó la denuncia de paradero el miércoles 6 en la Oficina Fiscal Nº 2 de la Comisaría Sexta.
A partir de allí la fiscal Ríos tomó intervención en la causa y personal de la División Búsqueda de Personas, de Investigaciones, inició las averiguaciones para saber qué había sucedido con la mujer.
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Al día siguiente, el jueves 7, la hija de Oliva se presentó de nuevo en la citada sede judicial para ampliar su declaración. Agregó que había hablado con su padre, de quien la mujer se había separado hacía un tiempo.
El hombre le había relatado a su hija que había llevado de paseo a su madre al Parque de los Pueblos Originarios, en el Parque General San Martín, y que luego estuvieron recorriendo la montaña, más precisamente las zonas del pedemonte y la precordillera.

La versión que le dio Castro Herrera a su hija sostenía que la había dejado en su domicilio y que no hubo ningún problema entre ellos. Pero no le creyeron y policías fueron a entrevistarlo.
Fue allí cuando el hombre se quebró, confesó que la había matado y les aportó a los detectives el lugar donde había dejado el cadáver de Oliva.
Posteriormente, se conoció que Castro Herrera había atacado a un joven que intentó defender a la víctima, antes de ser asesinada. Fue cerca de las 18 del martes 5 cuando el muchacho iba pasando por las cercanías del mirador de El Challao y divisó a una pareja junto a un auto blanco, discutiendo fuertemente.
El chico quiso intervenir, ya que notó que la mujer estaba en peligro. Pero Castro Herrera sacó un arma blanca y lo agredió, provocándole dos cortes en el rostro y el brazo, respectivamente.
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Ese momento fue aprovechado por Oliva para escaparse, pero su ex pareja se subió al auto y comenzó a perseguirla. Al mismo tiempo, el joven herido pidió auxilio a guardias de seguridad de un barrio privado de ese sector.
Cuando policías llegaron al lugar, hicieron un recorrido por las inmediaciones, pero no encontraron al agresor, ni el auto, ni a la mujer. Eso sí, secuestraron un cuchillo y un bolso que el autor abandonó en la escena.
Se cree que después de ese primer ataque, Castro Herrera agredió a la madre de sus hijos con una piedra de grandes dimensiones y le quitó la vida.
