Hay momentos en la Argentina en los que la política puede explicar la economía. Y hay otros —como este— en los que ocurre al revés. La economía marca el ritmo, el pulso y el humor de los argentinos. Mendoza no es una isla, como supo creerse en algún momento. Y está claro lo que le cuesta, pese a las transformaciones en el manejo del Estado y los cambios en materia impositiva, crecer o tomar distancia de las distorsiones macroeconómicas para trazar un camino propio que la saque de la depresión.
A diferencia de otras jurisdicciones, Mendoza tiene de todo un poco. Pero esa diversidad, presentada como un bien superior, no hace la diferencia. La conducción de la provincia, en manos de Alfredo Cornejo, no deja pasar oportunidad para reafirmar el rumbo de la Argentina de Javier Milei, aunque exige profundizar los cambios, en especial en la relación nación-provincias, con la coparticipación de impuestos a la cabeza y una reforma tributaria amplia hacia adelante.
Hoy, todo pasa por ahí. La inflación volvió a moverse hacia arriba y hace diez meses que el gobierno de Javier Milei no logra, por ahora, recuperar el control que supo exhibir hasta promediar 2025. El propio presidente ensaya una explicación: hay factores duros, estructurales, que impiden sostener la velocidad de los logros iniciales. Pero tampoco alcanza con reconocer la situación de dolor para enderezar el barco. Le falta resultados y goles al plan, si es que hay un plan sistemático más allá de acciones o medidas de alto impacto ya tomadas.
Algo parece haberse roto y el gobierno ya no logra explicar lo que pasa, al menos de manera convincente para la economía real. Y si persiste este clima hacia 2027, los sueños reeleccionistas de Milei estarán en problemas, aunque se verá en ese momento qué alternativas políticas buscarán jugar y mostrarse.
Hay algo que no cambia nunca en el país: la economía manda. Y cuando la economía manda, el humor social se acomoda detrás.
Empiezan a caer los niveles de aceptación del gobierno de Milei y arrastra, como vagones de un convoy, a quienes lo acompañan. Cornejo y su modelo se enfrentan a ese mal. Hay desgaste. Hay fatiga. Hay preocupación. El empleo no termina de reaccionar, los salarios corren desde atrás y la sensación térmica en la calle es otra, distinta a la de hace un año, aunque —también lo muestran las encuestas— sin el dramatismo que la oposición hoy quisiera que tuviera.
Hay un dato igual de relevante —y más incómodo para la oposición—: ese malestar no se traduce, al menos por ahora, en una voluntad de volver atrás. La sociedad está más que molesta, pero no parece arrepentida. La sensación es que hay que mantener lo que se logró al estilo Milei, claro. Lo que viene tiene que ser superador manteniendo lo que bien puede entenderse como presupuestos mínimos: el control del gasto, el equilibrio fiscal, pero con visos de sensibilidad social, de la que adolece Milei. Y un plan de crecimiento, desarrollo, producción e industria nacional.
Las encuestas —casi todas— vienen marcando esa tensión: desaprobación creciente de la gestión, pero ausencia de una alternativa política que capitalice ese desgaste. Milei pierde entusiasmo, pero no enfrenta todavía un rival competitivo. Lo que puede entenderse como un equilibrio inestable del presente. Y también el principal interrogante hacia 2027.
Porque si algo enseña la historia argentina es que los oficialismos no pierden elecciones por lo que dicen, sino por lo que la gente siente en el bolsillo. Si la economía no mejora, ese “colchón” de tolerancia puede empezar a achicarse más rápido de lo previsto.
Y Mendoza funciona como un caso testigo interesante. La provincia de la era Cornejo sostiene un respaldo mayoritario al rumbo general, pero al mismo tiempo empieza a mostrar señales de impaciencia. Apoya, pero exige. Acompaña, pero reclama resultados.
El propio Cornejo lo sintetiza con números: reducción del gasto equivalente a 4 puntos del PBG en casi una década, equilibrio fiscal sostenido, sin default, con un Estado concentrado en sus funciones esenciales —seguridad, salud, educación y justicia— que explican el 90 por ciento del presupuesto. Todo lo que repitió ayer en la reunión de AmCham Summit 2026, en Buenos Aires.
Orden, en definitiva. Pero el orden no alcanza. Mendoza no despega. El gobierno local se enfrenta a otra cara del problema: los límites de la gestión provincial en un contexto macroeconómico inestable. Cornejo lo plantea sin rodeos: de poco sirve el esfuerzo provincial por atraer inversiones si no hay previsibilidad nacional.
Por eso insiste con reformas de fondo: coparticipación, baja de impuestos distorsivos como el cheque o las retenciones. Una idea que comparte con Rogelio Frigerio, su par de Entre Ríos, también presente en el foro. Y una estructura tributaria más competitiva.
Al mismo tiempo, intenta abrir nuevas ventanas: minería, diversificación productiva, incluso anuncios incipientes vinculados a la ganadería. Pero todo eso, otra vez, depende de una condición previa. La estabilidad.
La Argentina transita un amesetamiento peligroso. No está en crisis abierta, pero tampoco logra consolidar una recuperación. Ya no cae, pero tampoco despega. Y hay sectores que la pasan mal, con números negativos, como la industria y el comercio, que generan empleo y marcan el humor social, guste o no a la Presidencia, que no parece ver del todo el fenómeno.
Y en ese terreno intermedio —que suele ser el más ingrato— los gobiernos empiezan a perder potencia política. Como ocurre con Milei. Su discurso ya no conmueve como antes. Ayer volvió a pedir paciencia y a no desesperarse. La promesa de cambio sigue vigente, pero necesita resultados concretos para sostenerse. Del otro lado, la oposición critica, pero no logra todavía construir una alternativa creíble. Lo que lleva a Milei a señalar un incomprobable “ataque de la política” como el factor de todos los males.
El partido —una vez más— se juega en la cancha de la economía. Y tanto la Nación como provincias como Mendoza necesitan empezar a mostrar victorias concretas, palpables, medibles. No solo para mejorar indicadores: para sostener expectativas.
Sin eso, la fatiga social puede transformarse en otra cosa. Y ahí sí, el escenario cambia.
