Permaneció cuatro días en cautiverio. De la noche a la mañana, se transformó en el hombre más nombrado en toda la provincia, y no fue precisamente por su larga trayectoria como actor. Tirado en el piso durante todo ese tiempo y rezando el rosario, esperó, impacientemente, a que su abogado le diera la orden de presentarse en la Justicia. Guillermo Ariel del Curto (36) estuvo erróneamente acusado de cometer uno de los homicidios más atroces de los últimos tiempos: ejecutar de cuatro disparos, por un envase de cerveza, a Juan Francisco Lucero, un joven estudiante de 29 años.

    El amor que su círculo íntimo le tiene, la inofensiva mirada y la humildad, sobre todo la sencillez que demuestra al expresarse, sentencian su inocencia de acá hasta África, donde hoy debería estar brindando un show de tango. Mientras la voz se le entrecortaba, Guillermo dialogó ayer a las 12.15 con El Sol, en la misma morada donde se escondió en las últimas horas,ubicada a sólo cuatro cuadras del Palacio Policial, en el barrio Bombal.

    Mucho más tranquilo tras haber sido desvinculado del expediente –aunque aseguró que demandará al Estado–, el hombre, quien también es músico y daba clases en el colegio Martín Zapata y en una escuela de Uspallata, respondió las preguntas a programa abierto. Se terminó la lucha.

Se terminó. Pasé cuatro días de sufrimiento, de angustia, de muchos nervios, de impotencia. No sabía cómo demostrar que era inocente.

¿Cómo pasaste todo ese tiempo? Trataba de no ver nada y no escuchar nada, porque no podía.Me enteré de que mi papá había dado una entrevista al diario El Sol y me sentía mal porque no podía creer que dio una foto mía,pero después me di cuenta de que había hablado bien y que gracias al diario y a la foto que salió publicada empezaron a reconocer que yo no era el asesino. Desde la gente que me conoce en el medio hasta los amigos del chico Lucero que mataron.

¿Tuviste miedo? Por algunos instantes, sí. Lo único que hacía era estar tirado en el piso. Por momentos estaba bien y por momentos mal.Rezaba el rosario. Soy católico pero no era creyente.Me regalaron el rosario, sin saber que iba a pasar esto, que estaba bendito por los monjes del Cristo Orante de Tupungato. El domingo a la noche me lo colgué en el cuello y tenía enfrente una imagen de la Virgen de Schoenstatt, con una foto de mi vieja, que murió cuando yo tenía 17 años, y también una foto de mi abuela, quien falleció en el 2005.

¿Cómo llegó el rosario a tus manos? Me lo regaló un amigo para que me fuera bien en mi viaje a África. Cuando ocurrió todo esto, realmente me ayudó y me hizo muy bien.

¿Veías a mucha gente? No, sólo mis dos amigos –Laerte y Gustavo, quienes lo alojaron en sus casas, dos días cada uno–. También llamé a mi terapeuta para que viniera y me tranquilizara. Yo hago eutonía. Me comuniqué con ella para que me hiciera una sesión y me calmara. Eso me sirvió mucho. Esa persona fue la única que vino a la casa mientras estaba prófugo. Tras relatar los peores cuatro días de su vida, Guillermo contó su verdad. Esa olvidable historia que ayer le relató al fiscal Daniel Carniello, la misma que lo desvinculó, en su totalidad, del expediente que lo tenía como acusado de homicidio agravado.

¿Qué hiciste el sábado a la noche? A las diez de la noche terminé de armar mi equipaje para viajar a África. Decidí salir a cenar.Me fui con unos amigos a Chacras de Coria, al Patio de Jesús María. Tipo 23.30 empezó a llover y me quedé en ese lugar hasta que dejó de caer el agua. Decidí no ir a mi casa y quedarme en la casa de un amigo –en Godoy Cruz–, porque al otro día me reunía con otros amigos que nos íbamos a Tupungato a pasar el día para festejar que el lunes viajaba. Iba a ir a mi casa a dormir. Menos mal que no fui.

¿Fuiste finalmente a Tupungato? Cuando nos despertarnos empezamos a organizar la salida. Fuimos a comer a Tupungato, a un restaurante de allá. Cuando terminamos de comer, nos dirigimos a una casa de artesanías, compramos miel y después fuimos a un lugar que se llama Divino Tupungato.

¿Cómo te enteraste de que te estaban buscando? Cerca de las 16 del domingo, prendo mi celular, porque no tenía señal. En medio de ese lugar espectacular, divino, espléndido, de buen paisaje,aparece por el aparato mi papá diciéndome que la policía estaba allanando la casa porque yo había cometido un crimen. Mi papá estaba desesperado. Yo le decía que se calmara, porque era inocente, que llamara a mis hermanas y cuñados, que se quedaran tranquilos porque me iba a entregar.

¿Qué te alcanzó a decir tu papá? Me dijo que eran nueve policías buscando algo en mi casa.Todas las armas que encontraban eran de juguete,porque, para colmo, yo soy el Comandante… (risas), y otras armas de cebita de otras obras que he hecho. Ahí empezó toda esta pesadilla.Me iba a entregar, pero empezamos a buscar abogados. Llegamos hasta Carlos Castro Santos, quien me recomendó que no me presentara en la Oficina Fiscal Nº13.

¿Cuándo te enteraste del caso? La policía me buscaba por un asesinato pero no sabía nada. Recién a la noche nos enteramos por los medios de qué se trataba. Entonces, llamé a mi casa y les pedí que me mandaran documentación y ropa. Los bonos de sueldo, mis bonos de puntaje que tengo en el colegio Martín Zapata, la visa que tenía para viajar a Ghana. El lunes a la noche fui al estudio del abogado y le entregué todo, hasta mis fotos en el diario (como actor).

¿Por qué creés que te involucraron? No tengo idea. Eso quisiera saber.

¿Crees en la Justicia? Después de lo que acaba de pasar, no creo para nada en la Justicia.Con la fiscal –por la magistrada de Capital Liliana Curri– hay que hacer algo. Es inoperante, incompetente y dio mi nombre. ¿Con qué pruebas mandó a allanar mi casa? Guillermo finalizó expresando que todo lo que vivió en estos cuatro días le produjo “un dolor muy grande”. El dinero y el tiempo que perdió tras no poder viajar a Ghana y Togo, entre otros países del continente negro, donde iba a bailar tango y a proyectar la obra en la que representa al Che Guevara, es ínfimo en comparación con la tremenda violación y daño que ocasionó este caso en su imagen pública.