El artículo 130 del Código Penal alemán tipifica el negacionismo como delito castigado hasta con cinco años de prisión.
Según la Central Federal de Formación Política en Alemania, hay pocos hechos históricos que estén tan bien documentados como el Holocausto.
Desde 1945 no ha habido ningún historiador serio que ponga en duda el asesinato de entre 5,2 y 6 millones de judíos durante el régimen nacionalsocialista.
Los documentos escritos y los testimonios que confirman el Holocausto –tanto de supervivientes como de cómplices del genocidio como Adolf Eichmann– son aplastantes y han sido recogidos en los libros de historiadores como Raul Hilberg o Wolfgang Benz.
Sin embargo, eso no ha impedido que, prácticamente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, haya habido personas empeñadas en negar el Holocausto.
Hay quienes lo niegan de manera total o que reducen drásticamente el número de víctimas, como lo ha hecho el obispo Williamson, quien calcula en 300.000 el número de judíos muertos durante el nazismo.
Otros admiten que el genocidio se produjo, pero niegan que fuera producto de un plan sistemático, pese a la existencia de documentos como el protocolo de la Conferencia de Wansee en que se discutieron las posibles estrategias para una “solución final” de la “cuestión judía”.
Entre los argumentos más habituales están los que ponen en duda la factibilidad técnica del Holocausto, poniendo en duda la existencia de las cámaras de gas, como lo ha hecho el obispo Williamson, apoyándose en el llamado informe Leuchter.
Su autor, Fred Leuchter, es un experto en aparatos para aplicar la pena de muerte, quien en 1988 escribió su informe no con propósitos meramente científicos, sino como parte de la defensa de Ernst Zündel, otro negacionista célebre muy apreciado en círculos neonazis.
Uno de los abogados de Zündel, en el proceso que se le siguió en Mannheim en el 2006 y que terminó con una condena a cinco años de prisión, llegó, incluso, a firmar una carta con el saludo “Heil Hitler”.
Algo común a los revisionistas es que intentan presentar su argumentación como algo académicamente serio, pero ninguno de ellos tiene una formación histórica.
David Irving, a quien se le suele mencionar como historiador y que es un ídolo de los neonazis alemanes, es autodidacta; Zündel es pintor comercial y el francés Robert Faurrisson, tal vez el más “culto” de los negacionistas, fue profesor de literatura.
Entre los negadores del Holocausto también se cuentan el líder del neonazi Partido Nacional Demócrata Alemán, Udo Voigt, y el militante de ese partido y ex cabecilla de la banda terrorista Fracción del Ejército Rojo (RAF), Horst Mahler.
Los primeros negacionistas, según documentos de la Central Federal de Formación Política, fueron antiguos nazis o antiguos colaboradores de los nazis en los países ocupados.
Luego vinieron otros, vinculados a organizaciones de ultraderecha de diversos países, como es el caso del estadounidense David Duke, quien además de negar el Holocausto estuvo al frente del Ku-Klux-Klan.
Keneth Stern, autor de varios trabajos sobre el negacionismo, ha escrito que quien niega el Holocausto no está hablando del Holocausto, sino de los judíos.
En el caso del obispo Williamson, su ímpetu negacionista para muchos está relacionado con la obsesión del movimiento lefebvriano de seguir acusando a los judíos de ser asesinos de Dios. En todo caso, aunque Williamson ha dicho que de momento no piensa retractarse, ha aceptado estudiar otros documentos para ver si se ha equivocado.Mientras tanto, la fiscalía de Ratisbona (Alemania) investiga en su contra.
Negacionismo, arma de agitación
La negación del Holocausto, un tema que ha sido puesto de moda por el obispo ultraconservador Richard Williamson, ha sido, desde 1945, más un problema de los tribunales que de los historiadores y algo que se sitúa en el terreno de la agitación política ultraderechista y no de la discusión académica.
