“Nunca imaginé llegar a este punto, pero estoy cansada y ya no sé qué hacer”, señaló resignada mientras se sentaba en la cocina-comedor de su hogar Alejandra Bustamante, una joven de 34 años que tiene tres hijos varones y que desde hace más de seis años, asegura, que sufre violencia de género por los ataques verbales, físicos y psicológicos por parte de su ex pareja, sin que exista una solución en el corto plazo.
A pesar de las 30 denuncias que ha realizado en sede judicial y policial durante todo este tiempo, y de las prohibiciones de acercamiento que debería cumplir su ex, pero que no respeta, pide “que hagan algo, que se dejen de pavear, es un tipo que no sé en qué momento me puede matar”, contó entre lágrimas a El Sol.
Alejandra hace siete años que trabaja en un minimarket de una estación de servicio de ese departamento, y tres años y medio que se separó de su pareja, a quien identificó como César Alberto Rulfo. Con este hombre convivió poco más de 13 años y es el padre de sus tres hijos, de 11, 9 y 7 años. Hace dos años conoció a su actual pareja, quien la acompaña en este momento y que también sufre las agresiones.
“Estoy separada hace tres años y medio, antes vivía en el barrio Costanera, es un barrio militar”, explicó. “Sé que soy cien por ciento culpable por no haber denunciado antes. Este es un pueblo chico y me daba vergüenza que se enteraran de mi situación o que me miraran raro en la calle. Ni mi familia sabía lo que me pasaba y mis hijos vivieron lo peor de su padre”, relató.
Además, detalló lo que sucedió luego de la separación: “Cuando se fue, se llevó todo y me dejó con lo puesto. Por suerte, lo que tengo es gracias a que trabajo. Después de que se fue pensé que iba a estar tranquila, pero, todo lo contrario, es el peor tormento de mi vida, un calvario”, dijo y rompió en llanto por impotencia.
“Aparecía en la casa y me rompía los vidrios de las ventanas, una y otra vez. Tuve que buscar una casa con rejas y mudarme para que no me encontrara. Hasta llamé a Buenos Aires al 144 –línea gratuita para prevención, asistencia y erradicación de violencia contra las mujeres–pero al tipo no lo para nadie”.
Y dijo que, durante todo este tiempo, realizó más de 20 denuncias en la Comisaría 15ª de Tunuyán y otra decena de presentaciones en el Primer Juzgado de Familia. “Estoy cansada de que nadie me escuche, en qué va a quedar. Yo estuve con tratamiento psicológico y psiquiátrico y a él no le hacen nada. Donde me ve me insulta y no respeta la prohibición de acercamiento, no le importa nada”, comentó. “Me tuve que aguantar un montón de cosas porque no tenía adónde ir. Fue un montón de veces a mi trabajo y me grita adelante de todos, incluso hay cámaras que lo grabaron. Quiero vivir en paz”, señaló.
“Si me agarra, me pega. Antes me pegaba en los lugares donde sabía que no se iban a ver los moretones, además de que sabía que yo no hacía la denuncia porque le tenía miedo. Insultaba hasta a los propios hijos”, recalcó Bustamante.
Al mismo tiempo pidió que “la Justicia haga algo. A mi novio un día lo amenazó con un cuchillo, hicimos la denuncia pero ese expediente no está, no sé dónde lo tienen. Hasta pienso que conoce a alguien o lo apañan”, comentó algo frustrada por la situación y las denuncias sin respuesta efectiva por parte de las autoridades.
También relató lo que está dispuesto a realizar el hombre de apellido Rulfo. “Es un tipo que no sé qué me puede hacer. Un día fue a mi trabajo, me agarró del cuello y me tiró contra una caramelera y me dijo que nadie le va a hacer nada. Y lo peor de todo es que tiene razón”, se lamentó.
“Él conoce mis horarios y me persigue cuando voy a buscar a los chicos a la escuela. Tengo que mirar para todos lados y tengo miedo de que me mate. Sabe que le tengo terror pero no sé lo que quiere”, se sinceró entre lágrimas.
La mujer de 34 años contó que los problemas de pareja aumentaron cuando nació el último de sus hijos. “Me decía que era poca cosa y que no podía hacer nada y me lo tenía que aguantar por mis hijos. Hay un momento que te lo terminás creyendo”. También expresó que no la dejaba que se juntara “con nadie” porque pensaba que ella podía contar su tormento.
“Me sacaba de la casa durante la noche y me dejaba ahí hasta las cinco o seis de la mañana. No me iba porque estaban mis hijos adentro y no quería que les pasara nada. A veces mi hijo más grande me abría la puerta a escondidas”, confesó. “Sé que hay un montón de casos como el mío pero quiero que la policía y el juzgado se muevan, que no sólo calienten el banco. Cuando llego para hacer la denuncia me ponen cara. Si necesitás una mano, no están”, comentó.
Mientras se secaba las lágrimas de su rostro con una servilleta, la mujer expresó: “Uno se cansa de pedir ayuda. La chica del 144 está a mil kilómetros de distancia y va a ser tarde cuando quieran hacer algo. Por suerte estoy rodeada de gente que me quiere y me ayuda, pero ellos no deberían meterse”, concluyó.
