Sólo Alfredo Cornejo y Omar De Marchi pueden detener ese estado de locura, desquicio y sin razón que comienza a aflorar en Mendoza cuando recién promedia la campaña electoral hacia el 24 de setiembre. No hay otros que pudieran, ni siquiera un par de “padrinos” enviados por ambos y en su nombre para acordar los términos de una discusión pública que se ha desmadrado mal y que algunos creímos que podría llegar a ser por ideas y por proyectos para beneficiar a la provincia, que llegaría para enriquecer el debate y elevarlo en calidad y propuestas. Nadie más que ambos podrían parar esta expresión de la más burda y penosa decadencia en la relación política, cuando falla, precisamente, esta última.

Está más que claro que, en manos de la Justicia, está el esclarecimiento de ese ataque que recibió Janina Ortiz, la secretaria de Gobierno de Las Heras y pareja del intendente departamental, Daniel Orozco, y que, según su denuncia y sospecha, provino desde las filas del cornejismo lasherino, representado por los delfines del senador nacional que enfrentarán al demarchismo y al jefe comunal por el control de la Comuna. Y, mientras eso ocurre y se sustancia el proceso, que podría insumir tanto tiempo como para no descartar el olvido del mismo, los líderes de Cambia Mendoza y de La Unión Mendocina están obligados, aunque posiblemente no lo acepten ni ellos ni mucho menos sus amanuenses, a frenar la escalada de violencia política que se ha hecho presente.

Un fracaso penoso y lamentable, porque la competencia entre las dos figuras excluyentes que tenía el oficialismo mendocino –hoy enfrentados–, incluso ambos con un rol protagónico trascendente a nivel nacional en el Parlamento y en las fuerzas que representaban, la UCR, uno, y el Pro, el otro, abrigaba la esperanza de miles de mendocinos para que, desde allí, de ese mano a mano, aparecieran las mejores alternativas para una provincia en estado catatónico. Pero todo indica que ha ganado la chatura y que ese proceso constante de nivelación hacia abajo en casi todos los órdenes de la provincia, se está imponiendo en lo que emergía como un posible hecho inédito para estos tiempos y esperanzador.

A Mendoza le está quedando, entonces, conformarse con lo que los frentes en competencia están insinuando o anuncian tener como ideas y proyectos sin mucho más. Es muy poco por lo que pudo llegar a tener: un equipo de gobierno aceitado, consciente sin demasiado reconocimiento público de un amplio menú de debilidades y de objetivos no alcanzados en el último tiempo, obligado a elevar la puntería por su propia supervivencia; y enfrente aparecía un De Marchi con el resultado de un trabajo que les llevó a sus equipos técnicos un año de estudio y de análisis sobre cuatro ejes que él ha considerado fundamentales para hacer arrancar a la provincia; ejes de los que sólo se conoce hoy el enunciado, un par de títulos y no mucho más, y que se perdieron en esa borrascosa catarata verbal de acusaciones, críticas y denuncias en la que han preferido avanzar ambas fuerzas.

Del peronismo, lo que se presumía y lo que se comprobó tras las elecciones: un proyecto disminuido y empequeñecido a expresiones mínimas. Su decadencia, lamentablemente, para los mendocinos, no ha hecho otra cosa que destacar el fiasco monumental que están protagonizando sus rivales, quienes lo han dejado lejos de los lugares y espacios que alguna vez supo tener en la consideración de la sociedad desde el punto de vista político.

Si alguien, antes de la escalada de violencia y de ese enfrentamiento en el que están sumidas las dos fuerzas con más chances de quedarse con el control de la Provincia, hubiese llegado a imaginar que tal competencia derivaría en lo que ha sido, probablemente no se lo hubiese tomado en serio. Por una razón especial y particular: el ánimo social no da para más. Ese “no nos entra un quilombo más” que lanzó Sergio Massa algunas semanas atrás en el contexto de la lucha que se libra en el escenario nacional, por supuesto que encaja y vale para Mendoza también. Entonces, surge la otra reflexión, agria y lastimosa a la vez: no es esta política ni parecen ser estos políticos los indicados para bajar los decibeles del hartazgo, porque llegar, de manera irracional, a ese estadio de discusión, con la fuerte sospecha de que se está alentando por debajo la persecución, las amenazas y las advertencias a los rivales en ese territorio en ebullición en que se convirtió Las Heras, comprueba que allí, en ese ámbito, al menos, no está ni la comprensión del fenómeno social ni la intención de ir a apagar el incendio, aunque fuese de manera empática, si es que no se tiene la idea de cómo solucionarlo o empezar al menos.