El gobernador Alfredo Cornejo y el presidente del Banco Central, Santiago Bausili. Credit: Gobierno de Mendoza

Hay una pregunta que ha comenzado a pulular en la atmósfera política de cara al proceso electoral decisorio del 2027: ¿A qué apelará el gobierno de Javier Milei para defenderse del ataque opositor que intentará arrebatarle el poder basando su campaña, como es de suponer, en la realidad decrépita de la economía de bolsillo que ha hecho trizas el salario, su poder adquisitivo y que amenaza con precarizar aún más el empleo?

La pregunta ya tiene una respuesta que es múltiple y además inquietante, al menos por lo que el mismo gobierno está dejando trascender con una proyección de resultado incierto: las consecuencias negativas que dejó el miedo a la caída del plan entre setiembre y octubre del 2025, explicado en el costo asumido por quienes apostaron a aquella corrida y que hoy lamentan; la fortaleza de reservas ya conseguida y en aumento del Banco Central y el apoyo garantizado de Estados Unidos ya no a la Argentina en particular, sino a América Latina. Estas fueron expresiones que dejó el viernes en Mendoza Santiago Bausili, el presidente del BCRA, en una inédita presentación por sus consideraciones políticas, además de las técnicas.

Se sabe que el país entra en una etapa en la que el calendario electoral empieza a pesar tanto como la economía. Peor, un proceso de elecciones que presiona sobre la economía, como es habitual. Y Milei parece decidido a atravesarla sin modificar las líneas centrales de un programa que tuvo en el ajuste del gasto, el equilibrio fiscal, la desregulación y el combate contra la inflación sus principales instrumentos y, probablemente, en la baja de la inflación particularmente, su objetivo más importante. La confirmación de esa estrategia, más allá de la necesaria vuelta con gestos hacia sus socios políticos que ha venido destratando, sorprende a la política tradicional, a los encuestadores y por supuesto que a los especialistas en el armado de construir campaña sobre la base de un relato fantástico y ficticio, claramente.

No ha sido poco lo que consiguió Milei. Después de casi tres décadas en las que el país se movió al ritmo de un Estado que reguló, intervino y terminó ocupando buena parte del espacio que debería haber correspondido a la actividad privada, la administración libertaria aplicó una reforma que, por su profundidad y por la velocidad con la que fue ejecutada, no tiene antecedentes. La Argentina pasó de una economía protegida y cerrada, con sectores enteros acostumbrados a vivir al amparo del Estado, a otra que intenta abrirse al mundo, atraer inversiones y dejar que los precios, la competencia y la iniciativa privada recuperen un lugar que habían perdido.

El costo ha sido enorme. El éxito inicial del programa, especialmente en materia inflacionaria, se frenó y dejó expuesta una dificultad que ahora adquiere una dimensión política: la macroeconomía puede mostrar una mejora considerable sin que esa mejora haya llegado todavía con la misma intensidad a la economía real, al empleo y al salario. No hay filtración ni derrame de nada, por ahora. Y el problema es llegar a las elecciones con el mismo estado de cosas y de situación. Por eso sorprende la decisión de Milei de no aflojar.

Sorprende porque la política tradicional conoce otro camino. Cuando se acerca una elección y el malestar social aumenta, suele aparecer la tentación de modificar alguna de las variables, aumentar el gasto, estimular el consumo o aliviar alguna restricción para conseguir que el esfuerzo de la población se vuelva un poco más tolerable, aunque sea durante un tiempo. Es una lógica conocida y, sobre todo, una lógica electoral.

Milei en cambio está delatando por dónde irá. Su apuesta consiste en esperar que los sectores que están volando terminen arrastrando a los que todavía permanecen abajo. La estabilidad macroeconómica, la inversión y la apertura deberían producir, en algún momento, un efecto más amplio sobre la economía y no quedar reducidas a una mejora de determinados sectores.

Bausili aportó el viernes en Mendoza algunos argumentos para explicar por qué el Gobierno cree que puede atravesar ese proceso sin repetir lo ocurrido durante la crisis de 2025. El presidente del Banco Central recordó que aquella experiencia dejó una enseñanza para quienes habían tomado posiciones financieras apostando a que una modificación del régimen económico o una depreciación del peso terminarían produciendo una oportunidad de ganancias. El Banco Central no sólo resistió la presión sino que, según explicó, comenzó después un proceso de acumulación de reservas que ya superó los 13.000 millones de dólares, por encima de la meta original de los 10.000 millones para todo el año.

