Son muchos los conflictos manifiestos y latentes. Muchos más de los que cualquier mortal atento a la política mendocina podía imaginar algunos meses atrás. Da la sensación de que cualquiera puede tomar el espacio público a su antojo y hacer de él lo que quiera, sea un grupo con poder o sin él, por causas legítimas o no, por una ocurrencia individual y solitaria, o por lo que fuese. La mayoría de los ciudadanos, con problemas y angustias tan o más agudas y justas que por las que protestan los usurpadores de los espacios comunes, son rehenes. Rehenes sin poder de fuego ni posibilidad alguna de defensa.

   Sin alternativas, la mufa hay que comerla y masticarla. Calles cortadas, gomas quemadas, accesos piqueteados, reparticiones públicas tomadas y sitiadas, hospitales y centros de salud sin médicos, sin enfermeros, sin operadores y sin enfermos. Estos últimos no porque no existan, sino porque nadie los atiende. Todos contra todos. Mendoz a está perdiendo el control y el respeto a sí misma. Sin dramatizar ni m u c h o menos exagerar, esta provincia hace meses que no puede darse una discusión seria sobre ninguno de los asuntos que más le preocupan y la angustian.

    En una esquina de un barrio cualquiera, un intento de asamblea para debatir soluciones a la inseguridad se transforma en un loquero. Gritos y más gritos, insultos por aquí y por allá, funcionarios con cara de nada y el ya casi eterno tintineo de vecinos reclamando justicia y protección, exaltados, rogando por la mano dura, el tiro fácil, el palo por palo, sin advertir que el aporte debe ser de ida y vuelta y que el cambio debe venir desde abajo hacia arriba también. Nadie se escucha. Este contexto es el que le dará la bienvenida al gobierno de Celso Jaque en esta nueva etapa que se inicia con la campaña que está a punto de arrancar.

    Jaque y su entorno apuntarán a volver a meterse en el barro, a recorrer otra vez las bases, por aquella buena e inolvidable experiencia que recuerdan de la gesta del 2007. Pero de más está advertir que el contexto es muy distinto. Jaque está obligado a calmar el fastidio social que, por poco, no se convierte todavía en inestabilidad. Pero se está a un paso. Cómo volver a recuperar la confianza que la gente perdió en este equipo, el vínculo y el respeto, por sobre todo, a la institución que representa Jaque.

    Cuando, al cumplir el año de gestión, algunos medios jugaron a ponerle una nota de evaluación a lo hecho por el malargüino y el intendente peronista Rubén Miranda, de Las Heras, no dudó en colocarle un 5 y no pasó nada, desde allí se pudo advertir que todo lo que vendría en adelante sería complicado. Aquella osadía de Miranda todavía se comenta despachos adentro de la Casa de Gobierno. Ese episodio, que no fue ni por lejos el pecado primigenio cometido por el Gobierno para que cualquiera se le pusiera enfrente con algo de valor y cuestionara lo hecho, está sindicado como uno de los hechos de falta de autoridad más claros mostrados por el Ejecutivo.

    “En vez de disculpas en privado, las debió haber hecho en público y sentir el rigor de no tener la asistencia de la provincia en su territorio durante algún tiempo”, siguen mascullando cerca de Jaque, lo que es, en definitiva, aunque no lo adviertan así, una crítica al estilo Jaque. Obligado por las circunstancias, el Gobierno debe acordar con los trabajadores estatales y, con eso, bajar la tensión social en gran medida.

    De otra forma no podrá concentrarse en lo que viene: además de la campaña, Jaque tiene por delante la inauguración de las sesiones ordinarias de la Legislatura, el 1 de mayo. Ese día puede transformarse en un pandemónium político para el Gobierno, porque, además de las críticas conocidas que la oposición disparará sobre su rendición de cuentas, realimentando el folclore y color habitual de este tipo de actos que, por otro lado, se alejan cada vez más de la gente, los estatales pueden complicarle el día aún más. Sorprendentemente, puertas adentro del Ejecutivo, el ánimo no refleja el dramatismo de la hora que se percibe afuera.

    Claro que también ese comportamiento responde a una estrategia de supervivencia: a aferrarse o asirse a un tronco que los acerque hacia la orilla y los aleje de las aguas turbulentas. Para otros, en cambio, muy críticos al oficialismo, sin reparos, vaguedades ni mucho menos prudencia, califican esa forma de actuar como, lisa y llanamente, autismo. Como fuera, en el Gobierno se preparan para volver a dar pelea en el terreno cuando arranque la campaña. Un Jaque por los barrios de toda la provincia, cual pater protector, repartiendo lo que la Nación le ha comenzado a enviar, reaparecerá pronto. A su lado, caminarán los candidatos Adolfo Bermejo y Omar Félix, un poco más animados luego de haber conocido un sondeo propio que les dice que ganan en una elección reñida.

    El mapa actual que se han elaborado para consumo interno les indica que en el cuarto distrito (el Sur provincial) el peronismo se le está acercando al radical Ernesto Sanz, que, según las últimas encuestas, les sacaba 20 puntos porcentuales. Hoy esa diferencia, según el Gobierno, estaría en 12 puntos. Remontando del sur hacia el norte, se encuentran con el Valle de Uco, que, junto a Godoy Cruz y Luján, conforma el tercer distrito. Allí pierden. Pero se esperanzan con recobrar terreno en Godoy Cruz, “compartiendo” con el cacique Alfredo Cornejo las inauguraciones de obras y otros avances que se hacen con plata de la Nación.

    En el Gran Mendoza, entienden que la decisión de Fayad de no hacer elecciones en Capital les jugará a favor, porque el Viti, con sus críticas y sus diferencias, divide votos, restándole a la UCR-Confe. Por eso, ven como ganado este distrito, el primero, con la tracción de Las Heras y Guaymallén. En el segundo, con el Este provincial como epicentro de la contienda, saben que el frente cobosradical será fuerte con Rivadavia y Junín, pero que San Martín logrará acercar posiciones hasta un virtual empate. Es muy pronto todavía, pero estos sueños aún mantienen vivo el corazón del cuarto piso.