Las fotos van cambiando de función según la época. Si antes se sacaban para registrar un acontecimiento, una celebración o un momento especial en la vida de alguien querido, hoy se toman prácticamente para cualquier cosa. Desde recordar una dirección o un negocio donde queremos comprar algo hasta mostrar cómo nos quedó una torta o si un lunar que tenemos hace mucho tiene el mismo aspecto de siempre o no. Además se suelen sacar varias en posición horizontal y vertical como para luego elegir aquella en la que nadie salió con los ojos cerrados y por si la queremos publicar como historia. “Que saque ella que tiene IPhone, salen mejor”, “Yo después la edito y le borro lo del fondo, no te preocupes si está desordenada la casa”, “Ponele el filtro sepia así parece antigua la foto del nene”. Son frases que pueden decirse o escucharse en esta época pero, a fuerza de ir incorporando de a poco nuevas costumbres, nunca nos preguntamos acerca de esas modificaciones, de qué es lo que estamos registrando. ¿Cómo van a ser las fotos de infancia de los adultos de dentro de treinta años? ¿Alguien podrá reconocer un momento de su propia vida en la profusión de imágenes “mejoradas”? Si se edita el fondo para que se vea más ordenado o para que no aparezcan cosas que suelen estar en ese sitio, ¿qué nos va a contar esa imagen cuando la veamos dentro de mucho tiempo?
Hace unos días, en un taller de escritura nos pidieron que lleváramos una foto de infancia para contarnos desde esa imagen. Nuestro nombre, lo que nos gustaba, cómo nos llamaban –una chica contó que su abuela le decía “la ministra de todos los bebés”-, la manera en que nos peinaban, a qué jugábamos. La foto que llevé yo, me la habían sacado en el fondo de mi casa y había un sillón de hierro que aún se conserva.
También por estos días en un restaurante vi una mesa larga, eran más de veinte personas. Una reunión de egresados, cumplían cincuenta años, de modo que quienes estaban allí oscilaban entre los 67 y 69 años. Lo que me resultó llamativo fue que, dentro de ese grupo – muchos de ellos, seguramente concurre a algún centro de jubilados- cada quien actuaba y miraba a los otros como si todos tuviesen diecisiete. Un hombre pelado, alto, con chaleco de campera inflable color naranja se reía con otro señor que, según escuché, habían sido compañeros de banco, algunas chicas – a esta altura yo también veía a todas esas personas como adolescentes- se reían y hacían gestos juveniles, hablaban de distinta manera cuando se dirigían a quienes habían sido sus compañeras y compañeros o cuando le hablaban al mozo. La mesa era un microclima. De pronto uno de ellos sacó la foto de Bariloche, en blanco y negro, y empezaron a pasársela, a recordar ese momento que había quedado inmortalizado en esa imagen enrollada, que mostraba el Cerro Catedral todo nevado, en el que todo el grupo sonreía. “¡Ahí estaba con mi gabán azul!”, “¡No lo puedo creer, hace años que no veo esa foto, tenía puesta la campera de piel marrón que me había prestado mi primo!”, “No la tengo yo, en alguna mudanza la perdí se ve”. Hasta recordaban los las anécdotas que habían sucedido unas horas antes de esa foto o al regresar del cerro. La imagen en blanco y negro despertó la memoria y las vivencias de cincuenta años atrás aparecieron en la mesa de un restaurante con manteles cuadrillé. Sacaron selfies, muchas y también le pidieron al mozo una general, de todo el grupo. El señor de chaleco naranja le pasó al mozo un pendrive para que pusiera música de esos años. Al rato empezó a sonar Rod Stewart cantando “Crees que soy sexy” – era un poco más moderna, pero la pusieron igual- y ABBA. Una de las chicas dijo que iba a compartir las fotos en el grupo de WhatsApp y otra dijo que ella se ocupaba de editarlas para que todos salieran bien. Si se vuelven a reunir dentro de unos diez años, la foto que les va a contar cosas de su vida no va a ser ninguna de las retocadas de ese mediodía. La que va a seguir hablando de ellos será aquella que sólo algunos conservan enrollada, un poco ajada, en blanco y negro, de cuando alguien tenía la campera de piel marrón prestada o el gabán azul.