El miedo de 2025, en la interpretación de Bausili, tuvo además consecuencias sobre la economía real. Hubo quienes adelantaron importaciones, buscaron cobertura en pesos y tomaron decisiones defensivas ante la posibilidad de que el régimen cambiara después de las elecciones. Si vuelve a aparecer un episodio de incertidumbre, entiende que esas conductas serán distintas porque quienes las atravesaron ya conocen el costo de aquella experiencia y porque la posición del Banco Central es ahora más sólida. La consecuencia que dejó el miedo.

No es un detalle menor. Para el Gobierno, el miedo que provocó la elección anterior no debería repetirse con la misma intensidad porque cambiaron algunas condiciones objetivas de la economía. El Banco Central llega a esta nueva instancia con más reservas y una economía que, según Bausili, presenta además superávit de cuenta corriente, cuando el año anterior mostraba un déficit.

Pero hay otro componente de la apuesta oficial que Bausili expuso en Mendoza y que excede largamente la coyuntura financiera argentina. Estados Unidos.

La lectura que hizo el titular del Banco Central es que Washington modificó su política hacia América Latina después de haber perdido durante décadas atención sobre la región. El contraste que utilizó fue el del Sudeste Asiático, al que Estados Unidos le prestó mucho más foco y que, en ese mismo período, logró un crecimiento considerablemente mayor que América Latina. Y Europa apareció en su razonamiento como el otro espejo: una región que, por no haber desarrollado una política exterior de características similares, terminó enfrentando una situación económica que hoy le genera mayores dificultades.

La conclusión de Bausili es que Estados Unidos habría aprendido de esas experiencias. La nueva política hacia América Latina buscaría tener como vecinos a países con economías más dinámicas y más cercanas al modelo que permitió el desarrollo del Sudeste Asiático, reduciendo la brecha de desarrollo que durante décadas se fue ampliando entre Estados Unidos y América Latina.

En esa mirada, Argentina ocupa un lugar especial para el titular del Central. Bausili no presenta el respaldo de Donald Trump como una ayuda circunstancial que pueda desaparecer de un día para otro. Por el contrario, pone mucho más valor en el acuerdo comercial alcanzado con Estados Unidos que en el apoyo financiero recibido durante la crisis del año pasado. El acuerdo comercial modifica las condiciones en las que el sector privado puede desarrollar negocios durante los próximos años. El ejemplo que eligió fue el de la carne, cuya cuota de exportación hacia Estados Unidos se multiplicó y coincidió con un récord histórico argentino en volumen de exportaciones durante el primer trimestre del año.

Entonces Milei no parece querer llegar a la elección ofreciendo una pausa en el programa para aliviar el malestar. Pretende llegar con una economía que pueda mostrar que la estabilización no fue el final sino el comienzo de lo que todavía la economía real no visualiza: transformar la estabilidad en inversión, la inversión en empleo y el crecimiento de los sectores que hoy funcionan en una mejora más extendida sobre el conjunto de la sociedad.

Los socios del presidente, como Alfredo Cornejo en Mendoza, y quienes acompañan su cruzada contra el populismo saben que la economía real es el punto más vulnerable del proceso. El electoral terminará midiendo el resultado de todo eso con herramientas más sencillas pero muy potentes, las que manejan el ánimo: su salario, su empleo, el movimiento de su comercio, la posibilidad de invertir y la capacidad de llegar a fin de mes.

La oposición, por su parte, tiene allí su principal expectativa, como se puede intuir por lo que ha mostrado hasta ahora. Necesita que ese malestar persista y que la economía real no alcance a beneficiarse de la estabilidad antes de que llegue la próxima elección. Es una apuesta tan evidente como la del Gobierno: que la espera termine siendo demasiado larga.

Milei confía en que el ajuste no haya sido solamente un mecanismo para ordenar las cuentas, que la baja de la inflación no sea el punto final, que la apertura no termine beneficiando únicamente a los grandes jugadores y que el crecimiento de los sectores que hoy vuelan consiga finalmente sacar del piso a quienes todavía se arrastran.

Bausili agregó en Mendoza una pieza que ayuda a entender ese razonamiento. La Argentina tiene ahorro, tiene riqueza y tiene sectores capaces de generar dólares. Lo que durante años no tuvo fue un sistema capaz de convertir suficientemente ese ahorro en inversión dentro del propio país. Es, en definitiva, la otra cara de la transformación que pretende Milei: después de ordenar la macroeconomía, conseguir que el dinero empiece a moverse por sí solo, todo lo contrario a lo conocido por el imperio del Estado protector que terminó distribuyendo miseria.

Por lo visto hasta ahora, Milei se mueve detrás de una consigna: el país tenía que cambiar. Eso ya lo hizo. Ahora enfrenta el desafío decisivo: demostrar que el cambio funciona.