Se llama Ricardo Alberto Muñoz. Es comerciante y tiene 50 años; pero actualmente presenta domicilio en la cárcel. Este hombre fue detenido en setiembre del 2013 después de que su esposa, Mirta Beatriz Naranjo (45), muriera en la sala de terapia intensiva del Hospital Central. La instrucción de la fiscal capitalina Laura Rousselle sostiene que Muñoz le dio en la casa–comercio –vendían bombas de agua– que compartían en calle Salta 578 una paliza con sus manos tan severa que le provocaron un hematoma subdural –uno de los más letales, sostienen los especialistas– resultado de un grave traumatismo de cráneo. La víctima agonizó dos meses y ocho días.
La mañana de este jueves, en la Primera Cámara en lo Criminal, el imputado por homicidio preterintencional –no tuvo intención de quitar la vida– agravado por el vínculo, se sentó en el banquillo y comenzó a ser juzgado. Debe responder también por otros hechos de violencia doméstica y amenazas ocurridos años antes de la muerte. Por la calificación de instrucción, arriesga hasta 25 años de prisión si es hallado culpable.
En la primera jornada de debate declararon dos testigos ante las partes: uno de los cuatro hijos del acusado, Cintia Muñoz (26), y la médica de guardia que tuvo contacto con la víctima apenas ingresó al servidor público de calle Alem, Romina Mataix.
Ambas declarantes, aportando versiones diferentes por lo que les tocó vivir, complicaron al imputado de cara a la sentencia, que podría ventilarse la próxima semana.
Cintia Muñoz fue la primera testigo. Ante el tribunal presidido por Víctor Hugo Comeglio –lo acompañan Lilia Via y Lucía Motta–, el fiscal Javier Pascua, los querellantes Lucas Lecour y Fernando Peñaloza y el abogado defensor Marcelo Canale, aportó detalles de las golpizas que recibió su madre durante, al menos, 10 años. “Vivíamos un infierno”, sintetizó la joven en referencia a que tanto su progenitora como sus otros tres hermanos sufrían violencia doméstica verbal y física.
Fuentes judiciales señalaron que la joven expresó que su padre era una persona muy violenta y que las agresiones se incrementaban cuando ingería bebidas alcohólicas. “Tomaba mucho, se ponía violento, no podíamos vivir”, describió, de acuerdo con lo que relató a El Sol su abogado, Lucas Lecour. El letrado afirmó que la testigo explicó que su padre le pegaba a su madre patadas, golpes de puño e, inclusive, una vez intentó prenderle fuego durante una discusión.
El comerciante de 50 años justificaba sus agresiones ante sus hijos al decir que sufría infidelidades de parte de su mujer con un empleado del negocio que tenían en calle Salta. Lecour respondió que “esto nunca se pudo confirmar”.
Sobre la golpiza que provocó la muerte, la testigo señaló que la noche anterior al hecho vio a su madre “en perfectas condiciones” y que, cuando se levantó, encontró a su padre intentando bañarla. Agregó que detectó que estaba toda vomitada, que presentaba lesiones en la cara, el pecho y un hematoma “muy grande en la frente”. Señaló que “casi no podía hablar, estaba en shock” y que su padre le dijo que él no había sido el autor. Sin embargo, Cintia vio que la habitación “estaba toda revuelta”.
La otra testigo que habló y complicó al acusado fue la médica de guardia del Central. Romina Mataix detalló ante las partes que Naranjo ingresó al hospital llevada por sus hijos y que presentaba hematomas en la cabeza y el tórax, hinchazón del maxilar derecho y trastorno de conciencia. No podía hablar y sólo seguía lo que sucedía con los ojos.
El debate oral, que seguirá mañana, está previsto que culmine la semana próxima.
Triste y salvaje.
El 12 de julio del 2013, Naranjo fue llevada al hospital. Vivía con Muñoz y sus cuatro hijos, dos mujeres, las mayores –una de 28 discapacitada– y dos varones, en calle Salta. Los hijos de la pareja, tras la muerte ocurrida el 20 de setiembre, describieron ante la Justicia que su padre era muy violento y que frecuentemente les pegaba e insultaba.

“No nos faltaba nada en lo económico, pero no teníamos cariño de su parte”, relató Cintia ante los jueces. La joven dijo que su madre le contó que no se iba de la casa por ella y sus hermanos y por temor a que les sucediera algo.
Tras el fallecimiento de la mujer, los hermanos continuaron recibiendo amenazas y las denunciaron. El hombre, desde prisión, los llamaba por teléfono para que le contrataran un abogado y les decía que, si no lo hacían, los iba a mandar a matar a todos o “que iba a cometer una masacre cuando saliera”.
