La casa de calle Juan Martínez 713, en el barrio Canciller de Maipú, guarda en sus paredes el eco de dos tragedias separadas por más de una década, pero unidas por un hilo de sangre y dolor que parece no encontrar respuestas inmediatas.
Es allí donde Federico Lorca Rosales, actualmente de 48 años, construyó su vida como tatuador profesional, transformando la vivienda familiar en el local “Adrenaloide”. Es también en esa propiedad donde, el pasado martes por la noche, los investigadores policiales y judiciales lo señalaron como principal sospechoso del brutal asesinato de Rubén Atilio Stubbia, un carpintero de 34 años cuyo cuerpo fue hallado envuelto en una lona de pileta y atado con alambre.
Pero para entender la dimensión de esta historia que apunta al mismo protagonista, hay que retroceder hasta madrugada del 1 de noviembre de 2013, cuando la muerte golpeó por primera vez esa misma puerta. Entonces, Federico tenía 36 años y compartía la casa con su abuela Elvira Serrano, de 87 años, y su pareja embarazada, Cecilia Brenda Arias. Era una noche como cualquier otra hasta que un par de delincuentes ingresaron por la puerta trasera con intenciones de robo, se desprendió de la investigación inicial.
Lo que siguió fue una secuencia de terror que marcaría para siempre la vida de los presentes. Al escuchar los quejidos de su abuela desde otra habitación, corrió a socorrerla, solo para encontrarse con uno de los asaltantes golpeándola brutalmente en el suelo, contaron los testigos a El Sol tras el hecho de sangre.
Un intento desesperado por defenderla fue truncado por el segundo delincuente, quien lo golpeó en la cabeza antes de maniatar a todas las víctimas. Los ladrones se marcharon llevándose apenas un anillo y un aro, objetos de escaso valor material pero de precio incalculable en términos del costo humano que exigieron.
Recién a las 6.30, Federico y su pareja lograron liberarse de las ataduras. Al buscar a la anciana, la encontraron sin vida. La autopsia reveló que Serrano había fallecido por los golpes recibidos, convirtiéndose en una víctima más de la inseguridad.
El dolor del tatuador era evidente para quienes lo conocían: había perdido no solo a su abuela, sino también la sensación de seguridad en el hogar que habían compartido. Ese día, en la escena, tal como revela el material fotográfico de este diario, se mostró consternado mientras Policía Científica y la uniformada de la jurisdicción trabajaban buscando pruebas.

El caso de la octogenaria se sumó a las estadísticas de crímenes sin resolver. A pesar de los esfuerzos de Científica y las investigaciones judiciales y policiales, los asesinos nunca fueron identificados ni capturados. La impunidad se instaló como una herida que no cicatrizaba, a pesar de que en la zona se tejieron varias hipótesis que apuntaron directamente a un hecho totalmente ajeno a un asalto.
Los años que siguieron fueron complejos para los Lorca. La propiedad de calle Martínez, heredada tras la muerte de la abuela, se convirtió en motivo de disputa entre Federico y un hermanastro. Los conflictos por la sucesión se extendieron en el tiempo, creando tensiones familiares. Federico, sin embargo, se quedó en la casa y transformó parte de ella en su local de tatuajes, una profesión que ejercía con destreza y que le permitía mantenerse económicamente.
“Adrenaloide” se convirtió en un punto de referencia en el barrio Canciller. Los vecinos se acostumbraron a ver el ir y venir de clientes que llegaban a tatuarse, mientras Lorca intentaba encontrar una nueva normalidad en el lugar donde había muerto su abuela. Sin embargo, este martes por la noche un hecho de sangre volvió a golpear en la propiedad.
Esa tranquilidad precaria se quebró nuevamente: según las primeras investigaciones, Rubén Stubbia había llegado al local con intenciones que no eran del todo claras este miércoles.
Lo que sí se supo es que un cliente que había llegado para realizarse un tatuaje detectó que algo no estaba bien. El hombre, visiblemente alterado y “casi sin poder respirar de los nervios”, llegó en bicicleta hasta la Comisaría 29ª para reportar que había escuchado pedidos de auxilio y que había visto al tatuador con manchas de sangre.
La respuesta policial fue inmediata. Un efectivo se colocó el chaleco antibalas y se dirigió al domicilio señalado, encontrándose con una escena que le devolvía a calle Martínez su condición de escenario del crimen.
En el exterior de la morada, dos hombres aguardaban: Federico Lorca y su amigo Lautaro Agostini, de 29 años. Este último presentaba manchas de sangre visibles en el pantalón y tenía un elemento cortante cerca suyo, elementos que precipitaron la detención inmediata de ambos en cuestión de segundos.


Al ingresar a la vivienda bajo directivas fiscales, los uniformados se encontraron con una escena dantesca en una de las habitaciones. Un bulto cubierto con una lona azul ocultaba el cuerpo de Stubbia, quien presentaba múltiples heridas y signos evidentes de estrangulación. Una soga alrededor del cuello y lesiones en la ceja izquierda y la cabeza completaban el cuadro de violencia extrema. El estado del cuerpo sugería que la víctima pudo haber sido torturada durante dos días antes de morir.
La investigación reveló que Federico y Stubbia mantenían un conflicto previo, aunque la naturaleza exacta de esta disputa aún está siendo esclarecida por los investigadores. Los vecinos del barrio Canciller confirmaron a las autoridades que habían escuchado pedidos de auxilio desde el mediodía.
Científica trabajó exhaustivamente en la escena del crimen durante la noche del martes, recolectando evidencias que incluían una tijera que podría haber sido utilizada en el ataque. El testimonio del cliente que alertó a las autoridades se convirtió en una pieza clave de la instrucción, mientras efectivos de la División Homicidios se sumaron al operativo para esclarecer los hechos buscando testigos y cámaras.
Una década después del asesinato de su abuela, Lorca se encuentra nuevamente en el centro de una investigación por homicidio, pero esta vez como principal sospechoso. Este jueves, será imputado formalmente por el asesinato de Stubbia. En la audiencia deberá responder por la acusación que lo señalan como coautor del homicidio agravado por ensañamiento. Su amigo Lautaro Agostini también sería acusado.
