“¡Bienvenidos a casa! Es maravilloso tenerlos finalmente en nuestro centro!”, exclama una transeúnte. Ella y decenas de seguidores de Obama esperaron durante horas ante el vigilado portal de columnas del hotel. Sobre todo las mujeres se mostraron comprensivas con el hecho de que la esposa de Barack Obama, Michelle, entrara sin ser vista en el hotel la tarde del sábado acompañada de sus hijas, Sasha, de siete años, y Malia, de diez. “Habría sido imposible que ella y las dos niñas, que tienen que ir al colegio, todavía no se hubieran mudado. Las niñas tienen que adaptarse poco a poco y Michelle necesita templar los nervios”, opinaban.
Los Obama no se esperaban que su mudanza fuera a ser tan ajetreada. En realidad, el futuro presidente pretendía haberse instalado ya en la Blair House, la casa de invitados de la presidencia. Pero la respuesta de la Casa Blanca fue que estaba llena, debido a las celebraciones de despedida del gobierno saliente.Obama y su familia no podrán mudarse allí hasta cinco días antes de que comience su mandato, el 20 de enero.
Pero la familia de Chicago no podía esperar tanto tiempo. Las niñas debían estar en Washington para el inicio de las clases en la escuela privada Sidwell Friends. Sasha y Malia ocuparán las mesas en las que antes estudiaron la hija de Clinton, Chelsea, y antes de ella los de casi todos los presidentes de Estados Unidos desde los tiempos de Teddy Roosevelt. Las tasas escolares de esta escuela religiosa de los cuáqueros ascienden a unos 28.000 dólares al año, pero, por encima del precio, los Obama buscan seguridad y privacidad. Y garantizarla es el objetivo del hotel Hay Adams, regenteado por el alemán Hans Bruland, que no concederá entrevistas hasta la investidura del nuevo presidente. “Discreción y seguridad”, reza su credo. No obstante, pese a sus insignes invitados, el resto de las 145 habitaciones del hotel y numerosas suites siguen ocupadas. Y sus inquilinos tienen que aceptar que las calles alrededor del hotel estén cortadas.
Pero la calma de los Obama podría ser perturbada por otros medios totalmente distintos. La revista estadounidense Forbes Traveller advierte que en el venerable y lujoso hotel aparecen a veces fantasmas. Donde actualmente se encuentra el edificio de estilo renacentista se erigían antaño las viviendas del hombre por quien recibió su nombre: el secretario de Abraham Lincoln y posterior secretario de Estado John Hay y el escritor Henry Adams, descendiente de los presidentes John Adams y John Quincy Adams. Desde entonces, por las noches se escuchan llantos por los pasillos del hotel. Y el personal de este habla de puertas cerradas que se abren misteriosamente y despertadores con sonidos fantasmagóricos.
Mientras tanto, en el sótano del hotel se amontona una tropa de periodistas que, sentados en los sillones tapizados de cuero rojo a la tenue luz del “off the record bar”, esperan poder hablar con algún miembro del equipo de Obama.