La aparición pública de Mauricio Javier Suárez (49) no pasó desapercibida en Mendoza. Investigadores policiales y judiciales se sorprendieron al saber que el llamado hombre más buscado durante 17 años por el doble crimen del psicólogo Flavio Piottante (39) y su paciente, Analía Estrella Libedinsky (31), llegó el viernes después de las 12.30 al edificio del Ministerio Público ubicado en el Polo Judicial de Ciudad para solicitar que se deje sin efecto el pedido de captura nacional que circula en dependencias en el Registro Nacional de Reincidencia (RNR). Interpol ya había quitado la alerta roja internacional.
Desde la Unidad Fiscal de Homicidios le respondieron que mucho no podían hacer, porque eso dependía del pedido de un juez. De todas formas, hicieron algunos llamados para acelerar el trámite. La causa contra Suárez se había archivado en el 2022. Así lo resolvió la jueza María Cristina Pietrasanta, luego de un pedido realizado un año antes por el abogado Martín Ríos, quien desde los primeros días de instrucción representó los intereses de los padres de quien fuera marcado como el sospechoso número uno. Debido a esto, Suárez no tiene que rendirle cuentas a nadie.
Evadió a los pesquisas judiciales y policiales y logró que pasaran 15 años desde el momento que lo imputaron de perpetrar los asesinatos la noche del 12 de julio del 2006 en la casa consultorio de Piottante, ubicada en calle Barcala 484, casi Chile, de Ciudad. Así lo marca la ley.
Pero más allá de que para muchos es uno de los tantos casos que alcanzan la impunidad y difícilmente se llegue a conocer la verdad, la estadía en Mendoza de Suárez abrió viejas heridas en su círculo más íntimo. No sólo en su familia, sino también en la madre de Piottante, la concertista de piano Beatriz Llin.
Al ser consultada este domingo luego de la información revelada por El Sol el viernes, prefirió no profundizar demasiado sobre el tema, pero fue directa con respecto a la aparición de Suárez dando a entender que estaba al tanto de las novedades. “Sí, para mí ya está terminado, muchas gracias”, fue lo poco que dijo ante el pedido periodístico en su domicilio ubicado a metros de donde ocurrió el doble homicidio.
Horas después de ser detectado por este diario saliendo del edificio judicial a las 13.50 del viernes, fuentes del caso contaron que Suárez “hablaba con un tono extraño, como norteño” cuando fue atendido por una secretaria en la fiscalía de Homicidios de Claudia Ríos y profundizaron sobre los movimientos del enigmático personaje. Ante los funcionarios judiciales utilizó un pasaporte con su identidad.
No dudaron en asegurar que “hacía poco tiempo que había llegado a la provincia”, que se contactó con el letrado Ríos y también con algunos familiares domiciliados en Las Heras. Compartió algunos días con ellos, pero no se quedará en Mendoza y, en las próximas horas, volverá adonde se encontraba radicado: el norte del país.
Para las fuentes consultadas, Suárez formó una nueva familia en alguna provincia, como “Salta o Jujuy”, utilizando otra identidad y concluyeron que también se movió por el vecino país de Bolivia.
El viernes se lo vio tranquilo, en forma, sin que el paso del tiempo haya impactado en su cuerpo como un hombre oculto del mundo exterior. Vestía remera y zapatillas blancas y pantalón de jeans. Llevaba su teléfono celular en la mano (luego lo guardó en el bolsillo trasero izquierdo) y también lentes marca Nike. Al ser consultado por este diario, prefirió no hablar y aceleró sus pasos hasta perderse de vista sobre calle Plantamura, cuando se subió a un moderno Chevrolet Cruze negro.
De esta forma, terminó de cerrar cualquier tipo relación con la Justicia por el doble crimen del 2006.
El doble asesinato que impactó a Mendoza
La investigación. El 12 de julio del 2006, Piottante y Libedinsky fueron asesinados en el consultorio del profesional de calle Barcala de Ciudad. Él recibió dos disparos y ella fue golpeada y estrangulada. La escena fue dantesca: había sangre en el piso, pisadas y rastros hemáticos en las paredes.
A los pocos días de hallados los cadáveres por la madre del psicólogo, que tenía un juego de llaves del domicilio, los investigadores creyeron que Suárez, ex pareja de quien era novia de Piottante al momento de su muerte, era el matador.
Un ataque de celos y bronca habría sido el móvil. El primer año de la pesquisa, liderada en mayor parte por aquellos días por el otrora fiscal especial Eduardo Martearena, la conmoción inundó la provincia.
El hecho se había transformado en el caso policial más impactante de esa década. Los pesquisas hicieron todo lo posible para hallarlo, pero no hubo ni una sola novedad de importancia. Hubo seguimiento bancario, de correos electrónicos y controles en accesos a la provincia y el límite con Chile, entre otras medidas, pero nada resultó.
Suárez dejó de frecuentar los lugares que visitaba cotidianamente el domingo 16 de julio de ese año por la tarde, cuatro días después del hecho, y ni la recompensa que ofreció el Ministerio de Seguridad –la que fue incrementando su cifra– sirvió para obtener datos certeros sobre su paradero en los años siguientes.

Se supo que almorzó con su pequeño hijo de 3 años y sus padres el día en que se marchó, y que luego lo buscaron en San Luis, Tandil, una casa de Potrerillos y también en Chile por informaciones policiales y de algunos interesados, pero los indicios fueron siempre escasos y el resultado del rastreo, como se preveía, fue negativo.
Los padres Suárez aseguraron también, a través del abogado Ríos, haberle perdido sus pasos desde de que las pruebas comenzaron a sindicarlo como el asesino. El progenitor no quiso someterse a un examen de ADN para cotejar el resultado con los rastros de sangre hallados en la escena del crimen y la Justicia no lo obligó, al ser familiar directo.
En el consultorio se hallaron tres muestras hemáticas: dos eran de las víctimas pero restaba saber a quién pertenecía la tercera. Lo que sí, una huella dactilar con sangre que se levantó en una de las habitaciones de la propiedad, no pertenecía a Suárez, determinaron los peritajes, por lo que se instaló al poco tiempo la teoría de que participó –al menos– otra persona más en el ataque.
El arma utilizada fue revólver calibre 32. Fue disparada por un sólo sujeto. Y dos proyectiles tuvieron como destino final a Piottante: una de las balas impactó en el pecho y la otra en el cuello. El psicólogo también fue golpeado en el rostro: cuando lo revisaron los forenses, presentaba un profundo corte arriba de la ceja izquierda.


Analía Estrella Libedinsky tenía 31 años y conocía al psicólogo desde hacía, al menos, cinco. Comenzó a hacerse atender por el profesional y lo visitaba tres veces a la semana.
Quienes la conocieron afirmaron que sentía un amor platónico por él, quien también era su profesor en la Universidad del Aconcagua, donde ella estudiaba la carrera de Ceremonial y Protocolo. Lo admiraba y no dudaba en comentarlo a su propia familia. Su hermana era la principal confidente.
La joven llegó a la casa de Piottante cerca de las 16.30, como tenía previsto. Tocó el timbre varias veces y recién a las 17 la puerta se abrió. Esto fue lo último que se supo de la chica, sostiene la reconstrucción del expediente que llegó a 20 cuerpos.
Entre las 18 y las 20 de ese día, una o dos personas ingresaron al consultorio por la puerta principal y sin forzarla. Esto significó que les permitieron entrar. Después de eso, se armó una lucha interminable entre el victimario y sus víctimas. A tal punto que hubo varios disparos y Piottante y Libedinsky fueron salvajemente golpeados hasta la muerte.
