La gente parece estar fastidiada y enojada con el Gobierno, pero particularmente con el gobernador Celso Jaque. Pese a que los sondeos que muestra el oficialismo sostienen que la situación está controlada, y que el pedido de perdón del jefe del Ejecutivo por no haber cumplido con la promesa del 30 por ciento menos en los delitos cayó bien y le jugó a favor del propio mandatario, otros muestran una realidad diferente, quizás más cercana a lo que pasa en verdad. El fastidio es real. Pero se mezcla con muchos factores. Y es Jaque, a nivel provincial, y Cristina, en la Nación, los depositarios de la bronca general. Bronca por los precios, por el proceso inflacionario, por el desabastecimiento, por las colas para conseguir diez litros de súper.
Bronca por el maltrato, en verdad, porque se tiene la sensación –para ser preciso, la tienen aquellas generaciones más curtidas, las que pasaron los 50– que lo que vive hoy el país no se asemeja a un proceso de crisis, ni siquiera se acerca a los vividos en otras épocas, como por ejemplo la del 2001 y el 2002. Entonces, si el problema no parece ser estructural, sino más bien pasajero en lo económico, sí lo es en lo político. Allí está concentrado el mayor inconveniente del momento: en la incapacidad de la dirigencia por conducir hacia buenos puertos y por aguas calmas, tanto en la Nación como en la Provincia. Jaque viene de pedir perdón por aquella famosa promesa.
Ahora comienza otra etapa, en la que, indefectiblemente, deberá mostrar resultados con acción y gestión mediante. No podrá pasarse la vida en la administración de gobierno pidiendo perdón, aunque esa sea una práctica de buen cristiano muy valorable para la media de la sociedad mendocina. Y la oposición, con vistas a las legislativas del 2009, está obligada a partir de ahora a levantar el perfil y la mirada, porque el argumento del fraude contra el pueblo que le venían achacando a Jaque por el plazo que se cumplía en los primeros seis meses se terminó. Ahora serán mirados como alternativa por el resto de la sociedad, salvo por la militancia activa y comprometida, que los azuza permanentemente para la batalla franca, descalificadora e inútil, a fin de sentirse tonificados.
Son los mismos que abarrotan los foros de discusión digitales, casi siempre anónimos, y que crean un microclima en el que suele sumergirse el político local perdiendo la noción de lo que pasa en realidad. Jaque pagó un alto costo por aquel spot propagandístico de la campaña. Y la decisión de pedir disculpas la tomó en soledad, mientras volaba desde México a Mendoza. Tan solo como se mostró el lunes, frente a las cámaras de televisión, en un tono dramático, sobreactuado. Tal soledad llamó la atención, porque podría haberse mostrado con el gabinete en pleno a sus espaldas. Hubiese sido otra señal. Pero no lo entendió así. Cuando se lo propusieron, respondió con un seco: “yo solo, frente a los mendocinos”.
El costo, se insiste, fue alto, pero quizás menor al de no h a b e r dicho nada. Jaque, a diferencia de su antecesor Julio Cobos, debe lidiar con su propia imagen, en vez de recostarse en ella para gobernar. Esto es porque, según un interesante estudio comparativo, realizado por Enrique Bollati, que ha terminado pocos días atrás, es Jaque el que tira para abajo la consideración de la gente sobre la marcha del Gobierno y no al revés. Con Cobos sucedía que el gobernador de entonces, hoy vicepresidente, estaba por arriba de todas las mediciones.
Cobos era más fuerte y más considerado que su propia gestión en Seguridad, en Salud, en Obras. Durante su administración se decía, por ejemplo, que si había un problema aquí o allá era por sus ministros, no por él.A Cobos no se lo responsabilizaba de los problemas de inseguridad, sino a su ministro de turno. Claro, Cobos se encargaba de dejar en evidencia las fallas en la gestión mostrando y entregando al culpable. Nunca fue manchado en ese sentido.Hasta que se tuvo que evaluar su gestión en una elección general. Cuando se medía la gestión global en épocas de Cobos, esta tenía una consideración más alta que área por área.
El gobierno, en general, estaba mejor conceptuado y aspectado que los ministerios particularmente. Con Jaque pasa al revés, según los resultados del trabajo de Bollati.Un aspecto que puede ser tomado como una fortaleza por el actual gobierno, según cómo se lo mire. En términos generales, la gestión global de Jaque en estos primeros meses está evaluada por debajo en la consideración social que si se mira y analiza área por área. El problema acá es Jaque, no los resultados de la gestión en estos primeros seis meses. Un dato más que interesante a tener en cuenta. Por ejemplo, el transporte y la seguridad han mejorado durante la gestión de Jaque respecto de lo que se percibía con Cobos. Pero Jaque hoy mide muy mal en lo personal respecto de lo que medía Cobos.
Casi todas las áreas miden mejor que durante la administración de Cobos, salvo el área de Obras Públicas, asunto que el ingeniero vicepresidente se ocupó de atender casi personalmente, manteniendo a su amigo Francisco Morandini al frente del ministerio. Como sucedió con la gestión anterior, el turismo en manos de Luis Bhöm es el área que mejor imagen tiene para el sondeo de Bollati, con 89 por ciento de visiones positivas.
Le sigue el área laboral, de la Subsecretaría de Trabajo, que conduce Mario Adaro, con 52 por ciento de imagen positiva y 36 de visiones negativas. La imagen del resto de las áreas: Obras Públicas, 43 por ciento positiva, 55 negativa; Salud, 43 por ciento negativa, 36 por ciento positiva; Transporte, 62 por ciento negativa, 33 por ciento positiva; Educación, 70 por ciento negativa, 30 por ciento positiva; Economía, 77 por ciento negativa y 20 por ciento positiva; Seguridad, 86 por ciento negativa; Minería, 39 por ciento negativa, 25 por ciento positiva y un 25 por ciento neutra; Ambiente, 50 por ciento negativa y 40 por ciento positiva.
Pasó el clave primer medio año de gestión, monopolizado por aquella discusión de la promesa incumplida. Veremos cuánto hace nuestra dirigencia para entretenerse, ahora, en la solución de los problemas más que en la chicana, tanto para acusar como para explicar, tanto una como otra, inexplicables.
